Una suerte de robo de Gregorio Samsa: el caso de Franco Schldt, que trabajaba escribiendo solo en su casa, una casa que se le hacía tan grande que perdía noción de su geografía y a veces no sabía en qué lugar estaba; y allí trabajaba con tal vehemencia y quedaba tan absorto que si por casualidad pasaba delante de un espejo —no los había muchos, y todos eran oscurísimos, casi negros—, asombrábase grandemente ante su imagen, porque se daba cuenta de que podía haber visto ante sí un mapache, su propia madre, el librero muerto en su adolescencia, un actor de cine italiano o, previsiblemente, el insecto de Kafka. Se veía a sí mismo, se reconocía —no estaba alienado, o por lo menos no estaba loco—, pero descubría que se había olvidado por completo de cuál era su aspecto, y de que si en algún momento de esos días en que no había visto su reflejo, hubiera tratado de recordar su rostro, habría fracasado.
Ligeras anotaciones que hace Gustavo Ng de asuntos que piensa o encuentra escritos en libros mientras va en colectivo y luego comenta con tal o cual persona.
viernes, 29 de noviembre de 2024
sábado, 16 de noviembre de 2024
Roberto Müller
Hay una realidad en la que no existen los espejos.
No hay reflejos. Una persona mira a los ojos de otra y no se ve a sí misma.
Mira el agua de un estanque y no ve su cara mirándola.
Mira un vidrio y sólo ve lo que hay del otro lado.
Mira un metal pulido y sólo ve el metal.
Nadie sabe cómo es.
Cuando las personas mueren, desaparece su pasado.
Nadie recuerda nada de quien ha muerto.
Al muerto, se lo ha tragado la tierra.
Si tenía hermanos, los hermanos creen que son uno menos.
Si tenía hijos, los hijos creen que su padre nunca existió.
En la casa donde vivía, está viviendo otra persona con todas sus cosas, los viejos cuadros de sus padres, los recuerdos de viajes de cuando era joven.
Los libros que escribió han desaparecido.
Sus alumnos tuvieron en su lugar a otro profesor.
La bicicleta en la que andaba es de otra persona. La misma bicicleta, la violeta.
Su pareja está casada con otra persona desde hace muchos años.
El asiento que ocupó en un viaje en avión hacia Estambul fue ocupado en realidad por un sacerdote.
Sus padres no lo recuerdan.
La ropa que tenía dejó de existir inmediatamente en el momento en que murió.
El mate que le regaló a su amiga, el mate que le trajo de Misiones ya no existe. Su amiga toma mate en un mate que compró ella.
En la foto grupal de segundo grado en blanco y negro, adonde antes estaba, ya no está.
El árbol que plantó junto a su abuelo está ahí, pero lo plantó su abuelo solo.
La banda en la que tocaba el bajo tiene otro bajista, un muchacho alto, que está perdiendo su cabello rubio.
El aviso fúnebre que publicaron en el diario de su pueblo cuando murió su madre, que él recortó y puso dentro de un libro, ya no tiene su nombre.
En su lápida, en lugar de su nombre está el de otra persona, Roberto Müller, muerto en 1949.

