miércoles, 15 de enero de 2025

Bosque de la felicidad ardiente

En el Nº12 de la Revista DangDai apareció la nota “Diez mil años no es tanto”, en la que el explorador de la ciencia ficción Pedro Perucca presenta al genial Cordwainer Smith, ahijado de Sun Yatsen, con quien su padre fue a militar la Revolución de 1911.

En su artículo, Perucca cuenta que la pronunciación de “Linebarger” en chino suena parecido a tres signos que significan “bosque de la felicidad ardiente”: 林白乐 (bosque + resplandeciente + alegría).

Cordwainer Smith también usaba el seudónimo Felix C. Forest, lo que podría ser una retraducción al latín y al inglés de ese nombre en chino.

https://dangdai.com.ar/2015/03/21/dangdai-no-12-brotes/






martes, 14 de enero de 2025

La inteligencia del analfabeto



Los exploradores suelen ofrecer imágenes íntegras. Buscan crear con los datos que han descubierto, un sistema. 

Generar una coherencia, algo que explique lo que han hallado como partes de un todo.

Han necesitado esa coherencia para buscar y encontrar, y luego la necesitan para hacer inteligible la realidad de la que deben dar cuenta. 

El explorador Benjamin Morrell fue contratado para descubrir una determinada isla. Navegó mucho buscándola, finalmente dio con ella. Exploró una parte de sus costas pero no la circunvaló, se contentó con suponer que era una isla porque no vio otra tierra detrás. Se metió en el interior, anduvo por una planicie bastante desierta, vio un par de animales y vio montañas. Los animales le parecieron presas y entonces supuso que debía haber predadores en las montañas. Supuso que los predadores eran felinos y supuso que su color se parecía al que veía en las montañas, porque sería adecuado para que se camuflaran. Como no vio huellas humanas, supuso que la isla era desierta.

Al presentar el informe, eliminó la consideración de “suponer”, agregó otras suposiciones que completaban la imagen de la isla y habló de todo ellos con certeza para que su trabajo satisficiera a quienes le pagaron, y así volvería ser contratado para otra exploración.

Ahora bien, tal vez Benjamin Morell fue un bribón, pero la Ciencia no opera de una forma muy diferente. Todo conocimiento está conformado por las conexiones que suponemos, inventamos, intuimos, fantaseamos, imaginamos a partir de los datos que tenemos. Borges aprendió el idioma italiano con un ejemplar de La divina comedia. Tomaba un párrafo, distinguía algunas palabras y suponía relaciones entre ellas, suposición que iba ajustando a medida que la coherencia crecía e iba revelando el significado de palabras desconocidas. “Si esta palabra significara … sí, es obvio que significa eso, entonces esta otra palabra significa…”.

Creemos que no le costó mucho a Borges aprender el italiano y sobre todo comprendemos cuánto el desafío movilizó su sagacidad. Es la misma sagacidad que tiene un analfabeto para moverse en un mundo de lectura, y la misma que debe tener quien quiere entender las reglas de un juego que no conoce. Es la sagacidad que compensa el desconocimiento echando mando a otros recursos. 

Quien conoce el código, se mueve más rápido y más eficazmente, y quien no lo conoce recurre a su capacidad para suponer, memorizar, agudizar la percepción. El neurólogo Miguel Benasayag cuenta el experimento de los conductores: los del grupo de Londres, con GPS, llegaban al principio más rápido que los de París, que no tenían GPS, pero con el tiempo los de París tardaron lo mismo que los de Londres, mientras los de Londres perdieron la capacidad de llegar sin GPS.

El conocimiento cierto permitió crear la cultura de toda la humanidad, pero también la ha encerrado y le ha impedido otras maneras de percibir y comprender.



domingo, 12 de enero de 2025

Coyuntura - Los chicos

Hicimos una llamada de video con una antigua novia, yo en Buenos Aires, ella en Paraná. Los dos tomábamos mate mientras charlamos, ella en la cocina de su casa. Apareció a su lado un hombretón de unos 40 años, con bigotazos de turco y energía de hombre de campo. Era el hijo. Mi amiga me lo presentó y me dijo:

— Ves, este boludo está con Milei. 

Al tipo no se le movió un pelo.

— ¿Vos no estuviste en Malvinas? —me preguntó ella.

— No —le respondí—, entré después al servicio militar. Me salvé de que me mataran o de que me cortaran las piernas. 

— Te salvaste de que te asesinara a la Thatcher, y Milei es admirador de la Thatcher. ¿Qué decís vos de la Thatcher, también la admirás? —le preguntó al hijo.

— ¿A quién? —respondió el hombretón. 

— La Thatcher, la pirata. ¿No sabes quién es?

— No.

— ¿En serio me decís, o me jodés? 

— No sé quién es.

— No creo que sea responsable de saber —lo defendí, para compensar y equilibrar el evidente dos contra uno.

— La mitad de los chicos de Argentina no están tomando leche —dijo mi amiga—. La mitad. Y Argentina produce leche para 200, 300 millones de chicos. ¿Sabés cómo se llama eso?

— Algunos le dicen justicia social —dije.

— No: es crueldad. Pura crueldad. Peor, es sadismo. ¿Qué hizo Milei cuando estaba dando un discurso en una escuela y un chico se cayó al lado suyo? Lo miró, como si se hubiera caído un palo. Lo miró a ver si no lo había ensuciado. Ni atinó a levantarlo, ni interrumpió lo que estaba diciendo. Ahí es donde se ve la verdad. Ahí mostró que es inhumano. No tiene corazón, en el lugar del corazón tiene un sorete. Ahora ya lo sabés —le dijo a su hijo—. Ahora ya sos responsable de apoyarlo o no.

El hijo siguió con la mirada en la nada. Quizás la escucho. No se sabía qué estaba pensando. 

No preguntó quién fue Margaret Thatcher y en el fragor del comentario contra Milei, nos olvidamos de decirle.


viernes, 10 de enero de 2025

Zona de confort y más

Si decimos que no es necesario optar entre Occidente o China y el Movimiento Polimórfico en Formación al que se va llamando Sur Global, entonces no tenemos por qué salir de la zona de confort de ser occidentales.

No necesitamos, por así decirlo, ser un sueco que viene a Casabindo, hace una hoguera con su ropa, sus guías de viaje por el Tercer Mundo y su pasaporte y se pone ropa de kolla y aprende a tocar el sicu.

Es más, podríamos hasta afirmar el mayor gusto por lo más recalcitrante del amor cipayo que es el corazón de nuestro goce. Adorar los westerns, soñar con pasar la Navidad en el Ritz de París, poner en el hall de entrada de nuestra casa un cuadro con nuestro árbol genealógico con sus raíces pobladas de que nombres austríacos, noruegos e ingleses; sentir que pertenecemos a Miami, psicoanalizarnos todo el tiempo fuera de sesión, esquiar en St. Moritz, viajar a Nueva York y sacarnos una foto en el edificio que aparece en el comienzo de una serie, sentir la superioridad de Heidegger, de Artaud, de Picasso, de Coco Chanel, de Einstein, de Oppenheimer: entrar en el Museo del Louvre con una remera Lacoste, jactarnos de pronunciar bien el inglés, hablarle en inglés a nuestros hijos. Darnos el gusto sin corrernos un centímetro de lo más tilingo y estúpido, salvo una sola renuncia: abdicar de la exclusividad.

Renunciar al conectivo disyuntivo de la lógica proposicional que nos viene de los griegos “si es A no es B“.

Renunciar a elegir entre Andrea, que es nuestra amiga desde la infancia, nuestra hermana, o Sergio, cuando Andrea y Sergio se separan.

Renunciar a la reconfortante, apasionante grieta.

Renunciar a “Jesucristo, su único hijo”.

Renunciar al Dios Único.

No es fácil, porque justo esta es la comodidad originaria, la que organiza todo.

Es Dios o el Diablo, buenos o malos, superior o inferior, nosotros o ellos.

Somos por la exclusividad.

¿Cómo seguir siendo amigo de Sergio y de Andrea sin ser un traidor a los dos?

Pero se puede elegir no someterse ni a la amistad con Andrea, ni a la amistad con Sergio, ni a la disyuntiva.

Podemos disfrutar de China, en fin, sin salir de nuestra zona de confort occidental.






Realidades

Me toca sumergirme tanto en la realidad en la que estoy que no concibo que vivo en otra. En Nueva York, un día antes de volver a Argentina, no puedo creer que mi vida no es en Estados Unidos. 

Si me fuerzo a creer que vivo en Buenos Aires, entonces pienso que volveré a mi departamento en la calle Uriburu, donde vivía hace años.

Luego me hago un cotidiano en el vuelo de regreso a la Argentina, otra vez me toca un avión medio lleno de jasidíes, nos hicimos amigos con una azafata vieja, el pibe del asiento cruzando el pasillo escribe en un cuaderno a mano igual que yo y hablamos de eso. Y leo absorto Las veredes colinas de África, con Hemingway contando en primera persona cómo caza rinocerontes y antílopes entre masai desnudos y por territorios que se le asemejan demasiado a España. Además, con la media consciencia de ver películas en la madrugada, una a las 2, otra a las 5, una media consciencia que es un estado que te hace perder muchos detalles pero también te introyecta en la cabeza del guionista; así, como un pez que al llegar al mismo lugar en la pecera redonda ya no recuerda haber estado, veo La mala educación, de Almodóvar, y Joker 2, y me sumerjo hasta el fondo. 

Llego a Ezeiza, me espera Karina, que siempre me lleva y me trae de Ezeiza, y hablamos todo el viaje de cómo saber o decidir si se ha vivido lo suficiente; llego a mi departamento, que no está en la calle Uriburu, sino el actual, que es muy diferente y está en otro lugar, completamente diferente, de la ciudad, encuentro que mi hija me ha llenado la heladera de comida y ha dejado el departamento en estado de limpieza como yo nunca lo tengo, y tengo que salir corriendo porque en 40 minutos tengo que reunirme con mi socio porque esta noche se va de vacaciones y mientras estuve afuera apareció un cliente nuevo. 

En la parada de colectivo para ir a la reunión digo “la reconcha de la lora, me olvidé el barbijo”, y empiezo a caminar de vuelta a casa hasta que me doy cuenta de que me olvidaba el barbijo en China en 2022, ahora ya está. (¿pero la pandemia, ya está?)

Etcétera.


Me siento revoleado por el multiverso. 






jueves, 9 de enero de 2025

¿Qué es azul?

 ¿Qué ves cuando me ves?

La pregunta nodular de las relaciones entre las personas y de una persona consigo.

Luego: ¿cómo sé que lo que yo veo como azul es lo que vos ves como azul?
¿Vemos el mismo azul?

Ahora bien, si tenemos esta duda, que necesitamos ignorar para poder seguir viviendo, como cualquier paradoja, respecto de yo y mi hija, de yo y mi amante, de yo y mi hermana, de yo y mi padre, de yo y yo, ¿cómo no tenerla con, digamos, un masai, un igorot de Filipinas o un warekena del Amazonas?

Seamos menos fantasiosos, ¿cómo no tener esa duda con los chinos?

¿Qué ven los chinos en el azul?
¿En un padre?
¿En una mujer embarazada?

En ese caso, podría resultar difícil seguir adelante con el entendimiento mutuo si ignoramos la diferencia.





miércoles, 8 de enero de 2025

Fragmentos de “Las verdes colinas de África”

Un libro en el que Hemingway cuenta que fue a cazar.


Sólo por casualidad gana dinero un escritor, aunque los buenos libros terminan siempre por dar dinero. Nuestros escritores, en cuanto han ganado algún dinero aumentan su nivel de vida y quedan apresados. Tienen que escribir para mantener su situación, sus esposas y demás, y escriben vulgaridades. No son vulgaridades hechas a propósito, sino porque están hechas apresuradamente. Porque escriben cuando no tienen nada que decir, cuando se les ha secado la fuente. Porque son ambiciosos. Luego, una vez se han traicionado a sí mismos, lo justifican y escriben más vulgaridades. Eso o leen a los críticos. Si creen a los críticos cuando éstos dicen que son grandes han de creerles también cuando afirman que son unos podridos, y entonces pierden confianza por medio de la lectura de los críticos. Si escribieran, algunas veces serían buenas, otras malos y otras peores, pero lo bueno saldría. Pero como han leído a los críticos han de escribir obras maestras. Las obras maestras que los críticos afirman que escribieron. Por supuesto que no eran obras maestras. Eran, sencillamente, buenos libros. En consecuencia, no pueden escribir nada. Los críticos les han hecho impotentes

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Durante la guerra mandaron tropas indias a luchar aquí. Para mantenerlas además fuera de la India, porque temían otra revuelta. Luego prometieron al Aga Khan que puesto que los indios habían luchado en África, podían venir aquí con toda libertad para establecerse o dedicarse a los negocios después de la guerra. Ahora no pueden romper la promesa y los indios han desalojado a los europeos de todo el país. Viven de la nada y envían todo su dinero a la India. Cuando han ganado bastante para volverse a casa se largan, pero antes traen a sus parientes pobres para que se hagan cargo de sus negocios y continúen explotando al país.

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A POM le disgustaba profundamente que se la comparara con un pequeño terrier . Si tenía que parecerse a algún perro, y no lo deseaba, hubiera preferido un perro lobo, algo de raza, delgado y esbelto, de patas largas y muy llamativo. Su audacia y valor eran tan automáticos y hasta tal punto un simple estado de ánimo natural que nunca pensó en el peligro. Pero el peligro estaba en las manos de Pop y por él sintió una completa, clara y absoluta adoración. Pop era el ideal de lo que un hombre debía ser para ella: valiente, apacible, cómico, sin perder nunca el dominio de sí mismo, no haciéndose nunca el fanfarrón, nunca quejándose excepto mediante algún chiste, tolerante, comprensivo, inteligente, bebiendo un poco más de la cuenta, como debe hacer un buen hombre y, a sus ojos, muy guapo.

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(…) era feliz como se es feliz después de haber estado con una mujer a la que verdaderamente se ama, cuando, vacío, se siente hermano de nuevo el amor y ahí está y nunca puede tenerse todo y, sin embargo, lo que hay ahora se puede tener, y se quiere más y más, tener, y ser, y vivir en, poseer ahora de nuevo para siempre, para ese largo y súbitamente acabado siempre; haciendo que el tiempo se mantenga quieto, parado, a veces tan detenido que, después, se espera oírle moverse, y es lento en su arranque. Pero no se está solo, porque si alguna vez uno la ha amado felizmente y sin tragedia, ella siempre le ama a uno; no importa a quién ame ni dónde esté, ella te ama a ti más que a nadie. De esta forma, si uno ha amado a alguna mujer y algún país, uno es muy afortunado y si, después de eso, uno muere, la muerte no tiene ninguna importancia.

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(…) es muy agradable cazar algo que se desea mucho durante mucho tiempo, en el cual se siente uno superado por la presa, vencido y fracasado cada día, pero siguiendo la caza consciente de que cada vez que se está tras ella, pronto o tarde, la suerte cambiará y se conseguirá tener la oportunidad que se busca. Pero no es agradable disponer de un tiempo limitado en el que hay que cazar el kudú que se desea o quizás no conseguirlo jamás, ni siquiera ver uno. No es ésta la forma en que se debe cazar. Hacerlo así es parecido a la experiencia que hacen esos muchachos que son enviados a París con dos años para transformarse en buenos pintores o escritores tras los cuales, si no lo han conseguido, deben volver a casa y dedicarse al negocio de la familia. La forma de cazar es hacerlo por tanto tiempo como se viva y mientras se sepa que existe tal o cual animal; de la misma forma que el pintar debe hacerse en tanto existe uno y colores y lienzos, y escribir en tanto que uno existe y disponga de papel y lápiz, o tinta, o una máquina para hacerlo y cualquier cosa sobre lo que a uno le apetezca escribir; uno se siente imbécil si lo hace de otro modo, y efectivamente es un imbécil si lo hace de otra forma.

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Uno muy alto y muy hermoso me preguntó con insistencia algo que yo no comprendía y, después, cinco o seis, se unieron a él. Se tratara de lo que se tratara lo deseaban con muchas ganas. Finalmente, el más alto de todos hizo un gesto muy extraño y emitió un sonido semejante al de un cerdo moribundo. Al fin, lo comprendí; estaba preguntando si teníamos un aparato de aquellos que hacían un ruido parecido a aquél, y yo apreté el claxon. Los niños echaron a correr gritando, los guerreros rieron locos de contento, y, luego, cuando Kamau, en respuesta a la petición popular, apretó el claxon una y otra vez.

 



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Otro libro que se me deshizo mientras lo leía. Lo había leído muchas veces. 
Así pasa con mi vida.