lunes, 17 de julio de 2017

Zapatos perfectos


Me cuenta Graciela: "mi papá hace esas cosas sin decir nada. Pero mientras trabaja, mientras fábrica zapatos a mano, uno por uno, él piensa, piensa... cranea todo. Y le encanta. Le gusta lo que hace, pero me parece que más le gusta pensar. Mandó hacer unas etiquetas para ponerle a los zapatos que son increíbles. Las paga una fortuna, las trae de Irán o no sé dónde, que tienen una técnica única. Las quiere porque son inalterables, dentro de diez mil años van a estar igual. Están bordadas, selladas, no sé qué. El me explicó todo el proceso de fabricación, que es complicadísimo. Le pregunté '¿por qué tenés esa obsesión de las etiquetas?' y me dijo que él se imaginaba alguien que había comprado unos zapatos suyos y que los zapatos duraban años y años, que mientras los demás zapatos se le rompían, los de él estaban enteros, sin roturas, sin haberse descosido y con la suela en buen estado. Imagina que el dueño de los zapatos un día piensa '¿pero de dónde son estos zapatos indestructibles?', los revisa y ahí encuentra la etiqueta, con el número de teléfono y la dirección de la zapatería. 'Ese tipo vuelve a comprar mis zapatos', dice'. Dice que esa etiqueta lo obliga a hacer zapatos perfectos".







Tocado


“Le pegaste en la estructura”, me dijo Mariela.
Y yo me quedé con mi propia estructura cimbrando por la frase de Mariela.
Otras expresiones para decir más o menos lo mismo también me parecen muy buenas: “cortar hasta el hueso”, “tocar el nervio”.
En portugués se dice “topar fundo”. Y un psicólogo en Rio de Janeiro me dijo, una vez que un enamoramiento me había llevado más lejos que cualquier otra cosa me hubiera llevado hasta entonces “mexe com o sentido”.
Ayer quise explicarle a una amiga cómo fue el dolor que sentí una semana atrás y me encontré diciéndole que el dolor “había alcanzado el sentido de la vida. Los días siguientes me quedé desorientado, sin saber para qué vivía”.
Hoy me cuelgo observando las fotos de una artista y sé que penetran por mis ojos, por mi nariz cuando inspiro, por los poros de mi piel como se chorrea un líquido por los ejes que giran dentro de un motor, hasta las paredes de las venas. Allí se filtran y se meten en el torrente sanguíneo e impulsadas por mi corazón llegan hasta todos los extremos de mi cuerpo, y hacen contacto con mis nervios. Entonces se produce una electricidad, y esa electricidad altera mi cerebro, mi cuerpo, mi existencia.
Al poco tiempo de mirar una de sus fotos, comienzo a ser otro. Puedo sentirlo claramente.
Creo que exactamente eso es lo que sucede con el arte.





sábado, 15 de julio de 2017

Dormir



Hace unos días compartíamos con unos amigos el lamento de no poder dormir bien, a pata suelta.
Qué bendición es dormir bien.
Algo reparador, algo renovador, un placer de dioses satisfechos, que han entregado todo en la batalla, haciendo en sus actos lo que piensan en sus mentes y sienten en su corazón.
Creo que dormir el sueño de los justos cuando hay un niño sirio ahogándose en el mar o comiendo mal porque su madre fue despedida del trabajo en Argentina y todo está demasiado caro, nos hace indignos.

Si el que duerme tranquilo es alguien que aspira a una posición en el esquema de gobierno, mucho más si ya lo ejerce, es un cínico.





miércoles, 12 de julio de 2017

Cerca


Estos días tuve un problema de salud.
Nada que no hubiera podido encarar solo. Llamo al servicio de emergencias, mientras espero cierro la llave de gas, cierro bien la ventana para que no entre agua si llueve mucho, hago el bolso con lo que necesito en caso de que me internen, me dan una inyección para bloquearme el dolor, me llevan a una clínica, allí me atienden. 
¿Cuál es el misterio?
Sin embargo, me caigo y algo flaquea en mi interior. 
Si me desvanezco de nuevo los de emergencias tocarán el timbre, volverán a tocar y al fin se irán. Todas las personas de mi entorno saben que hoy me iba de viaje, supondrán que viajé. 
Flaqueo y llamo a mi prima, “nada más te aviso. Si a la tarde no vuelvo a llamarte…”
“Voy para ahí”, me dice.
Viene y me acompaña a la clínica y está conmigo.
No era necesario.
Mi cuerpo habría vivido el mismo proceso sin ella.
O sin los amigos que vinieron a visitarme los días siguientes.
Pero no. 
Mi cuerpo no habría vivido el mismo proceso.
No voy a ponerme a desplegar una sintomatología comparada “solo” por un lado y “con amigos”, por otro, pero escribo estas líneas movido por el asombro que me causa el efecto de que alguien se acerque, físicamente, de que alguien lleve su cuerpo hasta cerca del tuyo cuando algo te vulnera.
Esto remite a todo: a la importancia de la institución enfermera o enfermero, a tomar de la mano a alguien, al hablarle a quien está en coma, a la desolación infernal de un bebé en una incubadora día y noche. 
También remite a la militancia. La lucha revolucionaria: los militantes tienen sus cuerpos cerca. Comparten la comida, se miran, se hablan, duermen en el mismo espacio. La tensión es fuerte, la fiesta es explosiva, el sexo es vívido entre los militantes.
Aparece este tema, en esta época en que la comunicación se ha desarrollado hasta tomarlo casi todo, hasta un estado en que lo imposible es no estar comunicado, en que la comunicación es compulsiva, pero a través de aparatos.
Está muy bien planteado en la película Her, de Spike Jonze.
Poner los cuerpos en proximidad comienza a ser un refugio.
El último bastión de la resistencia.







domingo, 9 de julio de 2017

El test para entrar a la secundaria


El primer día de un curso de ingreso que hicimos para entrar en el secundario nos hicieron una prueba. Era un test, pero creíamos que había que aprobarlo para poder entrar y los problemas se ponían cada vez más difíciles, hasta que se hicieron imposibles. Entonces con el amigo que fuimos, que estábamos en el primer banco, cuando la profesora se fue para atrás, le robamos el cuadernillo y copiamos todas las respuestas.
Aún no sé qué consecuencias tuvo eso en nuestra vida.




sábado, 8 de julio de 2017

El mal de Lanvers



Oliver Sacks fue un genio. Llevó la medicina a un plano altamente humanitario. Le devolvió, le dio, humanidad a algo que se ha tornado de un tono espantosamente frío.  Lo hizo escribiendo casos. Hay en el humanista un fuerte mandato ético, que ordena entre otras cosas, la verdad. Humanista al fin, Sacks, nunca mintió llamándose escritor. Escribió para compartir casos. Lo que es mucho más que lo que han hecho la mayoría de los escritores, especialmente porque Sacks escribió en medio de sus lectores, pero sus textos no tuvieron otra literatura que la necesaria para resultar amables y atrapantes. ¡Como si eso fuera poco! Fue enorme, como lo demuestra la influencia general de su obra. Pero no fue arte. Ni lo pretendió ni le salió sin querer. Sus textos no rompen con la realidad. No han sido escritos con la libertad de que resultara cualquier cosa. Algo parecido le pasa a algunos críticos literarios cuando escriben ficción. Carlos Gamerro y David Viñas han alcanzado con su crítica una dimensión enorme, que los ha ubicado en la vanguardia intelectual, pero sus ficciones no consiguen levantar vuelo porque parecen no poder dejar de observar lo que escriben, mientras escriben, con su ojo de crítico. Sacks escribió iluminado por el mandato de ser demoledor de una medicina inhumana, de ser constructivo, esperanzador, "inspiring", sembrar bondad, apelar al lado bueno de la gente. Cuando se escribe ajustado a un fin, lo que puede lograrse es ese fin (escribir correctamente, dar un mensaje, alentar), pero muy difícilmente se logre abrir esa brecha en la realidad por la que entra algo diferente. Bien, Hernán Lanvers lo ha conseguido.
Lanvers, como Sacks, es médico. Dudamos de que sea muy humanitario y ciertamente no se ha jactado de ser un crítico literario. Debe haber leído "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", pero no lo cita directamente en su nota de hoy en Mundos Íntimos, una excepcional sección del diario Clarín. En el texto de Mundos Íntimos y en el de Sacks, la enfermedad es sacada del contexto de la medicina moderna y llevada a un lugar más profundo, al plano de la condición humana. Lanvers despliega la sintomatología de un trastorno neurológico y se lo pone encima, y empieza a contar una cantidad de anécdotas causadas por su enfermedad infinitamente cotidianas y más divertidas de lo que se puede decir de algo relacionado con una enfermedad. Llega un momento en que se duda de que le hayan pasado esas cosas, por mucho que mencione a un tal Freddy Marengo, una Silvana Melitón y a la confitería Tikal de San Nicolás. Luego se empieza a dudar que Lanvers realmente padezca esa enfermedad, e inclusive de que la enfermedad exista. Y entonces uno contiene la necesidad de ir a buscarla en Google porque prefiere no saber. Prefiere quedarse con lo que está leyendo. Es mejor no saber si es verdad o mentira. Qué importa. Lo que importa es que estamos viviendo algo. Eso es lo que aporta el arte a nuestras vidas.


La nota en CLARÍN.

domingo, 2 de julio de 2017

El único pensamiento válido


El ensayista Roger Caillois contaba de una sociedad en la que la realidad de los sueños tenía más entidad que la realidad de la vigilia. Si alguien soñaba que tal persona le había tirado un lanzazo, en la vigilia el agresor debía hacerse cargo. Esto nos suscita espanto y risa —y luego espanto. Pensamos que gracias a Dios vivimos en un mundo donde no pensamos de ese modo salvaje, delirante, estúpido. Muy bien; ahora, pensando como pensamos, ¿a qué resultado hemos llegado? ¿Es la Humanidad forjada por el pensamiento racional que rige mejor que la de aquellos primitivos bestiales?
Esto se está pensando así desde más de un siglo, cada vez más desde Auschwitz e Hiroshima. Y sin embargo, ese pensamiento sigue dominándolo todo.
Cuando aparecen alternativas, los guardianes del pensamiento racional lo reprimen con el razonamiento “¿cualquier cosa vale?”, arrojando toda alternativa a “cualquier cosa”. Podría ser que hubiera alternativas tan espantosas como el pensamiento racional, o podría haber alternativas superadoras, que lo integren, incluso. 


El delirio xenófobo que se viene


Es delirante la xenofobia argentina, habilitada desde el Gobierno —todo lo que un Gobierno habilita en los márgenes de la ley, lo promueve.
Es delirante la noción de que los extranjeros “nos sacan lo nuestro”: el trabajo, las camas en los hospitales, los bancos en las escuelas.
En el delirio xenófo, se los acusa contradictoriamente de ser vagos y de “sacarnos trabajo”.
La verdad es que los inmigrantes, por la necesidad de  instalarse, remitir dinero y suplantar recursos que tenían en su lugar de origen, trabajan mucho más que los nativos.
O sea, generan más riqueza, aportando más recursos al desarrollo de la economía.
Los peruanos, chinos, chilenos, bolivianos y paraguayos trabajan incansablemente. Los sectores de comercio, construcción y parte de la agricultura intensiva de Argentina serían insostenibles sin su trabajo.
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Los progresistas no nos sentiremos aludidos, pensaremos que los xenófbos son “ellos”, los ignorantes, los que escuchan a Baby Etchecopar. Bien, pero los ignorantes nos gobiernan, de modo que el tema no deja de tocarnos porque nosotros sintamos que tenemos el alma bella.
Segundo, no seamos hipócritas: ¿quién no tiene una vena, de la que tal vez se sienta avergonzado, pero por la que corre ese nacionalismo que hace sentir a un extranjero como otro “con el que no tengo nada que ver”?
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Este comentario superabunda de obviedad, se hace todos los días en los países de Europa, Estados Unidos, en todas partes, desde siempre. Y sin embargo vuelvo a escribirlo, y calculo que menos por un afán de quedarme en un tema que por su vigencia. Más que vigencia, por lo enardecido que está y las dimensiones que creo que tomará. Se está preparando un ajuste horrible para los próximos meses. La crisis comenzará a ser insoportable, y en momentos como esos se señala a los extranjeros como chivo expiatorio.





domingo, 25 de junio de 2017

Anochece el domingo


Salvo que gane tu equipo, siempre el atardecer del domingo es otoño.
Otoño como dicen en inglés: fall, caída.
Tomás consciencia de que la semana se termina.
Es irrecuperable.
Tomás consciencia de que nunca vivirás esa semana de nuevo.
De que nunca vivirás ningún momento de nuevo.
De que lo malo no tiene remedio.
De que lo bueno ya se lo lleva el río del tiempo.
De que nada volverá.
Nada será como antes.
Morirán algunos amigos.
Morirás vos.
Lo que no hiciste, llegado el atardecer del domingo, ya no lo harás.











domingo, 18 de junio de 2017

Día del Padre del 17

Buenas. Aprovecho que te saludo por el Día del Padre para contarte de mi libro "Mariposa de Otoño". 
No hay forma de no tener padre.
Padre divino.
Padre que murió.
Padre panzón.
Padre culpable.
Padre tanguero o rockero.
Padre ausente.
Padre colectivero.
Padre enamorado de la madre.
Padre desaparecido.
Padre tarado.
Padre igual a mí.
Padre politizado.
Etcétera.

Bueno, feliz día a todos.
Feliz día si sos padre, feliz día si sos hija o hijo.

A mí me tocó Padre chino.






La editorial El Bien del Sauce acaba de publicar mi libro Mariposa de Otoño, en el que cuento de la reconciliación con mi papá después de veinte años sin vernos.
Fui a verlo a la ciudad donde vive,  Nueva York.



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Nueva York también es mi casa. Porque es la casa de mi papá y porque me crié allí.



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El reencuentro con mi papá tuvo el efecto de abrirme las puertas a nuestro país de origen, China.


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Esta imagen es de un DOCUMENTAL en el que la cadena oficial de televisión china cuenta mi llegada a Taishan, el pueblo donde nació mi papá en la provincia de Guangdong.
Taishan: 台山
Guangdong: 广东


Este es el documental (estoy entre los minutos de 18 a 22)




Hice un largo viaje exploratorio por las entrañas de China.

Eso puso muy feliz a mi madre, a quien afligía la distancia con mi padre.


 

Cuando regresé de China, mi madre murió.

Entonces volví a Nueva York, esta vez para decirle a mi papá que mi mamá había muerto.






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Escribí esta historia en varios relatos.
Son los relatos que están en el libro Mariposa de Otoño.




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A continuación van dos fragmentos del capítulo Una Navidad china en Nueva York, elegidos por el Día del Padre.


#\#>>> Jueves 19, 9.41
El lugar de mi viejo

Mi viejo tiene un local en el Chinatown de Manhattan. Antes era una casa de regalos, uno de esos bazares de los chinos en que se abigarra una variedad infinita de adornos, artefactos, herramientas, alhajas, trastos, juguetes y una multitud de cacharros misteriosos que nadie puede adivinar para qué fueron fabricados. Ni quién podría comprarlos.
De hecho, la cantidad inextinguible de chirimbolos, su variedad inagotable y su aplicación tan enigmática, quizá expliquen por qué los bazares chinos se parecen cada vez más, mientras uno avanza hacia sus fondos, a las cuevas donde los piratas de hace siglos han dejado el caos de sus botines.
Al final, se llega a una zona en que casi no penetra la luz y donde brillan unas últimas joyas que perdieron una tarde, jugando, las niñas de la noche de los tiempos.
Pero con decisión moderna, mi viejo dejó atrás aquel pasado legendario y montó una agencia de lotería. Los timberos entran y se sientan a mirar una pantalla en la que van apareciendo números. Cada cuatro minutos suena un trompetazo y los números se hinchan, saltan, cambian de color indicando que ha terminado la jugada. Los timberos arrojan las boletas del fracaso al piso y unos pocos han ganado unas monedas que corren a reinvertir en la próxima jugada. La lotería arroja un nuevo resultado ¡cada cuatro minutos!
Mi viejo llega al local caminando lentamente por las calles con hielo, desde el estacionamiento donde deja su auto. Pasamos por una iglesia ortodoxa griega, por un depósito de comida y una ferretería. De la ferretería sale un amigo con el que mi viejo
charla a los gritos durante un rato. Cuando han terminado mi padre me traduce: él le ha contado que soy su hijo y que he llegado desde Argentina, y el tipo le ha contado que en Argentina, cuando hay crisis, saquean los supermercados de los chinos. Finalmente llegamos a su lugar en el mundo, la agencia de lotería.
En la vereda están los paquetes de diarios que mi viejo venderá. Él abre la persiana metálica y las puertas, me pide que entre los diarios, los entro, les corta el cincho, me pide que los acomode en un exhibidor. Tiene dos empleadas chinas, una simpática y una reservada. Llegan minutos después de mi viejo, la más simpática con
cafés. Le agradezco el mío, trato de charlar un poco, pero no entiende inglés.
Luego nos ponemos a charlar un rato con mi viejo.
Me dice que no puede dejar el negocio porque no sabría qué hacer. «Me quedaría en mi casa mirando todo el día la televisión».


(…)

#\#>>> Domingo 22, 12.40
Sobre una pila de diarios
A cada instante entran y salen del negocio de mi viejo los hombres que compran billetes de lotería. Cuando están dentro, se sientan a mirar la pantalla.
Son unos tipos que andan con ropa barata y raída, de anteojos viejos y dientes marrones, y una expresión eterna de hastío y ofuscación. Resulta desconcertante decir que están jugando; nada más alejado del juego que esta escena.
No juegan, sólo se amargan porque no ganan.
No pierden lo suficiente para irse y no volver, pero cuando ganan, el premio no les sirve más que para solventar una parte de la próxima jugada.
Están encadenados al futuro inminente.
Una tarde escuché un grito fuerte. Alguien había ganado más de seis mil dólares y cuando me di vuelta y lo miré, no encontré en su cara una sonrisa de felicidad, sino de revancha. Le dije algo para celebrar el momento y no me prestó atención.
Juegan de a dos o tres dólares. No hablan entre ellos, no miran más que la pantalla y sus boletas, que al final de cada jugada arrojan al suelo. No les importa nada, olvidados de sí mismos, de sus amigos, de sus familias, de su trabajo. Han dejado su vida en algún otro lugar. Se han olvidado de que tienen una vida.
Son tipos eternos, están en un estado de transitoriedad permanente. Dentro de 300 años se los podría halar aquí dentro, en este lugar parecido a una estación de trenes de Yakarta o Manila atrapada en el tiempo. Seguirán con la misma mirada distraída e inquieta, sin disfrutar, sentados en las mismas sillas que mi viejo compró quizás en los 80 o en los 70. Mirando, con fijeza de alienados, las pantallas donde danzan los números.
Y mi viejo estará entonces, detrás del mostrador histórico, cobrando y pagando premios, con su gorra, sus anteojos de marco de carey, callando con los callados, intercambiando con alguno dos palabras rituales. Palabras en cantonés, filipino, indonesio o alguna lengua de un país desconocido para los occidentales, que creen que sus mapas son exhaustivos. El mundo tiene muchos más rincones de los que registran la televisión y las infografías, y en las tardes de la eternidad mi padre ha tenido tiempo de aprender sus insospechados idiomas.
Hacía trece años que yo no veía a mi padre. No tenía visa para entrar a los Estados Unidos, y no convencía a mi viejo de que viajara a encontrarme en un país donde podíamos entrar
ambos, México, Cuba, Inglaterra. El no saldría de Nueva York, del negocio, ni se movería de su lugar detrás del mostrador.
Conseguí venir finalmente, a pasar la Navidad con él, su esposa y su nuevo hijo. Mientras espero que llegue la Navidad, estoy sentado arriba de una pila de diarios acumulados sobre un cajón, al lado de él, detrás del mostrador.
Día tras día pasan las horas detrás del mostrador.
Le pregunté qué estaba organizando para el festejo de la Nochebuena.
— Nada —me dijo. — Nosotros no festejamos.
And so this is Christmas. Esta es mi Navidad con mi viejo.
Los dos sentados lado a lado detrás del mostrador. Con nuestras anchas caras de luna llena achatada en los polos, nuestras largas y erizadas cejas proyectadas como espinas y nuestra expresión de acritud eterna.
Dos días después de Navidad regresaré a Buenos Aires. Mi viejo quedará acá. Por el resto de los tiempos, parece.


sábado, 17 de junio de 2017

Recital de Mateo y Camilo en el Frida


Dos días antes, muy tarde a la noche, cuando ya debería estar durmiendo porque al día siguiente tenía que arrancar muy temprano, recibí una foto de Marce.
“Otro que no puede dormir”, pensé. “Será que a esta edad empezamos a entender que tenemos más cosas por decir que tiempo para decirlas”.
Era una foto de cuando éramos muy jóvenes, quizás de 1988. Habíamos viajado eternamente en el noble, increíblemente incómodo, lento e indestructible Citroën 3CV de Marce, desde Buenos Aires hasta un remoto paraje de Neuquén, en la estepa patagónica. Allí dormíamos sobre un piso de piedras y polvo muy inclinado, en la ladera fría de una montaña.
En la foto es de noche. Estamos sentados sobre unos troncos retorcidos junto a un fogón famélico. Nos iluminamos las caras desde abajo con linternas. Jugábamos. Treinta años atrás.
Hacía seis años que habíamos tenido la guerra de las islas Malvinas con Inglaterra. Ambos tuvimos suerte de no haber sido convocados. Muchos chicos murieron y la vida de todos los que estuvieron quedó arruinada.
Estudiábamos Antropología, estábamos ardientemente politizados, leíamos a Antonio  Gramsci y a Carlos Castaneda, íbamos a los recitales, escuchábamos música latinoamericana, y a Sumo y a Charly García.
Treinta años.
Treinta años para adelante estaremos camino a los 90, o estaremos al costado de un camino, muy quietos.
Pero falta, para eso. Aún tenemos cosas que hacer. Cosas que terminar, e inclusive aún tenemos cosas que empezar.

Por ejemplo, la noche en la que más tarde Marce me mandaría la foto, yo había estado hablando con su hijo Camilo, que nació en el mismo año que mi hija Irina, para cerrar los detalles del recital que daríamos dos después. Yo lo producía, Camilo tocaría con su amigo Mateo.
Sería el primero de una serie de recitales en Frida, una casa donde mujeres con potente vocación social reciben a mujeres que se refugian de no tener un hogar.
Hablando con las trabajadoras nos había parecido buena idea poner música en vivo allí dentro, donde habita la tensa preocupación por el presente y el futuro de una veinte mujeres y de los hijos de varias de ellas.

La música no es un adorno, ni un complemento. No es “ponele música a tu vida”, sino que la música hace de la realidad otra cosa. El sonido altera la materia de modo que transforma las moléculas. Los patrones en que la música organiza los sonidos imprimen una forma específica al modo en que se organiza la materia. Que alguien vaya a hacer música a un lugar produce un cambio que se siente como “anímico”, pero el aire, los muebles, las paredes, los caños que están enterrados en el suelo, las ventanas, todo queda con otra forma. Y más fuerte aún es el cambio que la música opera en los cuerpos, porque la música tiene poderes mayores sobre el agua, y los cuerpos son básicamente agua.
Todo esto parece una simplificación materialista, pero parto de que las vibraciones de la música están decididas por el espíritu. En principio, estuvo la decisión de hacer el recital. Luego, la potencia con que los músicos tocaron, la alegría, el entusiasmo, el amor: todo eso es creado por el espíritu.
Es el espíritu el que labra la música con los sonidos.

Las trabajadoras de Frida nos pidieron que les adelantáramos un afiche y parte del repertorio para anunciar el recital. Querían que no fuera algo casual, sino un acontecimiento. Del tamaño que fuera, pero un acontecimiento.
El escritor Kurt Vonnegut decía que “la gracia fundamental de Laurel y Hardy consiste en que hacían todo lo posible en cada prueba.”
Intenté que el recital le diera a los músicos material para aprender.
No iban a hacer caridad, a dar lo que les sobraba, sino que iban a hacer algo en lo que les va el alma, enriqueciéndose por compartirlo, tanto ellos como quienes los escucharían.
Este es el afiche:



Camilo toca la batería. Marce, su papá, quiso ser baterista. El individualismo imbécilmente obcecado de nuestra sociedad nos impide apreciar lo bellamente épicas que son las gestas logradas por la constancia de una sucesión de generaciones.
Las cosas que consiguen las personas en grupo son siempre más puras, más luminosas y más felices que los logros en solitario. De algún modo, Marce estaba en el recital. Estaba la estirpe baterista, hasta ahora formada por Marce y Camilo. Quizás se continúe.
Claramente sentí esa posibilidad cuando lo primero que sucedió una vez que entramos en la casa de Frida y nos sentamos a esperar en un patiecito, fue que vino un chico de nueve o diez años, alojado allí con su mamá, y pidió tocar el cajón peruano que había llevado Camilo como instrumento. El chico empezó a tocar con unas ansias expansivas.
Ese fue el primer sonido del primer recital en Frida.

Frida tiene algo de espacio liberado de varones, cosa que se entiende si se tiene en cuenta que las mujeres y chicos alojados allí son, de una u otra forma, víctimas de machistas.
La presencia de tres varones obligó a trabajadoras y alojadas a idear una estrategia para adaptarse a una situación no sólo nueva, sino un tanto patas arriba. Toda la primera parte del recital podía sentirse cómo las mujeres iban buscando la mejor manera de acomodarse a la novedad.
Pero una nenita de menos de dos años se acercó sin ninguna prevención a Camilo y lo abrazó, y se quedó abrazada un rato muy largo. Ayudó a la aceptación el hecho de que los niños se adaptaron instantáneamente.
También facilitó las cosas que Camilo y Mateo sean tan jóvenes (tienen la edad que Marce y yo teníamos en aquella foto) y que el repertorio fuera pensado para que resultara familiar.
La Negrita de los Redondos, el Nunca quise de Intoxicados y una cumbia fueron acompañados con las palmas y coreados.
Eso pasó cuando el recital ya estaba avanzado. Al principio sólo se quedaron en su silla las madres, como cuidando a los chicos, mientras las demás se acercaban y se iban, y regresaban y volvían a irse, como estudiando de qué se trataba aquello.
Antes del recital traté de ser enfático en advertirle a los músicos que debían despejar cualquier expectativa de ser aclamados, aplaudidos, siquiera aprobados, y que era oportuno considerar incluso la posibilidad de que fueran rechazados de plano.
Las mujeres no habían pedido el recital, la presencia de varones, además desconocidos, quizás les rompería un cotidiano que les había costado mucho trabajo construir y aún así era muy precario.
Por otra parte, la serie de situaciones que desembocaron en el alojamiento de las mujeres en Frida, quedarse en la calle, más aún con hijos, es una de las peores que una persona puede vivir, y posiblemente estuviera precedida por otros quebrantos, lo que tal vez había barrido en muchas de ellas la mínima necesidad de quedar bien y hacer concesiones.
“Van a tocar ante el público más difícil. La capacidad de apelación de la música de ustedes se pondrá a prueba de un modo extremo”, les dije. “Si son capaces de seducir al público con su calidad, su carisma y su entrega, es aquí donde se va a comprobar”.
Ninguno de los dos reculó. Entendieron todo a la perfección, como si lo hubieran pensado.

Desde el primer tema, como Laurel y Hardy, entregaron todo lo que tenían.
A unos centímetros al costado de Camilo estaba la puerta de una de los dormitorios. Muchas veces entró y salió una chica embarazada con una panza gigante. Al lado de Mateo había un cochecito de bebé, donde él colgó su campera. En todo el patio había juguetes, sobre las paredes estaban apoyados pizarrones con nombres y dibujos, bajo una escalera había un lavarropas. En una mesa se habían dispuesto sabrosos sandwichs de jamón y queso. Dos mujeres cebaban mate. Los niños bebían golosos un jugo de naranja servido en varias jarras.
Los músicos entregaron todo lo que tenían desde el primer tema. Nada se guardaron. Y aunque cuando tocaron temas menos conocidos y tranquilos, el público desapareció por completo, las mujeres acabaron sintiendo la entrega. Llegó un momento en que estaban todas en el patiecito, cantando, bailando, algunas sacando fotos con el celular.

Al fin pudieron, ellas también entregarse, el tiempo que duraban un tema, a la música.





martes, 13 de junio de 2017

El repartidor de pollos


Mirando las pilas de cajas que contenían los miles de ejemplares del primer número de la revista Dang Dai, en aquel local de la calle Gorriti calculábamos cuánto de la inversión recuperaríamos con la venta. La venderíamos en el Barrio Chino. Nos las sacarían de las manos, porque cada fin de semana iban allí entre 10.000 y 15.000 personas interesadas en la cultura china. La tirada nos duraría un fin de semana, tal vez dos, antes de agotarse.

La respuesta de la realidad se dejó oír hasta dejarnos mudos: vendimos tres ejemplares.

Cinco años después, con el número 12 en la mano, nos seguimos preguntando por qué la gente que viaja hasta el Barrio Chino para estar en contacto con el mundo chino, no compra la revista.

Creo que hemos comprendido que la gente va a comprar cosas baratas. Los chinos se han propuesto baratos. Baratas las manufacturas en China, en todo el mundo barata la comida y baratos los miles y miles de pequeños objetos en sus multicoloridas e incitantes tiendas brillantes. Algo "caro" como nuestra revista está fuera de ese esquema.

Mejor tenemos que entender que la palabra "cultura" es cosa nuestra, no de los 10 o 15 mil. La gente va al Barrio Chino a comprar barato y punto. Es un encantador e iluso prejuicio positivo el nuestro, de suponer que la gente consumirá cultura a través de una revista.

La gente no lee.

Ni consume revistas.

Además de no consumir "cultura" —nuestra idea de cultura.

La consume a su manera, comprando un juego de tijeras porque son baratísimas, un juguete ingenioso, una funda para un celular, un chowfan, o unas chinelas doradas.

China entra por abajo, no por François Chen, no por la filosofía, los miles de años de caligrafía fascinante, sino por un médico chino que atiende en la vereda con un sombrero de campesino que siembra arroz, por un Mickey Mouse que cuesta lo mismo que un atado de cigarrillos.

La integración de nuestros pueblos chino y argentino empieza por el contacto entre el dueño fujianés del supermercado sin nombre y un morocho fornido con quien habla todos los días, que se llama Jonathan, es repartidor de pollos y cuando entra saluda con un grito "Chen putoooooo"...









lunes, 5 de junio de 2017

Murciélagos en la vida de hoy

  
En los cuadros de Goya traen pesadillas
al artista. Volando hacia arriba, hacia abajo,
a derecha y a izquierda, murmuran
furtivamente sin llegar a despertarlo

Ese es la primera estrofa de Murciélagos al atardecer. Es un poema autobiográfico de Xi Chuan (西川,Xuzhou, provincia de Jiangsu, 1963).

Luego dice que “una felicidad indecible aparece en sus caras / casi humanas.”
Es tradición en China meter imágenes de murciélagos en decoraciones donde los occidentales jamás los pondríamos. Es que los chinos juegan con las homofonías y los significados cada vez que pueden, y murciélago se pronuncia , igual que felicidad.

Dice que los murciélagos son “como demonios sin esperanza de redención / ciegos y crueles”. Y que “La luna creciente y menguante / gastó sus plumas. Son feos, sin nombre.”

Cuenta que “en algunas historias”:

Pueden obligar a un sonámbulo a unírseles,
arrebatarle la antorcha de su mano y apagarla;
pueden alcanzar a un lobo acechante
y hacerlo caer mudo por un precipicio

A la noche, si un niño no puede dormir
es sin duda porque un murciélago
sorteando los ojos hinchados del guardia
llegó hasta él para hablarle del destino

Dije que era un poema autobiográfico. Fíjense:

Su corazón de piedra nunca pudo conmoverme
hasta que un verano hacia el atardecer
al pasar por mi vieja casa vi muchos chicos jugando
y sobre sus cabezas aún más murciélagos

(…)

Entre las cosas antiguas un murciélago
es de aquellas que generan una especie de nostalgia.
Su actitud indolente hizo que me detuviera un largo tiempo
en ese barrio, en la calle donde crecí.

Me interesa contarles que estos murciélagos han entrado en nuestra vida gracias a que el traductor Miguel Ángel Petrecca tuvo la dichosa idea de sentarse a traducir decenas y decenas de poemas de escritores chinos de hoy.
Petrecca abrió la ventana, entraron esos fú, fú, fú chinos, fieros bichos de la felicidad, y como pasa cuando entran los murciélagos en tu casa, tu vida ya no será la misma.
No sé si los chinos son conscientes de que Petrecca es un monumento.
El poema está en Un país mental. 100 poemas chinos contemporáneos. Para editar el libro, el mismo Petrecca tuvo que inventar una editorial, Gog y Magog.





Murciélagos al atardecer

En los cuadros de Goya traen pesadillas
al artista. Volando hacia arriba, hacia abajo,
a derecha y a izquierda, murmuran
furtivamente sin llegar a despertarlo

Una felicidad indecible aparece en sus caras
casi humanas. Estas criaturas que parecen
pájaros pero que no lo son, completamente negros
se funden con la oscuridad, como semillas que nunca florecerán

Como demonios sin esperanza de redención
ciegos y crueles, llevados por su voluntad,
cuelgan a veces boca abajo de las ramas
igual que hojas secas, excitando nuestra lástima

En algunas historias
se concentran en húmedas grutas;
cuando el sol cae tras la montaña es su momento
para salir de caza, parir, luego desaparecen

Pueden obligar a un sonámbulo a unírseles,
arrebatarle la antorcha de su mano y apagarla;
pueden alcanzar a un lobo acechante
y hacerlo caer mudo por un precipicio

A la noche, si un niño no puede dormir
es sin duda porque un murciélago
sorteando los ojos hinchados del guardia
llegó hasta él para hablarle del destino

Uno, dos o tres murciélagos,
no tiene riqueza ni patria, ¿cómo puede ser
que traigan felicidad?  La luna creciente y menguante
gastó sus plumas. Son feos, sin nombre.

Su corazón de piedra nunca pudo conmoverme
hasta que un verano hacia el atardecer
al pasar por mi vieja casa vi muchos chicos jugando
y sobre sus cabezas aún más murciélagos

El atardecer arrojaba sombras sobre la calle
y doraba el cuerpo de los murciélagos
Revoloteaban sobre las puertas descascaradas
pero nada tenían para decir sobre el destino

Entre las cosas antiguas un murciélago
es de aquellas que generan una especie de nostalgia.
Su actitud indolente hizo que me detuviera un largo tiempo
en ese barrio, en la calle donde crecí.


夕光中的蝙蝠

在戈雅的绘画里,它们给艺术家
带来了噩梦。它们上下翻飞
忽左忽右;它们窃窃私语
却从不把艺术家叫醒

说不出的快乐浮现在它们那
人类的面孔上。这些似鸟
而不是鸟的生物,浑身漆黑
与黑暗结合,似永不开花的种籽

似无望解脱的精灵
盲目,凶残,被意志引导
有时又倒挂在枝丫上
似片片枯叶,令人哀悯

而在其他故事里,它们在
潮湿的岩穴里栖身
太阳落山是它们出行的时刻
觅食,生育,然后无影无踪

它们会强拉一个梦游人入伙
它们会夺下他手中的火把将它熄灭
它们也会赶走一只入侵的狼
让它跌落山谷,无话可说

在夜晚,如果有孩子迟迟不睡
那定是由于一只编幅
躲过了守夜人酸疼的眼睛
来到附近,向他讲述命运

一只,两只,三只编幅
没有财产,没有家园,怎能给人
带来福祉?月亮的盈亏褪尽了它们的
羽毛;它们是丑陋的,也是无名的

它们的铁石心肠从未使我动心
直到有一个夏季黄昏
我路过旧居时看到一群玩耍的孩子
看到更多的蝙蝠在他们头顶翻飞

夕光在胡同里布下了阴影
也为那些蝙蝠镀上了金衣
它们翻飞在那油漆剥落的街门外
对于命运却沉默不语

在古老的事物中,一只蝙蝠
正是一种怀念。它们闲暇的姿态
挽留了我,使我久久停留
在那片城区,在我长大的胡同里


jueves, 1 de junio de 2017

En el cuarto oscuro


¿Cuánta gente cree que los pobres, los negros arrabatadores de celulares, los limítrofes, los villeros, los trapitos, los que cobran planes, o sea los que nos roban, deberían ser eliminados?
No está bien formulada la pregunta. No es "este sí, este no". Es una sensación, una convicción, un anhelo.
Algunos se lo ponen como camiseta y como bandera, otros lo viven con culpa, tratan de reprimirlo, otros lo disimulan o expresan de acuerdo a la situación.
El cuarto oscuro de las elecciones es ocasión perfecta para el sinceramiento.
¿Cuánta gente vota por quien prometa eliminar a los pobres, los negros arrabatadores de celulares, los limítrofes, los villeros, los trapitos, los que cobran planes, o sea los que nos roban?
La amplia, amplísima mayoría.
Quienes no estamos de acuerdo o hacemos algo o cerramos la boca.


lunes, 29 de mayo de 2017

Rumbo a un País Normal


Los años que siguieron a la desaparición de la Unión Soviética fueron durísimos en Cuba, porque dejó de recibir, entre otros bienes que garantizaban la vida, alimentos. Los cubanos encararon el desastre con biotecnología y habilitando viejas chacras en desuso. Para trabajar en ellas, invitaron a militares, militantes de la Juventud Comunista y en tercer lugar del Partido Comunista, y a quien quisiera, a donar sus vacaciones trabajando en el campo.
Creo que mucha gente en Argentina estaría muy contenta si donara parte de su tiempo en chacras que dispusieran el Estado Nacional, las provincias o los municipios para producir alimentos. O en la construcción de casas. O en arreglar escuelas. O en acompañar a personas en los hospitales. Los argentinos somos muy fachos, pero también solidarios.
Pero por algún motivo no existen proyectos así, y parecería que no pueden existir. Parecería que eso sería en otro país.
Quizás desde el 2002 fuimos perdiendo perspectiva. El Gobierno actual nos está haciendo el invalorable regalo de devolvérnosla, al dirigirse a un rumbo que olvidamos por completo. Nos quedamos con ir hacia una sociedad que rumbeaba hacia el estado de derecho y hacia la justicia social. Más o menos, pero la proa apuntaba hacia ahí. Y nos quedamos con que el rumbo, por fijado, estaba fijo.
Nos olvidamos de que a los logros hay que mantenerlos. No alcanza con haber llegado. Mucho menos cuando los que quieren otra cosa han estado no sólo vivitos y coleando, sino en control de una parte gigantesca del poder.
Ahora ganaron el Gobierno y, claro, ponen rumbo en la dirección contraria.
Y nos agarran en offside. Nos ponemos a chillar, escandalizados.
Lo que votamos fue una idea de país que está en las antípodas del rumbo que creímos garantizado.
Ahora vamos hacia una normalidad, un país normal, en el que todo se paga caro, y el que no tiene, que trabaje, y si no consigue trabajo o no le alcanza, que aprenda a no ser parásito del resto de los argentinos durante los gobiernos populistas; y que no moleste a los demás con paros ni manifestaciones ni desorden, porque las Fuerzas del Orden van a actuar. Este es un país en el que más claramente que nunca estamos nosotros, y los otros, los negos, los pobres, los limítrofes.
Tenemos frente a nosotros una idea de país muy clara, tanto que es una oportunidad inmejorable de sacudirnos la modorra y pensar a fondo cómo es la sociedad que queremos. 

domingo, 28 de mayo de 2017

Un traje menos


Casi nunca veo a mi primo Alberto, pero los otros días vino porque me regalaron unos trajes y le dije que se probara si alguno le quedaba bien. Su hermana Estelita aprovechó y vino también.
Un traje le quedó bastante bien, aunque el saco le apretaba si se lo abotonaba. Nos reímos con Estelita de que estuviera gordo. Siempre fue flaquito, pero con los años le vino una panza. Lo mismo se llevó el traje.
Estelita trajo una montaña de medialunas, tomamos mate y charlamos de nuestra familia. Muy poco de lo que queda, porque queda poco, y mucho recordando el pasado y los muertos.
Pasamos una linda tarde, los tres primos. La misma sangre, el mismo apellido.
Luego se fueron, cada uno a su casa. Estelita tenía que hacer la cena, Alberto vive lejos y al otro día se levantaba temprano para trabajar.
Los acompañé hasta la esquina, luego volví a mi departamento. Quedaban medialunas, sobre la mesa estaba el termo y el mate. Me cebé uno más. Estaba ya muy tibio; mientras pensaba que no debí tomarlo, miré los trajes. No se notaba que Alberto se había llevado uno.
Uno no sabe cuán solo está hasta que se va la gente. Luego lo olvida apenas se pone a hacer algo. Siempre hay mucho que hacer. No alcanza la vida.