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sábado, 11 de octubre de 2025

Nikola

 Conocimos a un viejo que vivía solo, o más bien, vivía con un millón de gallinas a la orilla del río, y sobre todo con una chancha, que se llamaba Lourdes. 

Decíamos chanchadas, de la chancha y él.

Las gallinas vivían todas arriba de un árbol. La gente les transmite a los animales las cosas que tiene en la cabeza.

Vivía en un rancho chiquito, hecho de adobe y chapas. Le daban unos pesos por cuidar que nadie se robara tres canoas.


Arriba de una fogata tenía una olla gigante con agua hirviendo todo el día. Tiraba de todo ahí adentro: verduras, los pescados que pescaba, fideos, huesos, carne, pan con moho verde, gallinas con las plumas. Una vez tiró viva una tortuga que sacó de la red y otra vez un chanchito que había parido la Lourdes y lo aplastó cuando dormía. 

Tomaba mate con agua que sacaba de esa olla. Otras veces tomaba mate con ginebra.


Se llamaba Nikola, pero no le entendíamos cuando nos decía de qué país era.

Cuando le preguntábamos la edad, decía que tenía como 200 años.


Lo conocimos unos amigos que nos hicimos la rata y nos fuimos de camping cerca de él. Teníamos 14 años.

Nos convidaba mate.





viernes, 29 de noviembre de 2024

Un espejo oscuro



Una suerte de robo de Gregorio Samsa: el caso de Franco Schldt, que trabajaba escribiendo solo en su casa, una casa que se le hacía tan grande que perdía noción de su geografía y a veces no sabía en qué lugar estaba; y allí trabajaba con tal vehemencia y quedaba tan absorto que si por casualidad pasaba delante de un espejo —no los había muchos, y todos eran oscurísimos, casi negros—, asombrábase grandemente ante su imagen, porque se daba cuenta de que podía haber visto ante sí un mapache, su propia madre, el librero muerto en su adolescencia, un actor de cine italiano o, previsiblemente, el insecto de Kafka. Se veía a sí mismo, se reconocía —no estaba alienado, o por lo menos no estaba loco—, pero descubría que se había olvidado por completo de cuál era su aspecto, y de que si en algún momento de esos días en que no había visto su reflejo, hubiera tratado de recordar su rostro, habría fracasado. 


sábado, 7 de abril de 2018

Sordo y loco



En Valencia conocí a una mujer enferma de cáncer de pulmón que decía “mi cáncer se llama María Jiménez”. María Jiménez era su nuera.
Siempre me asombró que Beethoven fuera sordo y loco.
Sordo y loco.
¿Van juntas esas dos cosas?
A medida que mi sordera crece como una marea, escucho frases en los ruidos. Se me cae un táper y dice “I got it”.
Se enciende la heladera y dice “ya que está parada”.
Se apaga la computadora y exhala un “¿qué hora son?”
En la calle los autos dicen todo tipos de cosas, “¡qué tren!”, “¡decilo vos!”, “¡it’s noon!”
¿Podría ser que el día que deje de escuchar a alguien, esa persona ya empiece a ser otra, hasta que sea completamente otra, hasta que no tenga más relación con ella?
¿Podría ser que el aislamiento que causa la sordera sea real?
Me aterra pensar que ya no está más junto a mí quien habría de estar para siempre.
Mi tía Tita en sus últimos años le decía Irma a mi mamá (Irma había muerto). Todos los que tuvo al lado estaban ya del otro lado.
Quizás desde allá le mandaban mensajes cifrados en los ruidos que hacen las cosas.