— ¿A qué temperatura te vas?
— Siempre hace 36 grados.
— Bueno.
— Pero está el mar.
— Poema. Hermoso. “Pero está el mar”.
— Es así, ¿no? El poema está en la lectura.
Ligeras anotaciones que hace Gustavo Ng de asuntos que piensa o encuentra escritos en libros mientras va en colectivo y luego comenta con tal o cual persona.
— ¿A qué temperatura te vas?
— Siempre hace 36 grados.
— Bueno.
— Pero está el mar.
— Poema. Hermoso. “Pero está el mar”.
— Es así, ¿no? El poema está en la lectura.
Podría ser que los poemas de verdad son unas palabras que se la caen a alguien sin querer, como quien pierde el ticket del estacionamiento o se le piantó la tortuga del jardín; o se le escapan, como se le escapa un pedo o una risa ante alguien que se tropieza y se cae en la calle; se le salen por fuera de su voluntad, le brotan, como la sangre menstrual, un optimismo sinrazón, un calambre, un pelo de la ceja, la desconfianza en alguien.
Después se lo puede escribir, pero sólo después.
La belleza puede no notarse que es belleza.
Puede sentirse de modo que uno no se de cuenta.
A veces la belleza chorrea, da alaridos, está tapada de
etiquetas que dicen “BELLEZA”, está envuelta en papel de celofán y violetas.
Cuando se hace patente es porque ha aparecido el ego y ha
tomado control de la declamación de la belleza.
La belleza es mejor cuando conmueve sin que se sepa que
conmueve.
Uno no sabe por qué ha cambiado de humor.
Ricardo Piglia dijo que el cuento moderno ofrece dos
historias y para esto recurre a la decisión de Hemingway no de contar nunca lo
más importante. “La historia secreta se construye con lo no dicho, con el
sobreentendido y la alusión”, explicaba. Esa historia gravitaba en la
entrelínea.
Mucho antes, Erik Satie había propuesto que los músicos se
instalaran a tocar ocultos junto a una vereda, en un parque o en una galería
comercial. Que tocaran de un modo tan sutil que quien pasara cerca no se diera
cuenta de que había música, como si la música proviniera de un lugar lejano o
de un departamento anónimo, dentro del cual alguien tocaba un chelo, un arpa o
una armónica. El peatón atravesaba la música sin saberlo; la música penetraba
en él y alteraba sus moléculas, y unos metros más adelante su corazón se
tranquilizaba o sus pensamientos oscuros se disolvían, o una emoción nueva nacía
en él, desconocida, que lo hacía sentirse extraño.
Del filósofo marginal Macedonio Fernández siempre se cuenta que dijo.
Sus textos están, y se citan y se han estudiado, pero pareciera que lo que decía y era registrado por quienes lo escuchaban, tenía una frescura y una chispa singular.
Alguien cuenta que Macedonio dijo que había que escribir poemas de forma oculta, en avisos publicitarios, edictos judiciales, noticias sociales y textos así. Que los poemas enajenaban la poesía.
El que cuenta confiesa que ese pensamiento —que Macedonio expresó terminándose de arreglar la ropa mientras salía del baño, y que quizás olvidó inmediatamente— a él le arruinó para siempre los poemas.
Desde entonces, tuvo una distancia insalvable con los poemas. Cada poema que encontraba o que alguien le entregaba, le parecía una cosa extraña, como si algo que pertenecía al orden de la mayor intimidad, ahora fuera expuesto a la vista de todos, disfrazado, consagrado, momificado.
Así es como los filósofos les arruinan las cosas a las personas inocentes.