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martes, 10 de marzo de 2026

La verdad y listo

 Ayer escuché a un tipo decir: “me tienen podrido, voy a decir la verdad y listo”.

Pensé que sería una buena consigna para un taller literario.

“Escribir en dos páginas qué sucedió para que el tipo dijera esa frase”.


El momento de la honestidad.

El sincericidio.


Me vienen a la cabeza diálogos que escuché.


— Deberías saberlo. Simplemente no creo que esto vaya a funcionar como vos creés… No soy alguien que vaya a quererte como vos querés que te quieran.

— ¿Querés que sigamos juntos o no?

— Para siempre, no.


— Sentí repulsión cuando me tocaste.

— Sos una consentida.

— O sea, la idea de coger con vos me da ganas de arrancarme la piel. 

— Nunca vas a ser feliz... Vas a creer que encontraste a un hombre mejor pero te vas a rebelar contra él porque vas a decir que necesitás ser vos, pero no querés ser vos, nada más querés quejarte por no ser alguien.

— ¿La querés?

— No, pero ella no me odia. Dejaste de tener sexo conmigo… nunca te engañé.

— ¡¿Esto no fue engañarme?!

— La vida con vos es triste.


— ¿Tuvieron sexo?

— Sí.

— ¿Cuántas veces?

— No lo sé.


— Creo que nunca te quise como necesitabas ser querida.

— Somos analfabetos emocionalmente.


— Soy su amante. Lo amo. Soy su enemiga, y no te soporto.


— Sos un buen tipo... pero no existís.


—Si querés amor, el amor es esto que tenemos. Esto es la vida real. No una novela.







miércoles, 12 de noviembre de 2025

Son así

 Fulana me cuenta que fulano (¿sabían que Fulano, Mengano y Zutano son apellidos que existen? Me contó los otros días una amiga. Bueno, qué modo de distraerme. Ahora les revelé este dato que es mucho mejor que lo que voy a contarles, y yo mismo arruiné la atención de mis potenciales lectores).

Bueno, va de nuevo.

Fulana me cuenta que Fulano —somos los tres amigos— le dijo que le pasaba algo con ella.

— ¡No! —exclamé.

Fulana miró para abajo con expresión seria.

— Esas cosas no se dicen así. No se dicen. Uno se da cuenta.

— Esas cosas, ¿cuáles? —me preguntó ella.

— Eso, que quiere estar con vos.

— Qué quiere estar conmigo, ¿qué?

— Lo que dijiste. No entiendo qué me preguntás.

— Te digo que Fulano me dijo que le pasaba algo conmigo.

— ¡Y bueno!

— ¡Pero dejame hablar!

— Ah. ¿Qué le pasa con vos?

Fulana dijo que sí con un leve movimiento de la cabeza, como si dijera “ahora sí”.

— Me dijo que quería acostarse conmigo.

— Qué zarpado.

— Sí.

Pensé un momento y dije:

— Y bueno, pero le pasa eso. Uno no es culpable de lo que le pasa.

— Podría habérselo callado.

— Sí, y también podría habértelo dicho.

— ¿Se puede decir cualquier cosa? ¿Todo vale?

— Todo no, pero somos amigos. ¿No tenemos confianza para decirnos eso?

— Sí, confianza, sí.

— ¿Y entonces?

— No es un tema de confianza.

— No entiendo.

— No es nada más que un tema de confianza. Si uno está dispuesto a hacer algo, tiene que responsabilizarse.

— ¿De qué, en este caso? ¡Ah! ¡Le dijiste que sí y arrugó!

— No.

— Hoy estás difícil, Fulana. No entiendo lo que decís.

— No podés tirarle algo así a una persona, a una amiga, y no responsabilizarte.

— ¿Pero qué sería responsabilizarse? Dijo que se quería acostar con vos; si vos también querías, se acostaban; si no, no. ¿De qué se tenía que responsabilizar?

— No se quería comprometer.

— Comprometer ¿a qué?

— Y, ¿a qué va a ser? A una relación.

— Pero ustedes ya tienen una relación.

— ¡Pero no cogemos!

— ¿Y?

— Y, es otra relación.

La miré tratando de entender.

Pensé que los hombres y las mujeres Jamás nos vamos a entender.

Le pregunté:

— ¿Vos querés acostarte con él?

Hizo cara de asco y dijo:

— No.

— No te gusta.

— ¡Pero no!

— Y entonces ¿por qué tanto lío?

— Porque Fulano no se compromete. Vos tampoco. Los hombres son así.

No le dije nada, pero pensé que sí, que somos así.

 




martes, 11 de noviembre de 2025

Receta para preparar una pareja

De la misma manera en que no le hallo sentido a viajar por viajar, no me gusta hacer pareja con alguien sólo por hacer pareja, por estar enamorados o por romanticismo.

De la misma manera en que los lugares se me hacen carne de mí cuando dejo mi cuerpo y mi alma en lo que hago allí, una relación con una persona me hace quien soy, cuatro baldes de agua y un paquete de sales y un pequeño Dios de vida, cuando hacemos algo juntos que justifica nuestras vidas. 

Habremos sido pareja en la aventura, sin darnos cuenta.

Luego está el modo chino: casarse con la persona más conveniente, sabiendo que esa unión vacía propiciará una vida llena de dicha, porque lo vacío atrae la plenitud.

Hace unos años tuve un encuentro con Shen Hong, una parienta mía. Trataron de explicarme qué tipo de relación genealógica había entre nosotros, que incluso tenía un nombre, pero era un intríngulis matemático que llevaba demasiado tiempo comprender.

Era una viuda de menos de 40 años. Era hermosa. El marido de su hermana fue el encargado de la familia de empujarnos uno hacia el otro para que formáramos una pareja.

Yo me entregué lo que se puede entregar un marinero a quien su barco lo espera en el mar, y Shen Hong resultó ser tan fascinante que consiguió hacer que me olvidara del barco. Me enamoré perdidamente. Era una chica que estaba siempre alegre y tranquila, que era más feliz que yo dándomelo todo, que no me traía el mínimo problema; era sagaz y todo le causaba gracia y era sensible, y estaba asombrada por mi vida, y quería saber más y más de mí, y lloraba con mis historias y estaba enamorada de mi cuerpo. Entregaba su vida a la relación conmigo, sin miramientos, sin guardarse nada, desnuda como llegó al mundo, poniendo en nosotros todo su pasado y todo su futuro.

Pero un día sucedió algo. Una tarde cualquiera escuché un ruido insoportablemente repugnante cerca de mí. Estábamos en una reunión de nuestra familia china, en un salón no muy grande. Observé que nadie le prestó atención al ruido. Me di vuelta para ver de dónde venía y era mi prometida, que estaba amasando un gargajo desde el fondo de su pecho, con la boca abierta y haciendo un gesto increíblemente inmundo con toda su cara. Largamente hizo eso, sin decoro, abiertamente, sin sentir la mínima vergüenza. Al fin, apenas inclinada sobre un tacho de basura, largó lentamente una larga escupida, viscosa, verde, glaseada. Escuché cuando pegó contra algo que había dentro del tacho.

Quizás lo que me sucedió era que escuchaba la sirena del barco llamándome a bordo, pero en esa escupida se concentró todo lo que esa chica tenía de extraño indigerible para mí. ¿Cómo podía estar toda la vida con alguien que hacía naturalmente algo así?

Sin embargo, mi padre chino y mi madre argentina construyeron una buena y larga vida juntos.

En fin, creo que no hay recetas para ningún asunto humano, por más que algunas fórmulas hagan sonar cascabeles y resulten irresistibles.





viernes, 18 de octubre de 2024

Posiciones

¿Viste cuando se dicen “cambiemos de posición”?

Bueno, así toda la relación

Con el tiempo

“Mejor así”

“Ahora así”

Y dale que va

sábado, 14 de abril de 2018

Lo que Dios ató que el hombre no lo desate



Despertó tarde. La luz y el aire del día estaban plenos y entraban por la ventana sin moderación. Alfredo sintió que le perduraba el estado de la noche anterior. Se había dormido sin consciencia casi, con la cabeza hecha una esponja maciza, sin alma. Efecto de la droga que habían tomado. No era nada diferente a lo que le sucedía siempre, pero esta vez aún sentía los efectos luego de haber dormido. Tuvo un instante de lucidez para darse cuenta de eso y apenas amagó con alarmarse volvió a hundirse en el sopor de la nada.
Así anduvo, a los tumbos, abombado, hasta que una eternidad más tarde, casi imperceptblemente empezaron  a emerger, desde el fondo, como burbujones grandes y lentos desde el lecho del agua, algunos amagues de pensamientos. Pensamientos sin borde, difusos, sin estructura. No podía atraparlos, apenas le traspasaban la mente como posibles sombras.
Sin embargo, creyó reconocer con claridad que en algún momento aquella chica Lucía y él se abrazaron con entrega. Se habían abrazado sin mesura. Habían caído uno al otro, sin control. Podían estar haciéndose mal, pero no podían evitarlo, porque estaban inertes. Los huesos de los pómulos se apoyaban unos contra otros torturando la carne y se besaron con las bocas metidas una dentro de la otra, una sola carne mojada que no se buscaba porque ya se había encontrado.
Eso que pasó, ese abrazo, hizo de ellos una sola cosa. Los fundió en una cosa que vino de otra realidad y era más que ellos. No vino a instalarse en esta realidad —Alfredo sentía que ese recuerdo podía borrársele en cualquier momento y ya nunca sabría qué sucedió — pero tendría efectos a través de ellos. Ellos no tendrían poder sobre lo que sucedió, y aquel recuerdo o fantasía, o sueño, brotaría y rebrotaría hasta que murieran. No habría nada entre ellos, como no lo había habido y como no lo podría haber jamás, porque no se interesaban uno en el otro, ni tenían algo en común; nunca habría nada entre ellos, salvo ese abrazo. Pero ese abrazo, sobre el que no tenían ningún poder, era lo que cada uno de ellos tenía de diferente en su vida, y era lo que les daría significado a sus vidas.