lunes, 17 de julio de 2017

Zapatos perfectos


Me cuenta Graciela: "mi papá hace esas cosas sin decir nada. Pero mientras trabaja, mientras fábrica zapatos a mano, uno por uno, él piensa, piensa... cranea todo. Y le encanta. Le gusta lo que hace, pero me parece que más le gusta pensar. Mandó hacer unas etiquetas para ponerle a los zapatos que son increíbles. Las paga una fortuna, las trae de Irán o no sé dónde, que tienen una técnica única. Las quiere porque son inalterables, dentro de diez mil años van a estar igual. Están bordadas, selladas, no sé qué. El me explicó todo el proceso de fabricación, que es complicadísimo. Le pregunté '¿por qué tenés esa obsesión de las etiquetas?' y me dijo que él se imaginaba alguien que había comprado unos zapatos suyos y que los zapatos duraban años y años, que mientras los demás zapatos se le rompían, los de él estaban enteros, sin roturas, sin haberse descosido y con la suela en buen estado. Imagina que el dueño de los zapatos un día piensa '¿pero de dónde son estos zapatos indestructibles?', los revisa y ahí encuentra la etiqueta, con el número de teléfono y la dirección de la zapatería. 'Ese tipo vuelve a comprar mis zapatos', dice'. Dice que esa etiqueta lo obliga a hacer zapatos perfectos".







Tocado


“Le pegaste en la estructura”, me dijo Mariela.
Y yo me quedé con mi propia estructura cimbrando por la frase de Mariela.
Otras expresiones para decir más o menos lo mismo también me parecen muy buenas: “cortar hasta el hueso”, “tocar el nervio”.
En portugués se dice “topar fundo”. Y un psicólogo en Rio de Janeiro me dijo, una vez que un enamoramiento me había llevado más lejos que cualquier otra cosa me hubiera llevado hasta entonces “mexe com o sentido”.
Ayer quise explicarle a una amiga cómo fue el dolor que sentí una semana atrás y me encontré diciéndole que el dolor “había alcanzado el sentido de la vida. Los días siguientes me quedé desorientado, sin saber para qué vivía”.
Hoy me cuelgo observando las fotos de una artista y sé que penetran por mis ojos, por mi nariz cuando inspiro, por los poros de mi piel como se chorrea un líquido por los ejes que giran dentro de un motor, hasta las paredes de las venas. Allí se filtran y se meten en el torrente sanguíneo e impulsadas por mi corazón llegan hasta todos los extremos de mi cuerpo, y hacen contacto con mis nervios. Entonces se produce una electricidad, y esa electricidad altera mi cerebro, mi cuerpo, mi existencia.
Al poco tiempo de mirar una de sus fotos, comienzo a ser otro. Puedo sentirlo claramente.
Creo que exactamente eso es lo que sucede con el arte.





sábado, 15 de julio de 2017

Dormir



Hace unos días compartíamos con unos amigos el lamento de no poder dormir bien, a pata suelta.
Qué bendición es dormir bien.
Algo reparador, algo renovador, un placer de dioses satisfechos, que han entregado todo en la batalla, haciendo en sus actos lo que piensan en sus mentes y sienten en su corazón.
Creo que dormir el sueño de los justos cuando hay un niño sirio ahogándose en el mar o comiendo mal porque su madre fue despedida del trabajo en Argentina y todo está demasiado caro, nos hace indignos.

Si el que duerme tranquilo es alguien que aspira a una posición en el esquema de gobierno, mucho más si ya lo ejerce, es un cínico.





miércoles, 12 de julio de 2017

Cerca


Estos días tuve un problema de salud.
Nada que no hubiera podido encarar solo. Llamo al servicio de emergencias, mientras espero cierro la llave de gas, cierro bien la ventana para que no entre agua si llueve mucho, hago el bolso con lo que necesito en caso de que me internen, me dan una inyección para bloquearme el dolor, me llevan a una clínica, allí me atienden. 
¿Cuál es el misterio?
Sin embargo, me caigo y algo flaquea en mi interior. 
Si me desvanezco de nuevo los de emergencias tocarán el timbre, volverán a tocar y al fin se irán. Todas las personas de mi entorno saben que hoy me iba de viaje, supondrán que viajé. 
Flaqueo y llamo a mi prima, “nada más te aviso. Si a la tarde no vuelvo a llamarte…”
“Voy para ahí”, me dice.
Viene y me acompaña a la clínica y está conmigo.
No era necesario.
Mi cuerpo habría vivido el mismo proceso sin ella.
O sin los amigos que vinieron a visitarme los días siguientes.
Pero no. 
Mi cuerpo no habría vivido el mismo proceso.
No voy a ponerme a desplegar una sintomatología comparada “solo” por un lado y “con amigos”, por otro, pero escribo estas líneas movido por el asombro que me causa el efecto de que alguien se acerque, físicamente, de que alguien lleve su cuerpo hasta cerca del tuyo cuando algo te vulnera.
Esto remite a todo: a la importancia de la institución enfermera o enfermero, a tomar de la mano a alguien, al hablarle a quien está en coma, a la desolación infernal de un bebé en una incubadora día y noche. 
También remite a la militancia. La lucha revolucionaria: los militantes tienen sus cuerpos cerca. Comparten la comida, se miran, se hablan, duermen en el mismo espacio. La tensión es fuerte, la fiesta es explosiva, el sexo es vívido entre los militantes.
Aparece este tema, en esta época en que la comunicación se ha desarrollado hasta tomarlo casi todo, hasta un estado en que lo imposible es no estar comunicado, en que la comunicación es compulsiva, pero a través de aparatos.
Está muy bien planteado en la película Her, de Spike Jonze.
Poner los cuerpos en proximidad comienza a ser un refugio.
El último bastión de la resistencia.







domingo, 9 de julio de 2017

El test para entrar a la secundaria


El primer día de un curso de ingreso que hicimos para entrar en el secundario nos hicieron una prueba. Era un test, pero creíamos que había que aprobarlo para poder entrar y los problemas se ponían cada vez más difíciles, hasta que se hicieron imposibles. Entonces con el amigo que fuimos, que estábamos en el primer banco, cuando la profesora se fue para atrás, le robamos el cuadernillo y copiamos todas las respuestas.
Aún no sé qué consecuencias tuvo eso en nuestra vida.




sábado, 8 de julio de 2017

El mal de Lanvers



Oliver Sacks fue un genio. Llevó la medicina a un plano altamente humanitario. Le devolvió, le dio, humanidad a algo que se ha tornado de un tono espantosamente frío.  Lo hizo escribiendo casos. Hay en el humanista un fuerte mandato ético, que ordena entre otras cosas, la verdad. Humanista al fin, Sacks, nunca mintió llamándose escritor. Escribió para compartir casos. Lo que es mucho más que lo que han hecho la mayoría de los escritores, especialmente porque Sacks escribió en medio de sus lectores, pero sus textos no tuvieron otra literatura que la necesaria para resultar amables y atrapantes. ¡Como si eso fuera poco! Fue enorme, como lo demuestra la influencia general de su obra. Pero no fue arte. Ni lo pretendió ni le salió sin querer. Sus textos no rompen con la realidad. No han sido escritos con la libertad de que resultara cualquier cosa. Algo parecido le pasa a algunos críticos literarios cuando escriben ficción. Carlos Gamerro y David Viñas han alcanzado con su crítica una dimensión enorme, que los ha ubicado en la vanguardia intelectual, pero sus ficciones no consiguen levantar vuelo porque parecen no poder dejar de observar lo que escriben, mientras escriben, con su ojo de crítico. Sacks escribió iluminado por el mandato de ser demoledor de una medicina inhumana, de ser constructivo, esperanzador, "inspiring", sembrar bondad, apelar al lado bueno de la gente. Cuando se escribe ajustado a un fin, lo que puede lograrse es ese fin (escribir correctamente, dar un mensaje, alentar), pero muy difícilmente se logre abrir esa brecha en la realidad por la que entra algo diferente. Bien, Hernán Lanvers lo ha conseguido.
Lanvers, como Sacks, es médico. Dudamos de que sea muy humanitario y ciertamente no se ha jactado de ser un crítico literario. Debe haber leído "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", pero no lo cita directamente en su nota de hoy en Mundos Íntimos, una excepcional sección del diario Clarín. En el texto de Mundos Íntimos y en el de Sacks, la enfermedad es sacada del contexto de la medicina moderna y llevada a un lugar más profundo, al plano de la condición humana. Lanvers despliega la sintomatología de un trastorno neurológico y se lo pone encima, y empieza a contar una cantidad de anécdotas causadas por su enfermedad infinitamente cotidianas y más divertidas de lo que se puede decir de algo relacionado con una enfermedad. Llega un momento en que se duda de que le hayan pasado esas cosas, por mucho que mencione a un tal Freddy Marengo, una Silvana Melitón y a la confitería Tikal de San Nicolás. Luego se empieza a dudar que Lanvers realmente padezca esa enfermedad, e inclusive de que la enfermedad exista. Y entonces uno contiene la necesidad de ir a buscarla en Google porque prefiere no saber. Prefiere quedarse con lo que está leyendo. Es mejor no saber si es verdad o mentira. Qué importa. Lo que importa es que estamos viviendo algo. Eso es lo que aporta el arte a nuestras vidas.


La nota en CLARÍN.

domingo, 2 de julio de 2017

El único pensamiento válido


El ensayista Roger Caillois contaba de una sociedad en la que la realidad de los sueños tenía más entidad que la realidad de la vigilia. Si alguien soñaba que tal persona le había tirado un lanzazo, en la vigilia el agresor debía hacerse cargo. Esto nos suscita espanto y risa —y luego espanto. Pensamos que gracias a Dios vivimos en un mundo donde no pensamos de ese modo salvaje, delirante, estúpido. Muy bien; ahora, pensando como pensamos, ¿a qué resultado hemos llegado? ¿Es la Humanidad forjada por el pensamiento racional que rige mejor que la de aquellos primitivos bestiales?
Esto se está pensando así desde más de un siglo, cada vez más desde Auschwitz e Hiroshima. Y sin embargo, ese pensamiento sigue dominándolo todo.
Cuando aparecen alternativas, los guardianes del pensamiento racional lo reprimen con el razonamiento “¿cualquier cosa vale?”, arrojando toda alternativa a “cualquier cosa”. Podría ser que hubiera alternativas tan espantosas como el pensamiento racional, o podría haber alternativas superadoras, que lo integren, incluso.