lunes, 5 de febrero de 2018

Hay fuerzas ahí afuera


Las civilizaciones no entienden
las razones de las cosas
que atropellan el mundo.
Dicen que es la Naturaleza con sus ritmos
Dicen es la violencia de los hombres
Sueñan una armonía
Con que se arregla eternamente el cosmos.

Todos están perdidos.
Manotean la oscuridad como ciegos aterrados.
Nadie tiene en su mano una certeza.

Sólo unos pocos, desahuciados de progreso
Supersticiosos, llenos de piojos, brutos
conservan jirones últimos de lo que
una vez se supo bien:
todo es
obra de los muertos.


viernes, 2 de febrero de 2018

59 años


Una amiga vive con angustia el haber cumplido 59 años.
No le falta razón.
Decir tengo 59, tengo 35, es obedecer el patrón del tiempo lineal que, como la razón, tiene vocación de tiranuelo. Hay infinitas instancias que están fuera de la jurisdicción del tiempo lineal (los sueños, los momentos en que uno se absorbe en una tarea, cualquier recapitulación, cualquier momento en que se engancha alguna de las muchas edades que se tienen dentro, etc.), pero luego se presenta Cronos como el Inapelable.
Allá él.
Se lleva nuestro cuerpo; más allá de eso, lo alimentamos sólo si queremos.





miércoles, 31 de enero de 2018

Cómo se ve desde La Plaza lo que se pierde


Néstor Restivo ha hablado bien de este blog. Aprecio la entereza y la solidez ética de Néstor. Toda la vida me ayudó. Hoy me pasó un texto y me preguntó si no era para el blog. Sentí un honor inmerecido.
Esto es lo que escribió : "Pasé con el colectivo 7 por la zona de Plaza de Mayo y vi los cambios que están haciendo en la Plaza sin consultar a nadie, la ausencia de la escultura de Juana Azurduy que ya no está detrás sino frente al CCK (¿cuánto más durará la K?) y el Museo del Bicentenario, que ahora veo se llama Museo de la Casa Rosada. ¿Por qué le cambiaron el nombre? El Bicentenario de 2010 fue un hecho extraordinario, y entre las magníficas cosas que hizo el kirchnerismo, que desde luego también hizo otras cosas malas o erróneas, estuvo ese festejo, tan popular, tan patriótico, tan emancipatorio y tan latinoamericano. Se ve que al macrismo no le gustó nada. Pero en vez de cambiar ese nombre hubiera aprovechado su oportunidad y hacer algo en el Bicentenario de la Independencia, en 2016, y no hizo nada, salvo la patética frase del Presidente sobre la angustia de los héroes. Claro, ¿cómo van a hacer algo sobre la 'independencia' justo estos tipos? Siguen trabajando para el olvido, la desmemoria, la dependencia. Y la revancha. Una vez más".

viernes, 26 de enero de 2018

Una tarde en un bar

Juan Manuel no sabía cuánto necesitaba contarle algunas cosas a Laura. Algo dentro de él estaba tenso como una rama doblada a punto de quebrarse. Pero cuando se vieron Laura se puso a hablarle de sus asuntos; que se quería ir de vacaciones, que su ex se atrasaba sistemáticamente con la cuota del colegio para su hija, que los trámites con la AFIP la volvían loca...
En un momento le preguntó a Juan Manuel cómo estaba. Él dijo “bien”, y ella volvió inmediatamente a lo del ex.
Cada tanto interrumpía para mirar el celular y responder mensajes. Le contó que en el trabajo la jefa la tenía podrida. Este fue un tema muy largo.
Juan Manuel se preguntaba para qué se habían encontrado en ese café, tan lindo. Estaba un poco arrepentido de haber ido. Quería mucho a Laura, eran amigos desde hacía tantos años, pero ¿qué sentido tenía escucharla hablar durante horas de temas que no tenían solución?
Ella seguía hablando, sin mirarlo a los ojos, con la mirada acá o allá, que sólo se fijaba en la pantalla del celular.
Entonces él la interrumpió: “Estás acá, Laura”.
Laura hizo un silencio.
Él se quedo quieto, buscándole los ojos.
“No entiendo, dijo Laura, mirándolo a los ojos, a su vez, por primera vez. ¿Qué querés decir?”
“Qué estás acá, conmigo. Me llamaste para que nos viéramos y hablemos”.
Laura pareció al borde de la reflexión. Juan Manuel le repitió:
“Estás acá”.

miércoles, 24 de enero de 2018

Tras un siglo de freudalismo



Tras un siglo de gravitación del pensamiento de Sigmund Freud sobre nuestra sociedad, comprendemos que el Complejo de Edipo es el origen de todos los problemas de la Humanidad.
Pero a esta altura, bien ha dicho la psicoanalista Mariela Mangiaterra que nada le parecía más entrañable y lejano que aquella época en que un hombre podía desarmarse de turbación cuando se le decía “ocurre, señor, que usted está enamorado de su madre”.
He aprendido que el amor por mi madre me ha enredado en muchos aspectos de mi vida, especialmente en el de construir una vida en pareja. Podía engañar a mi madre un tiempo, especialmente porque sabía que ella festejaba que yo fuera muy machito y tuviera éxito con algunas chicas, pero de ningún modo traicionaría su amor. No cruzaría la línea de la lealtad. Mis parejas nunca duraron. No habría de traicionar a mi madre con ninguna chiruza.
Por otro lado, A mis casi 60 años llego a la conclusión de que lo único que me interesa de la relación con otras personas es hacer contacto con su lado salvaje. Todo lo demás me parece frusilería, pérdida de tiempo, vicio, muerte en vida. Y entonces recuerdo las noches en que llegaba mi madre de operar en el hospital, a la medianoche, o a la hora de la cena. Estaba radiante. No parecía ella. Tenía en los ojos una dicha de ángel despiadado, y se ponía a contar todo, la cirugía con lujo de detalles, qué habían dicho los médicos, los asistentes, y también la historia de la persona, quiénes la acompañaban. Cada relato era como el repaso de una vida, una novela, algo increíblemente vívido, jugados como estaban sobre la mesa la muerte, la salvación, la vida, el sufrimiento, la dicha.
Recuerdo aquello y lloro de amor por mi madre. Si estuviera viva, correría en este mismo momento a pedirle que vuelva a contarme del hombre que recibió más de 40 puñaladas peleando con uno de sus hijos en brazos, del desastre de guerra para el que no alcanzaban los quirófanos cuando un colectivo chocó con un camión en la ruta, de la mujer que era tan gorda que necesitaron quitarle 35 kilos de grasa para poder operarla, del marinero filipino a quien, para intervenirle el corazón, tuvieron que partirle al medio un tigre tatuado tan hermoso que el jefe de cirugía le hizo sacar una foto y la colgó en su casa como un cuadro.
No recuerdo bien las historias, las contaba cuando yo era muy chico, pero la luz que irradiaba no era de este mundo, y no sé si era porque por el dichoso Complejo de Edipo que yo estaba tan enamorado, o si era una loca genial que permitiendo que el Demonio Divino entrara en ella me enseñó el camino que más me gusta, el de la intensidad.






Más allá de lo torpe y lo tosco

Si te evapora la mente en un instante que alguien diga divinamente lo que dijiste de modo torpe y tosco, ¿es un ataque de narcisismo agudo o es el estado más alto al que pueden llegar los humanos, la colaboración para la creación de sentido?

martes, 23 de enero de 2018

La lluvia en Buenos Aires


Hoy me desperté recordando el bar de Buenos Aires donde nos refugiamos de la lluvia. Nos pusimos de novios en ese momento. No había nadie más, el lugar era oscuro, era como si estuviéramos en otro país, un país con el que se sueña. Yo te toqué los dedos, vos aceptaste como si fuera la primera vez que te tocaras los dedos con alguien, y quizás lo fue, y después cuando salimos nos besamos abajo de un balcón para no mojarnos, y lo mismo nos mojábamos pero nos besamos y nos seguimos besando, sabiendo plenamente, teniendo plena conciencia de que sería el comienzo de algo verdadero, en lo que pondríamos todo lo que éramos,  porque estábamos plenamente enamorados. 
Eso fue lo primero que pensé esta mañana cuando desperté, como si hubiera soñado toda la noche con aquella noche de hace seis años. Las sábanas revueltas eran la imagen de una tormenta congelada en el mar. Busqué el perfume de Renata, lo encontré, confirmé lo que había sentido, que era el perfume profundo de Nápoles. Nos divirtió contar que hacía 24 horas que estábamos haciendo el amor, besándonos, penetrándonos, mirándonos, llorando, mordiéndonos, abrazándonos, contándonos cosas que recordaríamos para siempre, porque nunca más nos veríamos. 
Dejé la cama deshecha, una almohada tirada en el piso, las sábanas retorcidas, unas ropas mezcladas; quise encontrarla así al final del día, cuando volviera del trabajo. Me entregué a esa melancolía, a tener pena de mí. Fue maravilloso y dulce y triste lo que hicimos con Renata, y aún la cama está deshecha, y todo eso me hizo despertar en aquella lluvia.