sábado, 7 de abril de 2018

La guerra del abuelo



“La luz blanca de los reflectores era como un tul…”, dice Piglia que le dijo su abuelo Piglia cuando le contaba de la guerra (la Primera Guerra Mundial).
Se nos están acabando los escritores que tienen su lo que escriben algunas marcas de lo que le contaron de la guerra sus padres o abuelos, ¿no?







*      *      *


Libros Ref atrae muchas personas a quienes les gustan naturalmente los libros. Hay un muchacho con el que nos gusta mucho entendernos. No sé si realmente nos entendemos mucho, en realidad hemos hablado muy poco, pero en cuanto nos entendemos un poquito lo celebramos y nos entusiasmados. Espero que terminemos haciendo algo juntos.
Esta tarde le pregunté cuántos libros de ficción hay editados de Piglia, que tuvo una carrera muy larga y él los nombró a todos. Eran los que yo conocía. Le pregunté porque temí ignorar que hubiera escrito muchos más. Entonces le dije que me llamaba la atención que tan poca obra justificara que los diarios del escritor se extendieran por tres libros tan voluminosos. Él, sin embargo, no encontraba nada extraño en eso. Y el mercado de la razón, porque los diarios se venden muy bien.

Bárbara



Bárbara es una antropóloga divergente.
Recuerdo que cuando estudiábamos cuestionaba cada cosa que decía un profesor o que leía.
Jamás aceptó nada.
Los profesores la odiaban todos. Los interrumpía constantemente para discutirles sin fundamento y sin racionalidad.
Decían que estaba loca.
Tenían razón.
Se hizo católica, rastafari, sufí, budista, experimentó con todo tipo de vegetales que le provocaban alucinaciones.
No cree en la realidad.
Es anarquista epistomólogica, lo que aplica a la antropología.
Hace unos días nos encontramos y sólo me habló de cuánta plata le cobraba el veterinario para curarle una nutria que tiene de mascota.
Es instructora de qi kong en un parque. Casi no cobra. Tiene la elasticidad y la tensión de una nena de 14 años.
Le interrumpí su relato interminable de la nutria para decirle lo que pensaba de ella. Le dije que toda su vida buscó otro camino a cada paso que daba, y que con eso nos había regalado una gran libertad a sus amigos.
Entraba  los paisajes nuevos armada con su aparato cognoscitivo de este mundo y por lo tanto nunca pudo ver nada nuevo. Siempre volvió frustrada, pero los que la seguíamos descubríamos cómo traía prendidos de sus polleras, de sus cejas, de su nariz y entre los dedos de sus pies cosas rarísimas, indescriptibles y efímeras. Se disolvían en un instante, y ellas jamás las percibió, pero nosotros nos quedamos absortos porque vimos prendas de otra realidad.
Cuando muera, su alma no se enterará en absoluto y seguirá por acá, diciendo no, no, no es así, estás equivocado, eso es una pavada, eso que decís es sólo algo funcional al poder.
Y tomará por otro camino.



La gran paranoia




Mucho más potente que lo que se figura la astrología, muchos menos infantil que lo que fantasearon los griegos de la antigüedad, algo da forma a la realidad a través de designios sobre los seres. Ellos son los agentes que actúan y orientan las cosas en tal o cual dirección. Quizás la mejor descripción son las concepciones orientales de los cambios como consecuencia de un movimiento del todo en su conjunto.

Esta es la gran paranoia.

Algunos somos más sensibles para percibir las decisiones, otros las actúan sin saber que vienen de más allá de la voluntad personal










miércoles, 4 de abril de 2018

El deseo toca



Las personas mueren si pasan un determinado tiempo sin que las toque el deseo de otro.

Por otro lado, las mentes están atrapadas, convertidas en un enredo de contradicciones y vicios que impiden que las personas se desarrollen de modo de alcanzar a otros con su deseo.

A quien le tengo afecto le deseo que aunque sea cada tanto materialice sin intermediaciones sus instintos.


viernes, 16 de marzo de 2018

Dos de diez



— Estoy un poquitín enamorada de vos.
Sergio observó el silencio que se le hizo en su interior como se expande la oscuridad del atardecer maduro en un jardín vacío.
— Ay, Adri, debí verlo venir.
— Podrías haberlo visto venir.
— Me apuntás con una pistola.
— ¿Es para tanto?
— Me responsabilizo mucho. Te voy a decir que no y siento que te estoy por dar una bofetada injusta. Me venís con algo hermoso y lo escupo.
— Sos tan dramático. ¿Me vas a decir no a qué?
— A que tengamos algo.
— ¿Te propuse que tengamos algo?
— Y…
— ¿Y qué?
— ¿No se supone que debo responderte?
— Bien. Mirá, respeto tus esquemas, pero quizás no sean los míos en este momento. No te dije que estaba un poquitín enamorada de vos para proponerte que seamos novios. ¿Te saca eso un peso de encima?
— Sí.
— Claro que eso no es agradable para mí. A nadie le gusta no sentirse correspondida, pero no te estoy proponiendo ser novios. Nada más te estoy diciendo que estoy un poquitín enamorada de vos. Encima te digo un poquitín; no te cuesta agrandarte a vos, ¿no?
— Ja.
— Dale, boludo. ¿No es lindo que te digan eso?
— Sí.
— Vas a andar por ahí, con esa pluma en la frente, una pluma que dice “alguien está un poquitín enamorada de mí”.
— Ja.
— Qué bobo sos.
Adriana lo mira con ternura y sonríe.
— ¿O qué vas a hacer con esto? ¿Se lo vas a contar a los muchachos?
— Na.
— ¿Qué vas a hacer?
— No sé. Esto cambia las cosas entre nosotros. No sé.
— Claro que cambia. ¿No te harta que las relaciones sean siempre iguales?
— Nos conocemos de toda la vida.
— Sí, y a lo que ya somos, que nadie nos lo va a quitar, le vamos a agregar esto.
Los dos se quedan en silencio.
— Y vos, ¿no estásun poquitín enamorado de mí?
— No sé.
— ¿Nada, nada, nada?
— No sé.
— No calcules, idiota. Estás calculando “si le digo que sí va a querer que seamos novios”. ¡Cortala con el miedo! Qué cagones son los varoncitos. Escuchame: no quiero ponerme de novia con vos. Ni con vos ni con nadie, pero menos con vos. Y si tuviera ganas, esta cobardía tuya me la bajaría mal. ¿Está? Te estoy preguntando con libertad.
— En un sentido uno está enamorado de los amigos.
— Eso digo. Eso es lo que te estoy diciendo desde el principio.
— Ah.
— ¿Los habías pensado antes?
— No.
— ¿Cuánto estás enamorado de mí?
— Dos corazones.
— Já. ¿Dos de cuántos?
— Dos de diez.
— Bien. Yo también. Dos de diez. No es un gran número, ¿no? No alcanza para mucho.
— Alcanza para lo que tenemos.
— Sí, pero ahora lo dijimos.
— ¿Nos acostamos?
— Ni en pedo. ¡Já!









jueves, 15 de marzo de 2018

Consagración de Stephen Hawking



Lo amé desde que lo conocí. Me cayó tan simpático como le caía a todos, devoré su Breve Historia del Tiempo entendiendo cualquier cosa y mayormente no entendiendo nada.
Stephen Hawking me entusiasmó.
Y entiendo, y me sucedió, que entusiasme la física y la matemática cuando se la comprende desde adentro y ya vas por el medio de la correntada, nadando desnudo, con la mitad del cuerpo fuera del agua, magia pura, pero me cuesta entender el entusiasmo por Hawking rockstar sin entender la física.
En el caso de Hawking, gran parte de ese entusiasmo era por su construcción. Un entusiasmo al que no le importaba el valor del descubrimiento sino el de invención.
Otros decían enloquecer de pasión porque el Universo que veía era a la vez fantástico y respaldado por la física, pero quiénes podían avizorar eso? Uno entre decenas de millones, sólo quienes estuvieron muy avanzados en la ciencia.
La postura más vergonzosa ha sido la de celebrarlo, admirarlo e inclusive opinar sobre él porque era consagrado.
¿Quién lo consagró? Los encumbrados de una Ciencia que no es más que un perro arrastrado de servilismo, que se mea encima de amor por sus amos capitalistas. Es a ellos a quienes se consagra cuando se glorifica a Hawking y se le da status de verdad a disparates como el Big Bang, los agujeros negros y demás asuntos tan intangibles y fuera de la realidad de nuestras como el Misterio de la Trinidad y la santidad de la Iglesia Católica.














El tiempo de escribir



Vivo el escribir igual que un clavadista.
El tiempo de estar escribiendo es el tiempo que transcurre entre que abandono el trampolín y entro al agua.
Sin todo el resto del tiempo, jamás podría hacer eso.