lunes, 14 de octubre de 2013

Una vez más


A veces voy hasta donde está ella en la casa haciendo algo o nada, porque me han dado ganas de mirarla. Ya la he visto tantas veces que se me han gastado los ojos de mirarla. Pero es muy bonita, y me digo "una vez más".


viernes, 11 de octubre de 2013

Recuerdo del pequeño hijo

De Clarice Lispector 

¿Y qué sentir del hijo? Si de algún modo me quedo sin ningún sentimiento irreconocible. ¿Qué sentir? Veo su cara quemada por el sol, cara completamente inconsciente de la opresión que tiene, toda concentrada como está como bicho lindo, delicado y feroz –en las lamidas a su helado.

El helado es de chocolate. El hijo lo lame. A veces resulta demasiado lento para su placer, y entonces él lo muerde, y hace una mueca que es totalmente inconsciente porm la felicidad incomoda que da el pedazo helado que llena la boca caliente. Ésta, la boca, es muy linda. Miro al hijo toda compacta, pero él está acostumbrado a la tontería de mi mirada concentrada de amor. No me mira, y no le molesta ser observado en su acto íntimo, vital y delicado: sigue lamiendo el helado con la lengua roja y atenta. No siento nada, salvo que estoy entera, pesada con material de primera, buena madera. Como madre, no tengo delicadeza, soy grosera y silenciosa. Miro con la rudeza de mi silencio, con mi ojo vacío aquella cara que también es ruda, hijo mío. No siento nada porque esto ha de ser un amor pesado e indivisible. Allí estoy, reculando. Reculando ante tanto. Lo impenetrable me deja con una especie de áspera obstinación; impenetrabilidad es mi nombre; estoy allí, endomingada por la naturaleza. Mi cara ha de tener un aire tozudo, con aire de extranjera que no habla la lengua del país. Parece un sopor. No me comunico con nadie. Mi corazón es pesado, obstinado, inexpresivo, cerrado a sugerencias.

Estoy allí, y veo: el rostro del niño se volvió por un instante ávido –es que debe haber encontrado algún pedazo de helado con más chocolate que el resto, y que la lengua avisada captó. Nadie diría que soy delgada: estoy gorda, pesada, grande, con las manos encallecidas no por mí sino por mis ancestros. Soy una desconfiada que está en tregua. El hijo come ahora el cucurucho del helado. Soy una inmigrante que se arraigo en tierra nueva. Mi ojo es vacío, áspero, ve bien. Y ve: un hijo con expresión concentrada que come.


(Gracias Flaca Sandra Vega por avisarnos de este texto).

martes, 8 de octubre de 2013

Red Hot


Una chica, aún no llegaba a los 20, estudiante de Psicología Social, se dejó seducir por un hombre en un tren del suburbano. El hombre llevaba una gorra sucia, de la que escapaban mechas de pelo grasiento, tenía la cara hinchada, pantalón y campera muy gastados, como si hubiese vivido, sentado y revolcado, en la calle los días anteriores, o quizás hacía mucho tiempo; las uñas largas y sucias, el aliento pesado, el andar defectuoso. Se presentó a la chica como un shamán. Le dijo que sabía qué le estaba sucediendo a ella y la arreglaría. Y la chica se dejó llevar por el tipo a la casa de él, en un barrio muy oscuro, inundado por el olor fétido del agua con basura. Sobre un catre desvencijado, sin sábanas, entre frazadas rotosas, la chica dejó que el hombre le hiciera vivir experiencias muy fuertes. La chica hizo, sintió cosas que no hacía, ni jamás haría ni sentiría, con su novio.




lunes, 7 de octubre de 2013

El fundador inconsecuente



Tiene algo del primer José Arcadio Buendía. Mira un terreno, ve que es una tierra magnífica para cultivar manzanas.

Se entusiasma como un loco. Se pasa cuatro meses proyectando, tiempo en que abandona todo por su berretín. Aprende la agricultura, se hace experto en frutas, especialista en manzanas.

Vende todo lo que tiene y lo invierte en plantar un manzanal, construir una casa, galpones, frigorífico, máquinas, contratar gente, contratar consultor, etc.

Se dedica al tema varios años, hasta que empieza a sacar producción.









El día que mira el monte, con los árboles verdes cargados de manzanas rojas, ese día suspira de satisfacción y se va. Ha cumplido su sueño.

¿Y las manzanas?
¿La producción?
¿Los años que vendrán?
¿El progreso?
¿La herencia a sus hijos?

No piensa en nada de eso.
Se apasionó con un proyecto, lo logró y ahora espera la inspiración para otro.


Juana y Roby, en la cena


Juana:
— Con Roby nos fuimos deslizando hacia la adicción... Es el vicio de estar juntos. No nos podemos separar, no podemos estar él sin mí ni yo sin él un instante. Es como si estuviéramos enamorados, locos de amor… y sin embargo siento que ya no nos queremos como antes. O que ya no nos queremos de verdad.
Racional, Roby le responde: 
— Sí, creo que a esta altura nosotros estamos confundiendo el amor con la adicción. Siento que te quiero y en realidad lo que me pasa es que no puedo estar sin vos.
— Siempre estás celoso…
— Sí…
— A veces me parece que sucumbís a los celos, pero no me querés. Te querés a vos, o no sé a quién, pero no querés que yo esté bien. 


miércoles, 2 de octubre de 2013

El infinito está poblado de mariposas - Taller en Parador La Boca


Hoy volvió el boxeador. No tiene la mirada perdida, pero uno nota que pasa un tiempo entre el momento que resuelve decir algo y cuando finalmente lo dice. En el encuentro anterior hizo un relato brutal de los nocauts que lo voltearon. Escuchándolo, nos resultaba inconcebible que siguiera en pie —vivo.
Hoy eludió sentarse a la misma mesa con los demás escritores y se ubicó en otra. Vimos que frente a él, pegado en la mesa, en el lugar donde se apoyaría el plato, había pegado un cartelito que decía su nombre, Agapito.

Por primera vez estuvo Esther, que llegó al Parador hace dos semanas. Con inmejorable disposición Esther hizo y rehizo su historia, como si no hubiese arrancado escribiendo sino corrigiendo. Tenía la cabellera de una chica de 20 años, la forma de la cara muy característica de las que fueron intervenidas por la cirugía plástica y unos anteojos elegantes, aunque les faltaban una patilla. Como los demás, estaba allí porque era mayor de 60 años y no tenía dónde vivir. Algún equipo del servicio BAP (Buenos Aires Presente) la encontró acurrucada entre una vereda, el frío y la puerta de algún edificio público y la llevó al Parador para que tuviera dónde alojarse hasta tanto solucionara su vida. Una de las actividades del lugar es el Taller de Redacción de Historias que coordinamos, y del que participaron hoy Agapito, Esther y otros. Durante un par de horas quienes aceptan escribir, arman una historia mezclando el contenido de dos frases que les propongo, luego cada quien le lee a los demás lo que escribió y los demás escuchan y comentan.
Las frases de hoy fueron: “En la milonga María Delia no podía encontrar sus zapatos” y “Una nube de mariposas blancas cubría el pozo de agua”.

El cuento de Esther fue una historia de amor, en la que María Delia estaba desesperada por haber perdido los zapatos, siendo que tenía que regresar con ellos a su casa antes de las once de la noche, y al fin aparecía un príncipe Luis que los encontraba en un pozo.
Casi la misma historia fue escrita por otro nuevo integrante, Oscar, quien llegó en silla de ruedas, vestido pulcramente con una camisa clara, blazer de impecable azul y pañuelo rojo que asomaba del bolsillo. Se mostró culto; puso sobre la mesa un libro de logosofía y un cuaderno en el que guarda sus notas manuscritas con ampulosa letra de romántico.



Estábamos trabajando en una de las muchas mesas del gran comedor. En otras, los alojados mateaban, charlaban, miraban la televisión. Muchos, quizás la mayoría, no hacía nada. El estado general era catatónico. Sentí que el barullo de los televisores molestaba al taller y me acerqué a quienes estaban mirando y les expliqué por qué debía bajar el volumen. Nadie me contestó nada y cuando silencié el aparato, siguieron mirando la pantalla con la misma expresión vacía de antes.

También participó hoy Clara, como todos los miércoles. “Los estaba esperando”, nos dijo cuando entramos, con su sonrisa que emergía desde el fondo indescifrable en que ella se debate. Clara está en una realidad diferente, que no es posible sintonizar, salvo cuando escribe. En sus relatos el mundo de allá adentro, sus seres, sus lugares y sus luminosidades aparecen en una trama que nos los hacen comprensibles a quienes estamos afuera.
En el comienzo de la historia que escribió Clara la protagonista empieza perdiendo los zapatos, luego ve el reflejo de la nube de mariposas en la superficie del agua del pozo, y entonces en la blancura de las mariposas emerge Jesucristo, como adelantado del mundo divino que termina instalándose, formado por los —copio frases del texto de Clara— “colores en torno de la vida humana” y poblado por las “mariposas en el infinito”.





martes, 1 de octubre de 2013

Tradicional lengua china


Formidable observación sobre el tradicionalismo chino: siguen hablando la misma lengua que se hablaba hace miles de años. Cuentan una leyenda con las mismas palabras que fue inventada.






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