jueves, 16 de octubre de 2014

Tribu se busca


Los escritores ven en los músicos gente superflua. Les encuentran el aire a artistas callejeros, mezclados en una troupe con saltimbanquis y malabaristas, una raza humana que produce sentimientos, sensaciones y experiencias coloridas e intensas, pero efímeras.
Así yo, que la voy de escritor, me ofusco ante el concepto de tribalismo usado por Arnaldo Antunez, Carlinhos Brown, David Byrne y Marisa Monte, porque pudiendo hacerse con él algo insondable, hacen algo desagradablemente agradable y apenas provocativo.
Yo ando encontrando todo el tiempo personas que no son de mi tribu, y cada tanto, a veces pasan meses y meses, hasta que encuentro alguien de mi tribu.
Y todos esos meses me arrastro solo entre extraños.

¿Qué, no tengo mi tribu? Sí, pero mi destino es salir y errar, buscando alguien a quien, al tocarlo, le siento la piel igual a la mía.


martes, 14 de octubre de 2014

El aire del 27


Durante un tiempo no salí al balcón (bastante alto, en el piso 27) porque me daba miedo. Ayer le conté de ese miedo, que había mantenido en silencio, a una amiga, y hoy salí y miré hacia abajo a pique, a la vereda donde caería un zapato, si me lo sacara y lo dejara caer. Miré y muy poquito después no supe si el piso estaba abajo o arriba y me mareé físicamente. A cualquiera le sucede.






viernes, 10 de octubre de 2014

Derecho a nada


Un boxeador es alguien que entendió que no hay derechos adquiridos.
No tenés derecho a nada
Ni por ser ciudadano
Ni por pagar tus impuestos
Ni por contrato
Ni porque hayas pagado
Ni porque otro se haya comprometido
Ni porque llegaste primero
Ni porque pertenezcas
Ni por ser hijo

No hay derechos, ni mucho menos garantías.

Sólo hay lo que obtenés por prepotencia de trabajo.






miércoles, 8 de octubre de 2014

No es suficiente


En poco tiempo la ciudad se llenó de malabaristas de las esquinas y de los subtes.
Había de dos tipos. Unos eran jóvenes de los 90, globales étnicos, lúdicos, new age, neohippies, descontracturados, contestatarios desde la cultura alternativa. Otros eran pobres, los niños mendigos de siempre, reconvertidos en consumados artistas de destreza asombrosa. La ciudad ganó así un tinte general de circo, con esa cosa emparejadora que tiene el circo, donde los más pobres son los que le ganan a las fieras, a la altura, enfrentan el ridículo y la torpeza.
Hace ya mucho de esa época inicial, quizás 20 años. Pero hace unos días encontré en una esquina un muchacho muy alto, que daba ligeramente el physique du role de los malabaristas por lo flaco, y ciertamente llevaba el uniforme correspondiente, pero no tenía esa fibra que caracteriza a los hábiles, y era demasiado grande. Tenía una panza redonda como una pelota de fútbol y se movía con un atolondramiento que daba mucha pena. Su atuendo de semipayaso enfatizaba su ridiculez. Así estrafalario, aparatoso, se plantó frente a un auto detenido por el semáforo y tras un titubeo largó al aire una muchedumbre de pelotas que se enredaron, entrechocaron y perdieron, haciendo su voluntad sin ningún orden. El alargó desesperado las manos abiertas hacia ellas, como si quisiera atraparlas a todas juntas, y en un instante estaban todas en el piso. Hacia allí se abalanzó, patético. Las levantó, se metió algunas en el bolsillo de su pequeño saco verde que le apretaba en todos lados, meneó la cabeza indignadamente, hizo el amague preparatorio y lanzó al aire, ahora sólo tres bolas. El resultado fue el mismo. Corrió humillado las bolas que se escapaban rondando en direcciones opuestas. Se guardó una bola e intentó con dos. Tampoco tuvo éxito. Las bolas no le obedecían. Trató dos veces más, con el mismo resultado. Finalmente, fracasado, renunció y caminó cabizbajo, sin pedir nada a los automovilistas, a sentarse en la vereda.
Y he aquí que cuando el semáforo volvió a detener los autos, volvió a intentar. Naturalmente, le fue horrible. Pero volvió a la carga todo el rato que estuve observándolo. Y no mejoraba.
No mejoró. Me fui de allí un poco admirándolo porque al fin no abdicaba.

Hoy me quedé otro rato mirando a un viejo, y de a poco me fue haciendo acordar al Malabarista Indeclinable.
Era en una parada de colectivo. La gente hacía la cola desde el poste que tenía arriba el número del colectivo que paraba allí, y el viejo estaba apartado. También miraba el fondo de la calle, como los demás, con esa especie de fe en que el colectivo vendrá si se mira con mucha ansiedad el lugar por el que debe aparecer. Sin embargo, no se ponía en la cola. Era muy, muy viejo. Tenía un sobretodo que le quedaba tan grande que parecía no tocarle el cuerpo, como esos hermanitos vestidos con la ropa de los más grandes. Fácilmente se podía adivinar el menudísimo cuerpo que tenía perdido allí dentro. También tenía unos zapatos muy grandes, y enormes las orejas. Y tenía unos ojitos de mamífero pequeño, sin expresión.
En fin, al rato llegó el colectivo, la gente empezó a subir, y el viejito miraba el colectivo en silencio y no se movía. Pensé que esperaba a que toda la gente subiera, que quizás le molestaba el amontonamiento. Pero cuando empezó a moverse, ya el colectivo arrancaba. Alzó la mano sin mucha convicción y el colectivero aceleró. Se había perdido el colectivo. Perdió el timming, perdió el bondi, pensé.
Otra vez empezó a formarse una cola y él, que podría haber estado primero, se quedó en el mismo lugar, apartado. Ahora la cola llegaba hasta él. Alguien le preguntó “¿está en la cola?”, y él no contestó. La cola le pasó por el costado. Y cuando llegó el colectivo, otra vez esperó a que subieran todos y recién entonces empezó a moverse, con una lentitud exasperante. El segundo colectivero tampoco le hizo caso.
Un tercer colectivero lo miró, lo esperó unos segundos, pero como el viejo se movía tan despacio, que quizás tardaría horas en llegar, arrancó y se fue.
Con el siguiente sucedió lo mismo que los primeros. ¿Cuánto tiempo se quedaría allí el viejo? ¿Estaba loco? Quizás.





martes, 7 de octubre de 2014

No sé qué me gusta más


A una cierta gitanilla
No sé si me gusta más
Hacerle el amor
O hacerle cosquillas.


Entre nos


Dos personas pueden estar frente a frente. Dos primos. Dos empleados de una empresa. Un futbolista y alguien de la hinchada. Dos pasajeros de un tren. Dos personas en la calle.
Frente a frente.
Algo puede pasar entre ellos.

Varias personas pueden estar frente a frente. La profesora y los alumnos. La pequeña familia de cuatro que ha quedado luego del funeral. Los compañeros de la fábrica que comen en la misma mesa. Las chicas que fueron al colegio juntas hace 30 años y se siguen encontrando los jueves a la tarde.
Pueden estar frente a frente y algo puede pasar entre ellos.
Algo que no puede pasar entre nadie más, sólo entre ellos.
Hay algo entre ellos que espera. Ellos pueden abrirle la puerta y permitir que suceda. No se sabe qué es; tal vez amor, tal vez indiferencia, ajuste de cuentas, una despedida, o algo que no tiene nombre.

Claro que las dos personas o el grupo, pueden dejar pasar eso que puede suceder, y la muerte los llevará. Es lo más normal, lo que sucede todo el tiempo.



miércoles, 1 de octubre de 2014

Está todo vivo (cuadros de Laura Romero)



Las criaturas están hechas de células, y las células de pedacitos chiquititos de otras cosas vivas, y lo mismo las bacterias, y los más chiquititos de todos, los virus, y todos esos pedacitos están hechos de moléculas, y las moléculas de atómos, y los átomos de partículas atómicas; o sea que la materia orgánica está hecha de materia inorgánica. Pero María Laura Romero cree que la materia inherte también está viva y que las partículas atómicas son mundos hechos de impulsos de la materia, que crean principios de formas, principios de patrones. Yo creo que 1) está chiflada, 2) tiene razón.