Cuando yo era muy chico, mi madre me contaba que cuando ella era chica vivía en un campo muy grande, que en un monte de ese campo había encontrado una higuera vieja y que se iba sola allí a leer.
Cuando fui más grande, habiendo olvidado aquella historia, yo mismo, en la ciudad, encontré mi santuario personal. En la cresta de la barranca alta que daba al río, había una construcción abandonada. Era una casa de dos plantas. Sólo estaba hecha la estructura de cemento armado —pilares y pisos. La obra estaba cerrada con chapas y madera; yo había encontrado la forma de colarme, subiendo a un tapial, luego al techo de una casa, y al fin corriendo unas tablas pesadas. Tenía 11 años.
Solía ir a ese lugar y me quedaba mucho tiempo. La
estructura de cemento estaba muerta, ni siquiera tenía insectos, pero estaba
completamente abierta al delta del río Paraná, que allí se llama Islas Lechiguanas.
Eran cientos de islas de un verde incendiado, entre cintas de agua marrón que el
sol hacía brillar como si fueran metálicas, todo bajo un cielo azul gigante.
Como mi madre en la higuera, yo iba a leer. También
escribía, o pensaba, o sólo estaba allí en silencio. A veces me quedaba
dormido. Un día me desperté de noche. Otra vez me dieron un premio y antes de
llevárselo a mis padres, me fui a aquel lugar, a estar a solas con el trofeo
rojo y dorado.
Tanto mi madre, como yo habíamos encontrado un lugar adonde
escaparnos para ser nosotros, salvaguardados de la mirada de los mayores.
En este momento, en que los mayores sólo arruinamos todo,
deseo que los pibes se encuentren en espacios propios, fuera de nuestro
alcance.
Es lo que encontré en las pinturas de Emiliano Guerresi
Los pibes —no abstractos; los pibes nuestros, con los barbijos de la pandemia—
están solos, de a uno, de a dos, en los intersticios de la Argentina destartalada
por los saqueadores.
La naturaleza es baldío. Son árboles y pajonales altos y
lagunas, pero no son vírgenes: allí mismo hay un mar de basura, de escombros,
de restos de algo que sostuvo una vida cotidiana.
Hay chicos y gatos y perros. Como en una película de
Leonardo Favio, en las que, dijo, “adónde puedo, siempre pongo un perro”.
Los restos de la crisis social en la naturaleza, la
naturaleza como casa de la crisis social, es el intersticio de las pinturas de
Emiliano.
La crisis recarga todo de un negro que brota del interior de
las cosas. En las antípodas de Gummo (Harmony Korine), sin embargo, los colores no son vencidos por el negro y el ocre, porque la naturaleza resiste y siempre
renace y porque el centro de las escenas son los pibes, de los que brota la
vida.
Nuevamente, la chance que tenemos de superar el desastre que
nos empantana está en lo que esos pibes hagan cuando nos hayan dejado atrás, lo
que hagan afuera de nosotros, más allá, más adelante de nuestro mundo.
Lo demuestra el mismo Emiliano, que es uno de esos pibes.
Esto no pretende ser una crítica de arte. Digo nada más lo
que siento.
Y gracias Verónica Gómez por presentarme a Emiliano.






Conmueve la honestidad de la obra y del texto que despierta
ResponderEliminar