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viernes, 29 de noviembre de 2024

Un espejo oscuro



Una suerte de robo de Gregorio Samsa: el caso de Franco Schldt, que trabajaba escribiendo solo en su casa, una casa que se le hacía tan grande que perdía noción de su geografía y a veces no sabía en qué lugar estaba; y allí trabajaba con tal vehemencia y quedaba tan absorto que si por casualidad pasaba delante de un espejo —no los había muchos, y todos eran oscurísimos, casi negros—, asombrábase grandemente ante su imagen, porque se daba cuenta de que podía haber visto ante sí un mapache, su propia madre, el librero muerto en su adolescencia, un actor de cine italiano o, previsiblemente, el insecto de Kafka. Se veía a sí mismo, se reconocía —no estaba alienado, o por lo menos no estaba loco—, pero descubría que se había olvidado por completo de cuál era su aspecto, y de que si en algún momento de esos días en que no había visto su reflejo, hubiera tratado de recordar su rostro, habría fracasado. 


sábado, 16 de noviembre de 2024

Roberto Müller

Hay una realidad en la que no existen los espejos.

No hay reflejos. Una persona mira a los ojos de otra y no se ve a sí misma. 

Mira el agua de un estanque y no ve su cara mirándola. 

Mira un vidrio y sólo ve lo que hay del otro lado. 

Mira un metal pulido y sólo ve el metal. 

Nadie sabe cómo es.




Cuando las personas mueren, desaparece su pasado. 

Nadie recuerda nada de quien ha muerto.

Al muerto, se lo ha tragado la tierra.

Si tenía hermanos, los hermanos creen que son uno menos.

Si tenía hijos, los hijos creen que su padre nunca existió.

En la casa donde vivía, está viviendo otra persona con todas sus cosas, los viejos cuadros de sus padres, los recuerdos de viajes de cuando era joven.

Los libros que escribió han desaparecido.

Sus alumnos tuvieron en su lugar a otro profesor.

La bicicleta en la que andaba es de otra persona. La misma bicicleta, la violeta.

Su pareja está casada con otra persona desde hace muchos años.

El asiento que ocupó en un viaje en avión hacia Estambul fue ocupado en realidad por un sacerdote.

Sus padres no lo recuerdan.

La ropa que tenía dejó de existir inmediatamente en el momento en que murió.

El mate que le regaló a su amiga, el mate que le trajo de Misiones ya no existe. Su amiga toma mate en un mate que compró ella.

En la foto grupal de segundo grado en blanco y negro, adonde antes estaba, ya no está.

El árbol que plantó junto a su abuelo está ahí, pero lo plantó su abuelo solo.

La banda en la que tocaba el bajo tiene otro bajista, un muchacho alto, que está perdiendo su cabello rubio. 

El aviso fúnebre que publicaron en el diario de su pueblo cuando murió su madre, que él recortó y puso dentro de un libro, ya no tiene su nombre.

En su lápida, en lugar de su nombre está el de otra persona, Roberto Müller, muerto en 1949.


jueves, 8 de marzo de 2018

La máquina de Omar Cornetti




Omar Cornetti, se fue a vivir a Capilla del Monte porque lo que más le gustaba en la vida desde que era chico eran los platos voladores.
En los alrededores de Capilla del Monte los platos voladores andan como pájaros.
Omar Cornetti cuenta cada vez que puede que un OVNI se lo llevó.
Relata que las primeras horas estuvo completamente dormido, que luego vio a los extraterrestres dentro de un especie de quirófano del OVNI, verdes, luminosos, con la boca pequeñita, los dedos largos, vestidos o desnudos, con los grandes ojos todos enteros de un negro de obsidiana.
Dice que se durmió y luego despertó en su cama.
Se sentía bien, pero tenía una sensación extraña, como si algo estuviera observándolo desde atrás. Se daba la vuelta, pero no había nada.
Al rato, en medio de la noche, entendió que le habían injertado una máquina en la espalda.
No le dolía, pero sabía que esa máquina iba a gobernar su cuerpo, su mente y su vida. No creía que los extraterrestres le enviaran órdenes por radio a la máquina, pero la máquina en sí condensaba toda la ciencia, todo el mundo de aquella civilización increíble, y también cargaba con toda la operación del secuestro, la intervención de su cuerpo y luego la devolución a este mundo.

Vivía muy precariamente, apenas tenía un solo espejo redondo con marco de plástico celeste en el baño para afeitarse (las pocas veces que se afeitaba). Intentó ver en ese espejo cómo era la máquina que tenía injertada en la espalda.
Apuntó la espalda al espejo y trató de girar la cabeza para verla reflejada con el rabillo del ojo.
Apenas distinguía que tenía alguna cosa, pero no podía ver qué era con precisión.
Intentó tocarse, y con la punta de los dedos apenas rozó unas piezas de metal que se movían. No tenían la rigidez de las piezas de un reloj, pero se movían regularmente.

Se desesperó. Necesitó con locura saber qué era eso.
Sabía que de ahora en más él sería otra persona. Lloró desconsoladamente la muerte del Omar Cornetti que había sido hasta entonces, el hijo de su mamá, el hijo de su papá, el hermano, amigo de sus amigos.
La angustia se mezclaba con la ansiedad por lo que sería de ahora en más.

En esa época del año el pueblo estaba vacío, y eran las 3.45 de la madrugada y no quiso ir a buscar ayuda para poder ver qué era aquella máquina. Por lo demás, sabía que verla no le ayudaría.  Por mucho que los científicos lo estudiaran, posiblemente no descubrirían qué era aquello.

Le pedí que me dejara ver la máquina.
Se levantó la remera y me mostró su espalda. Tenía una cicatriz, pero la máquina no era visible. Me explicó que con los días la máquina había ido penetrando en su cuerpo y me trajo una radiografía en la que se distinguía un círculo blanco a la altura del corazón.

Le pregunté qué cambios estaba imponiendo la máquina a su cuerpo, su mente y su vida.
— No soy el mismo, me dijo. Pero no puedo ver qué soy. Aún no he encontrado el espejo.








lunes, 12 de febrero de 2018

Yo soy



No es tan fácil decir “yo soy”.
Cada persona es un espejo.
Vos sos un espejo.
Alguien se mira en vos, se ve de determinada manera.
Vos pensás que esa persona es de determinada forma, que piensa así, que tiene tal pasado, que le espera tal vida, que se relaciona de esta u otra manera, la ves linda, fea, le ves una estética.
Esa es la imagen que esa persona ve de sí en vos.
Salvo que sea un psicótico, verá una imagen algo diferente cuando se mire en otro.
Vos te mirás en una persona y lo que ves es diferente de lo que ves cuando te mirás en otra.
Además, el espejo que es cada persona, va cambiando.
Y además, cada persona no es de una sola pieza. Puede ser muchos espejos, un sistema de espejos que funciona bien o mal.
Decir “yo soy” es un acto supremo de la voluntad de ser una persona íntegra y recortada, ni qué decir inmanente.