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sábado, 29 de noviembre de 2014

Textos para fotos ocultas


En algún lugar de este mundo vive un filósofo excepcional, una chica que se llama Florie Rotondo.
El otro día, en una revista que recopila redacciones de colegiales, di con una de sus reflexiones. Decía así: Si pudiese hacer lo que quisiera, me iría al centro de la Tierra, nuestro planeta, y buscaría uranio, rubíes y oro. Intentaría encontrar Monstruos Perfectos. Después me iría a vivir al campo. Florie Rotondo, ocho años.
De Plegarias atendidas, de Truman Capote


En las profundidades del África Ecuatorial el explorador francés Marcel Pretre, cazador y hombre de mundo, se encontró con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Más sorprendido, sin embargo, quedó al ser informado de que existía un pueblo aún más pequeño, más allá de la selva y las distancias. Entonces, más se metió.
“En el Congo Central descubrió a los verdaderos pigmeos más pequeños del mundo. Y —como una caja dentro de una caja, dentro de una caja— entre los pigmeos más pequeños del mundo, estaba el más pequeño de los pigmeos más pequeños del mundo, quizás obedeciendo a la necesidad que a veces tiene la Naturaleza de excederse a sí misma.
Entre los mosquitos y los árboles tiernos de humedad, entre las nutridas hojas del verde más perezoso, Marcel Pretre se vio ante una mujer de cuarenta y cinco centímetros, madura, negra, callada. (…) Estaba embarazada. (…) Sintiendo la necesidad inmediata del orden, y de dar un nombre a lo que existe, la llamó Pequeña Flor.
(…)
Su raza está siendo prácticamente exterminada. Quedan pocos ejemplares humanos de esa especie que, si no fuese por el astuto peligro de África, sería un pueblo propagado. Además de las enfermedades, las aguas de aliento infestado, la comida deficiente y las fieras que acechan, el gran riesgo para los escasos likoualas radica en los salvajes bantúes, amenaza que los rodea en un aire silencioso como en la madrugada de una batalla. Los bantúes los cazan con redes, de la misma manera que hacen con los monos.
(…)
Estaba riendo, caliente, caliente. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba teniendo la inefable sensación de aún no haber sido devorada. No haber sido devorada era algo que, en otros momentos, le daba el ágil impulso de saltar de rama en rama. Pero en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso en una acción —todo el impulso se concentraba en la propia pequeñez de la propia cosa rara. Y entonces ella reía. Era una risa que solamente quien no habla es capaz de reír. A esa risa el constreñido explorador no consiguió clasificar. Y ella siguió disfrutando su propia risa suave, ella que no estaba siendo devorada. No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. Mientras no estuviera siendo devorada, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría. El explorador estaba turbado.
De La mujer más pequeña del mundo, de Clarice Lispector


Y aquella inmovilidad de vida no se parecía de ninguna manera a la tranquilidad. Era la inmovilidad de una fuerza implacable que envolvía una intención inescrutable. Y lo miraba a uno con aire vengativo. Después llegué a acostumbrarme. Y al acostumbrarme dejé de verla (...)

Al quedarse solo en la selva, había mirado a su interior, y ¡cielos!, puedo afirmarlo, había enloquecido.

De El corazón de las Tinieblas, Joseph Conrad



Cuando el niño era niño
lanzó un palo como una lanza contra el árbol,
y hoy vibra así todavía.
Peter Handke


Estar frente a alguien que apenas conocía, y en su casa, me hizo sentir que no tenía a nadie en el mundo.

Por más jovial que fuera la convivencia entre la niña y la anciana, fui consciente bastante pronto, aunque nadie me lo hubiera explicado, de que un silencio escalofriante que se respiraba en los rincones iba llenándolo todo, y de que había un vacío que no se podía llenar.

— Sé fuerte.
— Lo intentaré -respondí, y diciéndonos adiós con la mano nos separamos. Y este sentimiento, sin cambiar, irá hacia un lugar lejano que no tiene fin y desaparecerá.

De Kitchen, de Banana Yoshimoto


Pensé regresar. Sentí allá arriba la huella por donde había venido, como una herida abierta entre la negrura de los cerros.

Le pareció oír rechinar la puerta, como cuando alguien entraba o salía. Y después sólo la lluvia, intermitente, fría, rodando sobre las hojas de los plátanos, hirviendo en su propio hervor.

Pedro Páramo miró cómo los hombres se iban. Sintió desfilar frente a él el trote de caballos oscuros, confundidos con la noche. El sudor y el polvo; el temblor de la tierra. Cuando vio los cocuyos cruzando otra vez sus luces, se dio cuenta de que todos los hombres se habían ido. Quedaba él, solo, como un tronco duro comenzando a desgajarse por dentro.

De Pedro Páramo, de Juan Rulfo

ORESTES
¡Raza vencida de la tierra:
reconoce a tu domador!
¡Tú que temblabas, gusanera aplastada,
bajo los Siete Días orientales
de la Creación!

Tú que apenas usabas como alma
un escozor de pánico,
y que desfallecías, heredera
de todos los pavores animales;
devuelta con arrobamiento al fango
lodacero que criabas raíces
para enredar los talones bailátiles
de los hijos de Prometeo:

¿Qué me acusas, ojos de arcilla?
Frentes hacia abajo, ¡qué sabéis
de levantar con piedras y palabras
un sueño que reviente los ojos de los dioses,

otra simiente de naturaleza,
hija pura y radiosa del humano deseo,
oro de eternidad, diamante pleno
labrado en los martillos
impecables del corazón!

He aquí que te encuentro muerta y viva,
sacrificada y sacrificadora.

IFIGENIA
¿A qué viniste, di?
¿Para que siga hirviendo en mis entrañas
la culpa de Micenas, y mi leche
críe dragones y amamante incestos;
y salgan maldiciones de mi techo
resecando los campos de labranza,
y a mi paso la peste se difunda,
mueran los toros y se esconda la luna?
¿En busca mía, para que conciba
nuevos horrores mi carne enemiga?
¿Para que aborten las madres a mi paso,
y para que, al olor de la nieta de Tántalo,
los frutos y las aguas huyan de mi contagio?

Huiré de mí propia,
como yegua acosada que salta de su sombra.

De Ifigenia cruel, de Alfonso Reyes



El niño había terminado de escribir y leía en voz alta: cómo me imagino una vida mejor. Me gustaría que no hiciera frío ni calor. Que siempre sople un viento tibio; de vez en cuando una tormenta por la que la gente tiene que acurrucarse. Los coches desaparecen. Las casas serían rojas. Los arbustos serían oro. La gente lo sabría todo y no necesitaría aprender nada más. Se viviría en islas. En las calles los coches están abiertos y se puede entrar cuando se está cansado. Ya no se está cansado. Los coches no son de nadie. Por la noche, la gente no se va nunca a la cama. La gente se duerme allí mismo, donde está. No llueve nunca. De todos los amigos hay siempre cuatro y la gente que uno no conoce desaparece. Todo lo que uno no conoce desaparece.

De La mujer zurda, de Peter Handke




martes, 3 de septiembre de 2013

Fragmentos de El abanico de seda, de Lisa See

El abanico de seda, Lisa See
Ed. Salamandra, febrero de 2010


“Yo únicamente sabía que aquel proceso facilitaría mi boda y, por lo tanto, me ayudaría a alcanzar el máximo logro de toda mujer: un hijo”. (p. 35)

“El tamaño de mis pies determinaría mis posibilidades de contraer un buen matrimonio. Mis diminutos pies serían ofrecidos a mis futuros suegros como prueba de mi disciplina personal u de mi capacidad para soportar los dolores del parto y cualquier desgracia que pudiera sobrevenirme. Mis diminutos pies demostrarían a todo el mundo la obediencia que guardaba a mi familia natal, y sobre todo a mi madre, lo cual también causaría una buena impresión en mi futura suegra. Los zapatos que bordaba simbolizarían para mis futuros suegros mi habilidad para la costura y, por extensión, para el resto de las tareas domésticas. Y aunque en aquella época yo no lo sabía, mis pies serían algo que fascinaría a mi esposo durante los momentos más íntimos y privados entre un hombre y una mujer. Su deseo de verlos y tenerlos en las manos no dismin uyó nunca en los años que vivimos juntos, ni siquiera después de que yo hubiera parido cinco hijos, ni siquiera después de que el resto de mi cuerpo hubiera dejado de ser un estímulo para el trato carnal.” (pp. 46-47)

“Se espera que las mujeres amen a sus hijos tan pronto éstos salen de su vientre, pero ¿qué madre no se ha sentido decepcionada al ver por primera vez a su hija o no ha experimentado la oscura melancolía que se apodera de la mente, incluso sosteniendo en brazos a un valioso varón, si éste no hace otra cosa que llorar y su suegra la mira como si tuviera la leche agria? Puede que amemos a nuestros hijos de todo corazón, pero debemos enseñarles a soportar el dolor. Amamos a nuestros hijos más que a nada, pero nunca podremos formar parte de su mundo, el reino exterior de los hombres. Se espera que amemos a nuestro esposo desde el día del rito de la Elección de Pretendiente, aunque no vayamos a ver su rostro hasta pasados seis años. Nos enseñan a amar a nuestra familia política, pero, cuando entramos en ella, somos unas extrañas sin más privilegios que los criados. Nos ordenan que amemos y honremos a los antepasados de nuestros esposos, y nosotras cumplimos con nuestras obligaciones, aunque en el fondo estemos agradecidas a los antepasados de nuestra familia natal. Amamos a nuestros padres porque cuidan de nosotras, pero ellos nos consideran ramas inútiles del árbol familiar. Consumimos los recursos de nuestra familia. Una familia nos cría para entregarnos a otra familia. Pese a ser felices en el seno de nuestra familia natal, todas sabemos que la separación es inevitable. Así pues, la amamos, pero sabemos que ese amor terminará con una triste separación. Todas estas clases de amor surgen del deber, el respeto y la gratitud, y las mujeres de mi condado saben que son fuente de tristeza, desazón y crueldad.” (pp. 79-80)

“ —Soy fea y no muy inteligente, pero siempre he procurado tener buen humor. He amado a mi esposo y él me ha amado a mí. Somos un par de patos mandarines feos y no muy inteligentes. Lo hemos pasado muy bien en la cama, Espero que tú también lo pases bien.” (p. 99)

“ —Tengo treinta y ocho años —dijo mi tía, no con pena sino con resignación—. La suerte no me ha acompañado. Tengo una buena familia, pero mis pies y mi cara marcaron mi destino. Cualquier mujer, aunque no sea muy inteligente ni muy hermosa, puede encontrar esposo, porque hasta los hombres más tarados pueden engendrar un hijo. Ellos sólo necesitan un recipiente. Mi padre me casó con la mejor familia que encontró dispuesta a acogerme. ¿Crees que no lloré entonces como tú lloras ahora? Pero el destino aún fue más cruel conmigo. No concebí ningún hijo varón. Me convertí en una carga para mis suegros. Ojalá tuviera un hijo varón y una vida feliz. Me gustaría que mi hija no se casara, porque así la tendría a ella para aliviar mis penas. Pero la vida de las mujeres es así. No puedes escapar de tu destino. Estás predestinada.” (pp. 101-102)


“Me lamí el dedo y contemplé su piel blanca. Cuando le acaricié el vientre por encima del ombligo con el dedo húmedo, noté cómo ella inspiraba. Sus pechos ascendieron, su estómago se hundió y se le puso carne de gallina.
“ —Yo —dijo. Había acertado. Escribí el siguiente carácter debajo de su ombligo—. Creer —dijo. Entonces la imité y escribí junto al hueso derecho de su cadera—. Ligera. —A continuación junto al hueso izquierdo—: Nieve”. (p. 108)
(…)
“Después recitamos juntas el poema entero:
La luz de la luna ilumina mi cama
“Yo creo que es la ligera nevada de una mañana de principios
“de invierno.
Miro hacia arriba y contemplo la luna llena en el cielo nocturno.
Me inclino. Echo de menos mi hogar.
Como es bien sabido, el poema habla de un funcionario que siente nostalgia de su hogar, pero aquella noche, y siempre a partir de entonces, yo creí que hablaba de nosotras. Flor de Nieve era mi hogar, y yo el suyo.” (p. 110)



“Con todo, esa tela de algodón no era nada comparada con las sedas que me mandaron más tarde, de excelente calidad y perfectamente teñidas. Rojo para la boda, pero también para los aniversarios, las celebraciones de Año Nuevo y otras fiestas. Morado y verde, apropiados para una joven esposa. Un gris azulado como el cielo antes de una tormenta y un verde azulado como el estanque del pueblo en verano, para mis años de madurez y, por último, de viudedad” (p. 112)


“En mis años de hija, cuando todavía me dejaban jugar en la calle, había visto muchos animales aparearse. Sabía que tendría que hacer algo parecido, pero no entendía cómo iba a pasar ni qué se esperaba de mí, y Flor de Nieve, que generalmente sabía mucho más que yo, no podía ayudarme. Ambas esperábamos que nuestras madres, hermanas mayores, mi tía o incluso la casamentera, nos explicaran cómo realizar aquella tarea, igual que nos habían enseñado a hacer tantas cosas.” (p. 130)



“Y en nuestro dialecto local la palabra «esposa» se pronuncia igual que «huésped».” (p. 138)

“Comprendí que no se refería al trato carnal con mi esposo, sino a eso. Flor de Nieve era mi alma general para toda la vida. Yo le profesaba un amor mayor y más profundo que el que jamás sentiría por mi esposo. Ése era el verdadero significado de la relación de dos laotong.” (p. 147)

“Esa noche, en la posada, después de ponernos las camisas de dormir, Flor de Nieve y yo nos tumbamos en la cama, cara a cara. (…) Flor de Nieve me puso las manos en el vientre. Yo puse las mías sobre el suyo. Estaba acostumbrada a notar las patadas de mi hijo contra mi piel, sobre todo por la noche. Ahora sentí cómo el bebé de Flor de Nieve se movía dentro de ella. No habríamos podido estar más cerca la una de la otra.
“— Me alegro de estar contigo —dijo, y pasó un dedo por el sitio donde mi bebé empujaba con un codo o con una rodilla.
“— Yo también me alegro.
“— Siento a tu hijo. Es fuerte como su madre.
“Sus palabras me hicieron sentir llena de orgullo y de vida. Su dedo se detuvo, y una vez más posó sus tibias manos sobre mi vientre.
“— Lo querré tanto como te quiero a ti —agregó. Entonces, como solía hacer desde que éramos niñas, me puso una mano en la mejilla y la dejó descansar allí hasta que ambas nos quedamos dormidas.
“Faltaban dos semanas para que yo cumpliera veinte años, mi hijo no tardaría en nacer y la vida real estaba a punto de empezar.” (pp. 180-181)

“«Cuando seas niña, obedece a tu padre; cuando seas esposa, obedece a tu esposo; cuando seas viuda, obedece a tu hijo.»” (p. 195)

“Era un niñito muy gracioso y nos divertía observarlo cuando ayudaba a su padre. Parecían dos cerdos: husmeaban, hurgaban, se frotaban el uno contra el otro; iban manchados de barro y mugre y se deleitaban con su mutua compañía.” (p. 253)

“Esa noche, el carnicero no la golpeó. Quería tener trato carnal con su esposa, y lo tuvo. Luego ella vino a mi lado de la hoguera, se deslizó bajo la colcha, se acurrucó junto a mí y apoyó la palma de la mano sobre mi mejilla. Estaba cansada después de tantas noches sin dormir, y noté cómo su cuerpo se relajaba rápidamente. Poco antes de quedarse dormida me susurró:
“— Él me quiere, a su manera. Ahora todo irá mejor. Ya lo verás. Mi esposo ha cambiado.” (p. 261)

“— Lo peor que puede hacer una mujer es abandonar a su esposo —repuso—. Ya lo sabes.
En efecto, lo sabía. Era una ofensa por la que el esposo podía castigar a la mujer con la muerte.” (p. 268)

“Empecé a reaccionar no como la niña pequeña que se había enamorado de Flor de Nieve, sino como la señora Lu, la mujer que creía que las reglas y convenciones podían proporcionar la paz mental. Me resultaba más fácil empezar a enumerar los defectos de Flor de Nieve que enfrentarme a las emociones que estaban surgiendo en mi interior.” (p. 272)






mural-chino


miércoles, 17 de noviembre de 2010

Fragmentos del cuento La mujer más pequeña del mundo, de Clarice Lispector


“En las profundidades del África Ecuatorial el explorador francés Marcel Pretre, cazador y hombre de mundo, se encontró con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Más sorprendido, sin embargo, quedó al ser informado de que existía un pueblo aún más pequeño, más allá de la selva y las distancias. Entonces, más se metió.
“En el Congo Central descubrió a los verdaderos pigmeos más pequeños del mundo. Y —como una caja dentro de una caja, dentro de una caja— entre los pigmeos más pequeños del mundo, estaba el más pequeño de los pigmeos más pequeños del mundo, quizás obedeciendo a la necesidad que a veces tiene la Naturaleza de excederse a sí misma.
“Entre los mosquitos y los árboles tiernos de humedad, entre las nutridas hojas del verde más perezoso, Marcel Pretre se vio ante una mujer de cuarenta y cinco centímetros, madura, negra, callada. (…) Estaba embarazada. (…) Sintiendo la necesidad inmediata del orden, y de dar un nombre a lo que existe, la llamó Pequeña Flor.”

(…)

”Su raza está siendo prácticamente exterminada. Quedan pocos ejemplares humanos de esa especie que, si no fuese por el astuto peligro de África, sería un pueblo propagado. Además de las enfermedades, las aguas de aliento infestado, la comida deficiente y las fieras que acechan, el gran riesgo para los escasos likoualas radica en los salvajes bantúes, amenaza que los rodea en un aire silencioso como en la madrugada de una batalla. Los bantúes los cazan con redes, de la misma manera que hacen con los monos”.

(…)

“Estaba riendo, caliente, caliente. Pequeña Flor estaba gozando de la vida. La propia cosa rara estaba teniendo la inefable sensación de aún no haber sido devorada. No haber sido devorada era algo que, en otros momentos, le daba el ágil impulso de saltar de rama en rama. Pero en este momento de tranquilidad, entre las espesas hojas del Congo Central, ella no estaba aplicando ese impulso en una acción —todo el impulso se concentraba en la propia pequeñez de la propia cosa rara. Y entonces ella reía. Era una risa que solamente quien no habla es capaz de reír. A esa risa el constreñido explorador no consiguió clasificar. Y ella siguió disfrutando su propia risa suave, ella que no estaba siendo devorada. No ser devorado es el sentimiento más perfecto. No ser devorado es el objetivo secreto de toda una vida. Mientras no estuviera siendo devorada, su risa bestial era tan delicada como es delicada la alegría. El explorador estaba turbado”.