Lleva unos días el fin de año y el año nuevo.
Los saludazos, los cuetes, las redes sociales, la reunión familiar, la
comilona, son tan indispensables para el rito como deberían serlo unos días de
pausa.
El 31 a la noche estábamos unos grandes, que en un lugar
de nuestro interior no aceptábamos que acabara el 25 porque no aceptábamos que
hubiera existido el 25.
Ese 25 de resignación de toda esperanza, de aceptación
del rappi como toda expectativa de futuro, de desaparición de los dirigentes
que creíamos que nos representarían y en cambio se escondieron miserablemente a
cuidar sus tristes rapiñas.
Ese 25 de entrega sodomita al macho norteamericano, la entrega
de los chicos del Garrahan, la prostitución de todos los argentinos, de manos
de una comparsa grotesca, de monstruos que son el vómito de 50 años de la
mierda que fuimos comiendo desde la dictadura militar.
Los grandes tenemos los pensamientos desorientados, huidos,
confundidos, embotados, ciegos.
La fe no hace pie en nuestra razón ni en nuestra experiencia.
No sabemos qué esperar, no sabemos qué hacer.
Sin embargo, entre nosotros estaba Vicente.
Vicente tiene ocho años.
Entre todos los grandes enredados por la impotencia y el desastre, Vicente va
para adelante.
Los grandes no tenemos derecho a condenarlo a nuestra castración y nuestra parálisis.
No tenemos derecho a no ponernos de pie y hacer lo
necesario para que el camino que tienen por delante los chicos no sea más el terreno
infernal que instalaron aquellos militares y los millones de argentinos que celebraron
ser violados, un terreno hecho de dientes, calaveras, uñas, cadáveres de los
jóvenes que torturaron y mataron.
No tenemos derecho a no empezar una nueva historia.
Aunque no sepamos adónde ir.
Aunque no tengamos más que muñones y el espíritu congelado de terror.
En Cuba, en 1953 un grupo de jóvenes intentó asaltar un
cuartel para iniciar un cambio que sacara del poder a un dictador títere de Estados
Unidos.
El intento fracasó, muchos de los jóvenes fueron asesinados
tras rendirse. El líder del ataque fue puesto en la cárcel, donde continuó organizado
una fuerza política. Cuando recuperó la libertad se exilió en México para armar
mejor un nuevo avance. Consiguió un barco y con 82 combatientes volvieron a
tratar de sacar del gobierno a la dictadura.
Cuando el barco llegó a Cuba fue emboscado y más de 60 de
los jóvenes fueron muertos.
Fue la segunda derrota desastrosa.
El movimiento quedó reducido a menos de 20 hombres mal
armados que se dispersaron en la huida. Fidel Castro quedó escondido en un
cañaveral con otros dos.
Lo escuché contar que “en ese momento no sabíamos si quedaba alguien más vivo.
La revolución éramos tres. Yo tenía botas y un fusil, un compañero tenía fusil
y no tenía botas y el otro, botas y no fusil.” Cuando unos días después encontró
vivos a su hermano, al Che y a otros pocos, dijo: “Ahora sí ganamos la guerra”.
No podía decir algo más absurdo.
Sin embargo, la ganaron.
No tenemos derecho a entregarnos.
Shakespeare le hace decir a Henry V, después de una
derrota total: “Cuantos menos seamos, mayor será la parte de honor. El que no
tenga estómago para esta lucha, que se marche, quedaremos una banda de hermanos,
porque hoy el que derrame su sangre conmigo será mi hermano”.
Vencieron.
No tenemos derecho a llorar públicamente.
No tenemos derecho a negociar.
No tenemos derecho a rendirnos.

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