sábado, 13 de noviembre de 2021

El puente

El Gobierno de la Ciudad invirtió en un centro de exposiciones en una parte privilegiada de la ciudad, en la zona del Museo de Bellas Artes, la Facultad de Derecho y la distinguida Recoleta, foco del turismo aspiracional interno.

Sobre el techo del centro de exposiciones se hizo un parque en la altura, que termina en un largo balcón que da a un paisaje particular: las vías del tren, que son la frontera de la zona. Más allá de las vías está la villa miseria de Retiro, donde viven miles de indigentes en condiciones deplorables.

Así las cosas, apoyado sobre las barandas en que termina el hermoso parque, un turista puede asistir al espectáculo de la pobreza y la injusticia social.

Para sorpresa de algunos, en un momento el Gobierno de la Ciudad comenzó a construir un puente desde la villa miseria hacia la zona oligárquica. Pero la obra no duró mucho: a poco avanzar, el puente fue interrumpido, y sólo sirvió para que los habitantes de la villa de Retiro cruzaran una de las muchas vías. O sea, terminó siendo un puente interno de la zona indigente. Para llegar al barrio distinguido (para visitar el formidable Museo de Bellas Artes, o si quieren estudiar derecho), los villeros deben dar una vuelta enorme.

Si los vecinos de la Recoleta y los visitantes que la recorren vieran llegar a los pobres por un puente, se horrorizarían y rápidamente montarían en cólera. 

Su idea de país es de pocos ricos, gente que vive con la ilusión de pertenecer a la clase de los ricos y una masa indeterminada, tal vez infinita, de pobres que alimentan con sus vidas y las de sus hijos, la riqueza de los ricos. Los pobres son mantenidos lejos, del otro lado. Sólo son visibles cuando no hay riesgo de que invadan.


Es un modelo de país. Unos arrojan toneladas de comida a la basura, para lo cual casi todos los demás son vampirizados sobreviven y mueren espantosamente.

Opuesto a un modelo en que todas las personas vivan dignamente, en un sistema que soluciona sus problemas: qué comer, poder pensar, tener dónde vivir, tener salud, poder imaginar y crear, tener una vida comunitaria, disfrutar de la belleza, criar bien a los hijos.

Este domingo se votan modelos.

Quizás no alcance con votar, con elegir entre candidatos para decidir un modelo de país. Sin embargo, en nuestro sistema político, votar es una instancia que tiene mucho peso.







viernes, 12 de noviembre de 2021

La ansiedad de Heraldo


Heraldo revolotea entre sus amigos, es muy socialité entre los demás artistas, así como en su esfera profesional (es diplomático), y a la vez tiene una necesidad intensa de experiencias profundas. Si ha buscado las orgías fue para satisfacer su voracidad por vivir el sexo como algo trascendente, encontrar en el sexo significados primigenios que explicaran la vida.

Por esa misma ansia abandonó las orgías, porque no halló más que una banalidad que lo hartó de aburrimiento. Sin embargo, para las demás personas, estas exploraciones fueron una marca que señalaron para siempre a Heraldo como un réprobo, un inmundo y una amenaza.






jueves, 11 de noviembre de 2021

Una historia oficial

 Podría ser que la admiración por Harari tenga como condición ignorar que todos sus aportes y puntos de vista novedosos no cuestionan el manto del modelo de la historia sobre el que tienden su trabajo: continua, evolutiva y basada en el punto de vista occidental. Tan conveniente a los sectores hegemónicos.

Estos días salió “The Dawn of Everything: A New History of Humanity”, ensayo en el que David Graeber y David Wengrow, si no proponen algo interesante, por lo menos, demuestran que Harari (como Diamond y otros) hacen la Gran Pigna: no se salen de la historia oficial.



  


l.

lunes, 8 de noviembre de 2021

Mamá araña

Hay una araña que la llaman arañón del monte, bastante grandecita, peluda, de mucha personalidad. 

Vive en el Mercosur, es una especie mercosureña.

No anda buscando gente para picarla, pero el que la busca, la encuentra. La mordedura duele porque lastima y el veneno te deja flojo, te da ganas de vomitar y dolor de cabeza medio día, y luego de a poco se va. 

Pero nada más muerde si la apretás —lo que casi siempre pasa por casualidad.

Es mejor no apretarla, y si a uno le gusta la Naturaleza o se preocupa por el medio ambiente y es ecologista, es mejor no matarla. Hay ecologistas que le vacían un tarro de Raid en cuanto la ven.


De chico criaba esas arañas.

Muchos chicos que vivíamos en pueblos éramos aficionados al naturalismo. Nos gustaban los bichos.

Yo fabricaba un laberinto dentro de una caja y alojaba las arañas del monte allí dentro. Me gustaba ver cómo se comían las langostas que le daba.

Seguramente no eran del todo felices, pero nunca les faltaba comida, más bien les sobraba, y vivían mucho tiempo, hasta que construían un disco blanco que adherían a una pared. Una vez que lo terminaban, se asentaban contra el disco y ya no se movían, ni siquiera para comer. 

Al cabo de un tiempo, salían del disco decenas de microhijitas. Todas se le montaban y ella se quedaba quieta. En algún momento, la araña moría y las hijitas la devoraban. Unos días después, las hijitas salían en todas direcciones, hacia el mundo. Yo llevaba la caja al jardín y en unas horas sólo quedaba el cuero seco de la madre muerta y algunas pocas hijitas melancólicas que se negaban a abandonarla.

Me parecía noble que la araña madre, tanto que se les teme a las arañas, se dejara morir para ser alimento de sus hijas.


Quizás cuando los padres mueren, los hijos se alimentan de lo que ellos han sido. 

Los hijos se mantienen vivos nutriéndose de la vida de sus padres, unos días, más bien unos años, o todo el resto de sus vidas.

Si así fuera, quien tiene hijos o quiere tenerlos, lo mejor que puede hacer por ellos es ser buen alimento, para lo cual es menester vivir bien, vivir de acuerdo con lo que se piensa, tener una buena vida, suculenta, animarse a desear y a hacer algo por cumplir esos deseos, vivir intensamente con los demás. Como se dice: "honrar la vida". 

Eso es lo que alimentará a nuestros hijos, una vez que estemos kaput, y antes aún, desde el momento en que nacen, porque los hijos se alimentan tanto de lo que les damos como de lo que somos.