jueves, 28 de mayo de 2020

En las pantallas a la madrugada



Cuando apareció el programa Gran Hermano, y estábamos bastante enojados porque era algo que denigraba la moral, la intimidad, la consciencia política, la juventud y el sentido de la vida, me enteré de que la viejita del 2ºF era feliz, porque clavaba Gran Hermano en el canal 72 las 24 horas y así resolvió su problema de soledad, que la estaba matando.
Cuando los hijos la iban a visitar por compromiso no les daba bola, o les hablaba de aquellos personajes que se pasaban el día rascándose el sobaco tirados en sillones.





Y bueno, como ella se dormía con los chicos, yo en la cuarentena me duermo con Borges.
En YouTube hay muchas entrevistas que le han hecho, también están casi todos sus cuentos, leídos por alguien, y hay muchas conferencias.
Están todas las de las Siete Noches, que son maravillosas.
Ya ni sé cuántas veces las he visto.
Como a las cuatro o cinco de la mañana, la hora en que él sufría de insomnio, los jóvenes de Gran Hermano andan algunos durmiendo, otros revolviéndose en la cama y otros no pudiendo dormir porque no han hecho nada en todo el día, yo estoy tirado por ahí con la tableta mirando las dichosas conferencias.
Anoche me pareció percibir algo raro en la conferencia sobre La Ceguera. En un momento empezó a escucharse como una fritura y Borges hizo una pausa. La fritura subió y cuando empezó a bajar, Borges retomó la conferencia.
A los pocos minutos otra vez sucedió lo mismo.
La tercera vez que pasó miré el video (estaba sólo escuchando), pero había una foto fija de Borges. Retrocedí el video y me pareció escuchar que dentro de la fritura había algunas risas. Volví a retroceder y entonces descubrí que antes Borges había hecho un chiste.
La fritura era un aplauso.
La gente aplaudía para festejar el chiste.
Y siguió interrumpiéndolo con aplausos, cada vez que tenía ocurrencia muy buena y muy suya, o cuando largaba una ironía exquisita sin perder esa monotonía de la voz tan propia, o cuando recitaba un poema de memoria. O cuando hacía una cita muy brillante, o nombraba a un filósofo o un poeta que sólo conocen los eruditos excepcionales. Incluso, le hacían aquella elegante ovación cuando decía una de las palabras que había hecho suyas, tan suyas que cualquier escritor que las use arruinará lo que escriba por tratar de imitarlo; palabra como “fatigar”, o “conjetura”, o “sur”.
No era como en un partido de fútbol, pero sí como un partido de tenis, o un standup o el discurso de un político.
Me reí del truco que me jugada mi mente. “Mi mente se hace la borgeana”, pensé, comprendiendo que imitaba el humor de Borges.
Pero entonces me di cuenta de que estaba despierto, y de que Borges seguía dictando la conferencia en el video.
Me puse serio. Había visto muchas veces esa conferencia y jamás había ocurrido lo de las interrupciones y los aplausos. Tuve miedo de que 80 días de cuarentena estuvieran causándole algunos problemas a mi percepción de la realidad.
Por las dudas, salí de YouTube y apagué la tableta. No me atreví a comprobar si lo que acababa de escuchar era verdad o no.
Ahí quedó ahora, en YouTube. Yo no me animo a mirarlo de nuevo, quizás quien lea esto, sí.
Y no quiero pensar más, porque ya mi mente me está preguntando si la viejita del 2ºF, la señora de Arbetman, murió o si aún está viva, y no lo sé, y no puedo creer que no lo sé.







Tweeting Trump y el control de las redes sociales



Hace dos días el presidente Donald John Trump advirtió por Twitter que el voto por correo en las elecciones presidenciales de noviembre en su país tendría inevitablemente consecuencias fraudulentas y que derivaría en comicios manipulados.
Twitter le agregó al mensaje un link a información que contradice al presidente indicando que “Trump asegura sin pruebas que el voto por correo derivará en fraude electoral”, para lo que cita a CNN y The Washington Post.
Tercer acto: Trump twittea que “Los republicanos sienten que las plataformas de redes sociales silencian totalmente las voces conservadoras. Con determinación regularemos o las cerraremos, antes de permitir que esto suceda”.
Twitter es el medio en el que más habla Trump, directamente. Tiene más de 80 millones de seguidores. Las disputas entre los sectores del poder, que a veces se asocian, a veces compiten y en general se asocian y compiten a la vez, asegura un estado de cosas que los favorece parasitando al resto de la sociedad. Ya hace siete años que Edward Snowden reveló el modo en que agencias estatales y empresas privadas utilizan coordinadas datos de los usuarios de medios digitales para lo que se les antoje. La prueba de que el episodio no se circunscribía a un caso sino que era el estado generalizado de las cosas es que cinco años después se reveló que entre las compañías Facebook y Cambridge Analytica habían usado datos de usuarios de Facebook para la campaña presidencial de Trump y para el plebiscito por el Brexit.
Trump llegó a hacer el chiste de que debería dársele a él la oportunidad de un mandato de por vida, imitando a China. Su estilo incluye la confrontación espectacular, en la que no desentona una pelea con las redes sociales. Sin embargo, están del mismo lado a la hora de crear una realidad utilizando verdades, mentiras, censuras, campañas, referentes.
Por otra parte, está el resto de la sociedad, o sea, todos los sectores que están perdiendo la pelea. Los detractores de las redes sociales suelen considerar a sus usuarios un rebaño de tontos. Resulta interesante que, entre las revelaciones de la pandemia de COVID19, aparece muy patente que cada persona que tiene un smartphone es un emisor. Esto quiebra el esquema de unos emisores dominantes y masas de receptores dominados. Controlar lo que dicen unos pocos medios de comunicación emisores es más o menos posible, pero controlar lo que emiten y reemiten millones, resulta imposible. La consecuencia es una sensación de que todo puede ser falso.

Sensación que produce vértigo, pero que no es otra cosa que tener develada la situación previa al smartphone: lo que vemos como realidad es una ilusión, un relato, una creación de los sectores dominantes para mantener la explotación de todos.


El club de los odiadores de Facebook



   
Las razones para aborrecer a la red social Facebook son tan fogosas como es necia e incorregible la porfía de millones de persistir subiendo básicamente fotos de gatos y de hijos, malos memes, fake news y cosas peores.
Vamos a poner a Facebook como ejemplo de las redes sociales, porque es considerada la más vil, pero los argumentos en su contra son los mismos que se usan contra todas las redes sociales.
Veamos los casos de algunos odiadores de Facebook que abandonaron la red social en los últimos meses.
El actor Sacha Baron Cohen se preguntó “¿por qué dejamos que un hombre controle la información que ven 2.500 millones de personas?”
Stephen King dijo que no soportaba la “avalancha de información falsa que se permite en su publicidad política”.
También sostuvo que “no confío en su capacidad para proteger la privacidad de sus usuarios”.
Otro actor, Mark Hamill, famoso por interpretar a Luke Skywalker en Star Wars, denunció que “Mark Zuckerberg valora más el beneficio que la veracidad”.
En 2018 hubo una ola detractora de Facebook cuando la Justicia norteamericana dictaminó que la red había sido puesta al servicio de campañas electorales.
Jaron Lanier, uno de los principales ideólogos y entusiastas de las nuevas tecnologías en los 80 y 90, considerado el padre de la realidad virtual, escribió el libro “Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato”.
Lanier, una de las 100 personas más influyentes del mundo según la revista Time, explica que las redes sociales te hacen perder tu libre albedrío, cordura, inteligencia, criterio, capacidad de empatía y tu “dignidad económica”. También tu felicidad y tu alma.

El Estado Nacional, gran dispositivo de la organización de los países que comenzó a ganar forma en el siglo XV, se ha desarrollado —en la descripción de Michel Foculat (“Sujeto y poder”)— en su misión totalizadora, en tanto ningún aspecto de la realidad está fuera de su incumbencia, e individualizadora, en tanto configura a la sociedad como una sumatoria de individuos que la anteceden.
Controlando y manipulando a sus usuarios, las redes sociales parecen concurrir a este esquema. Denunciarlas sin denunciar antes al Estado tiene mucho de proceder con la angelización norteamericana que pone la ingenuidad al servicio de la perfidia.
Algún malintencionado puede percibir ese tufillo a ingenuidad en que quien se escandaliza porque las redes sociales conocen su intimidad —a través de los datos que él mismo ha brindado—, o se altera porque circula información falsa — como si todo fuera de las redes fuera información verdadera—, o se rasgue las vestiduras porque Zuckerberg es poderoso —como si los políticos no lo fueran—, o escribe un libro para denunciar que alguien quiere robarle la capacidad de empatía y la felicidad.
La maniobra angelizadora consiste en acusar aquello que trasgrede la ley con una actitud completamente acrítica frente a la ley, o sea sin considerar que la ley está hecha a la medida de los poderosos de una sociedad en la que esos poderosos explotan a los demás.
El problema, para esta posición es la transgresión de la ley, pero nunca la ley.
Quienes transgreden la ley son “malos”, y quienes la cumplen son “buenos”. De los que las hacen, no hay mención.
Al mismo malintencionado de antes se le podría ocurrir que esta angelización no es casual, y que quien la ejerce en realidad se beneficia de un esquema social injusto. Quizás esté del lado de los verdaderos beneficiados por las leyes.




Voy a volver a las redes sociales recordando a Umberto Eco, quien fue ovacionado cuando gruñó que “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”, que así “tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”.
Concluyó: “Es la invasión de los necios”.
Es una frase muy reveladora, de la naturaleza de las redes sociales, claro, pero también de la madera de que está hecho el odio a Facebook.
Estalla en estas palabras la bronca y el desprecio contra los “idiotas”, mientras desmaya de pleitesía por los premios Nobel. Expresan el modo en que está crispado el horror porque los idiotas invadan el terreno de los premios Nobel, transformando a Zuckerberg en una especie de Eva Perón que le otorga a los asquerosos infelices, ellos que son “legiones”, como los otros son selectos, el derecho a hablar.
Quizás si no se sintiera tantas náuseas contra las “legiones de idiotas” se podría aceptar la posibilidad de que tuvieran recursos y voluntad propia para reaccionar y ganar espacios de decisión sobre las malévolas máquinas manipuladora de datos que son las redes sociales.
Claro, que a los adoradores de premios Nobel y quienes se benefician de las leyes que comandan una sociedad de explotación, las patas en las fuentes de Plaza de Mayo los saca de quicio.





miércoles, 27 de mayo de 2020

Cachete derecho


Ya es un clásico el escándalo que afecta a extranjeros y conservadores argentinos por igual ante la costumbre de que los hombres argentinos se saludan con un beso.

La costumbre, que se extendió en los años 80, un poco como “destape” de la dictadura del 76, se montaba sobre la tradición de los besos generalizados entre hombres y mujeres, entre mujeres, adultos y niños, sólo exceptuando el trato muy formal, aunque incluso avanzó sobre ese segmento.

Los escandalizados de que los hombres empezaron a darse besos en lugar de darse la mano, no observaron, sin embargo, que el beso no es real.
No es realmente un beso, sólo se trata de un arrime de cachetes derechos, sin contacto. Quizás todas las relaciones sociales serían diferentes si hicieran contacto los labios de una, uno, con la piel de la cara del otro, la otra.
Cuando esto pasa, excepcionalmente, por algún motivo especial —alguien demasiado sensual, o muy entusiasta, o un extranjero o alguien que no entiende el código hipócrita—, las personas quedan algo turbadas, quizás un poco asqueadas, tanto como el extranjero o conservador que observa la costumbre desde lejos.



Podría especularse sobre el trato social que propone y la distancia social que establece este beso simulado, hipócrita; el beso pantomima, la parodia de beso.
Podría hacerse el ejercicio de conjeturar qué va a ocurrir a partir de la imposición de una distancia tal que los besos, incluso estas caricaturas, farsas, remedos de besos queden desterrados.

¿Aparecerán besos reales como signos de la resistencia?

¿La prohibición de tocarse finalmente sincerará las cosas y ya no hará faltar hacer como que se da un beso?

¿La gente sufrirá por no poder arrimar sus cachetes, y esto tendrá consecuencias en la amistad, la familiaridad y la solidaridad?



domingo, 24 de mayo de 2020

Sin autoridad



Con variantes, muchas veces escuché a un padre decir: “mi hijo es un pelotudo, yo a su edad ya laburaba, ya tenía iniciativa, sabía lo que quería, ya me hacía cargo de mi vida” —algunos idiotas van por “yo ya fumaba, andaba con minas”...
Es la necesidad de ser superior al hijo, la autoconfesión del complejo de inferioridad.
Invariablemente uno piensa: “y terminaste siendo un pusilánime que dice estas cosas. Bien por tu hijo que te mira y piensa que si te hace caso, va a terminar siendo la triste cosa que sos”.

Creo que conviene diferenciar entre el virus y el estado de esta pandemia.
El virus y el brote que lo provocó podría haber desatado diferentes escenas, y la actual escena mundial podría haber sido provocada por otras causas.
Esta situación revela de modo potente muchas cosas que estaban mal para la gran mayoría, empezando, claro, con los sistemas de salud pública.
No era nada que no supiéramos, pero que ignorábamos, porque es más soportable un horror sin fin que un fin horroroso, vivir sin dignidad que morir dignamente.
Interesante, entonces, el estado de pandemia, que nos somete al horroso suspenso de acabar muriendo sin dignidad.

En fin, que a esto hemos llegado, a este desastre que, como al padre necio, nos quita completamente cualquier autoridad para decidir cómo seguir, hacia dónde, con qué objetivos.

Si llegamos a una situación tan desastrosa, es difícil que podamos encontrar una sola cosa que hiciéramos bien. Entonces, volver a hacer todo como lo estábamos haciendo es sólo ir a preparar el próximo desastre.



Nada queda en pie, ni la salud, ni el gobierno, ni la economía, ni los modelos de urbanización, ni la educación ni la organización de la sociedad, porque todo lleva a esta calamidad de la gente encerrada, sin trabajo, con muchos de sus derechos suspendidos, lista para que el poder de los gobiernos controlen cada aspecto de sus vidas, con pavor a enfermarse, y todo como culminación de un proceso de explotación que fue acumulando en los siglos capital concentrado, por un lado, y por otro una desigualdad que genera una pobreza criminal hasta hacer indignas las vidas de las personas y de toda la sociedad.

Creo que hay permiso para no obedecer, ni respetar absolutamente ninguna de las reglas, costumbres, estrategias y modos que venían rigiendo nuestras vidas.

Por lo menos, así como están entre paréntesis nuestras libertades de circulación, de reunirnos y otras, deberíamos poner entre paréntesis el modo de vida que teníamos.

Volver corriendo a la misma vida que estábamos haciendo no veo que sea otra cosa que acelerar el advenimiento de una nueva crisis que destroce la vida de nuestros hijos, y además faltarle el respeto a todos los que murieron solos en un hospital y luego fueron enterrados sin velorio ni despedida.


sábado, 23 de mayo de 2020

El zapatero



Uva vez andaba yo por un pueblo perdido en el extremo noroeste de China, y vi un zapatero que tenía toda su zapatería en la vereda. Con el gorro topar, sus bigotes, sus pantalones de vestir, camisa prendida hasta el último botón y saco que usan los de su etnia, estaba sentado en el piso.
Una señora que vive adentro de mí me dijo “qué atrasados que viven. pobres infelices”, pero yo busqué un lugar desde donde pudiera observarlo sin que él lo sintiera como una intromisión. Me senté, yo también, en el piso, con la espalda apoyada en una pared.
Todo el tiempo el zapatero estaba trabajando. En la media hora que compartí con él, calle de por medio, llegaron dos mujeres. Una se llevó algo en una bolsa y otra se quedó. Se sentó en un banquito mínimo que el zapatero disponía allí mismo para sus clientes, se sacó un zapato y se lo dio. El tipo dejó de hacer lo que estaba haciendo y se puso a arreglar el zapato de aquella mujer. Los dos tenían una tranquilidad hermosa.
Lentamente pasaban autos y chinos en motoneta, caminando y en camello. El zapatero y la mujer charlaban, a veces reían.
Finalmente, él le entregó el zapato, ella se lo probó, dijo que estaba bien, le pagó unas monedas y se fue.
Más tarde fui a ver de cerca la zapatería. Tenía zapatos para arreglar, zapatos arreglados y zapatos nuevos, de cuero grueso y con el interior forrado de pelo de cordero que, evidentemente, hacía él. También tenía cintos. Le compré una billetera para mi sobrina Elena.
Me cobró tan poca plata que no me dieron ganas de regatearle.




viernes, 22 de mayo de 2020

Borges frontal



En “El otro”, muy ladillón dice su autor:
“Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.”
Perdonen los cristianos, pero es un chiste genial. Jesús mismo se reiría.
El escritor juega con el tema en todo el cuento, se ve que le habían mojado la oreja porque no se jugaba. Entonces, con ese costado ingenuo que tiene ser muy vetusto, se juega con un pifie atrás de otro. Vean:
“El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó”.
“América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio.”
“Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.”




Escribir lo que no se puede escribir



Borges debe haber explicado la paradoja de hacer algo que no se puede hacer como es escribir el lenguaje oral.
El resultado de ese intento es algo que no es oral ni es escrito.
Cuando un escritor escribe diálogos escucha hablar a la gente de la que escribe, no del modo en que hablaría si no estuviera hablando para ser escrito, sino del particular modo oral que tiene como destino ser escrito.
Existe, por tanto, una convención sobre la forma del lenguaje oral cuando es escrito.
A partir de esa convención es que cada autor crea algo.