Ligeras anotaciones que hace Gustavo Ng de asuntos que piensa o encuentra escritos en libros mientras va en colectivo y luego comenta con tal o cual persona.
lunes, 14 de octubre de 2013
Una vez más
A veces voy hasta donde está ella en la casa haciendo algo o nada, porque me han dado ganas de mirarla. Ya la he visto tantas veces que se me han gastado los ojos de mirarla. Pero es muy bonita, y me digo "una vez más".
viernes, 11 de octubre de 2013
Recuerdo del pequeño hijo
¿Y qué sentir del hijo? Si de algún modo me quedo sin ningún
sentimiento irreconocible. ¿Qué sentir? Veo su cara quemada por el sol, cara
completamente inconsciente de la opresión que tiene, toda concentrada como está
como bicho lindo, delicado y feroz –en las lamidas a su helado.
El helado es de chocolate. El hijo lo lame. A veces resulta
demasiado lento para su placer, y entonces él lo muerde, y hace una mueca que
es totalmente inconsciente porm la felicidad incomoda que da el pedazo helado
que llena la boca caliente. Ésta, la boca, es muy linda. Miro al hijo toda
compacta, pero él está acostumbrado a la tontería de mi mirada concentrada de
amor. No me mira, y no le molesta ser observado en su acto íntimo, vital y
delicado: sigue lamiendo el helado con la lengua roja y atenta. No siento nada,
salvo que estoy entera, pesada con material de primera, buena madera. Como
madre, no tengo delicadeza, soy grosera y silenciosa. Miro con la rudeza de mi
silencio, con mi ojo vacío aquella cara que también es ruda, hijo mío. No
siento nada porque esto ha de ser un amor pesado e indivisible. Allí estoy,
reculando. Reculando ante tanto. Lo impenetrable me deja con una especie de
áspera obstinación; impenetrabilidad es mi nombre; estoy allí, endomingada por
la naturaleza. Mi cara ha de tener un aire tozudo, con aire de extranjera que
no habla la lengua del país. Parece un sopor. No me comunico con nadie. Mi
corazón es pesado, obstinado, inexpresivo, cerrado a sugerencias.
Estoy allí, y veo: el rostro del niño se volvió por un
instante ávido –es que debe haber encontrado algún pedazo de helado con más
chocolate que el resto, y que la lengua avisada captó. Nadie diría que soy
delgada: estoy gorda, pesada, grande, con las manos encallecidas no por mí sino
por mis ancestros. Soy una desconfiada que está en tregua. El hijo come ahora
el cucurucho del helado. Soy una inmigrante que se arraigo en tierra nueva. Mi
ojo es vacío, áspero, ve bien. Y ve: un hijo con expresión concentrada que
come.
(Gracias Flaca Sandra Vega por avisarnos de este texto).
martes, 8 de octubre de 2013
Red Hot
Una chica, aún no llegaba a los 20, estudiante de Psicología
Social, se dejó seducir por un hombre en un tren del suburbano. El hombre llevaba
una gorra sucia, de la que escapaban mechas de pelo grasiento, tenía la cara
hinchada, pantalón y campera muy gastados, como si hubiese vivido, sentado y revolcado, en la calle
los días anteriores, o quizás hacía mucho tiempo; las uñas largas y sucias, el
aliento pesado, el andar defectuoso. Se presentó a la chica como un shamán. Le
dijo que sabía qué le estaba sucediendo a ella y la arreglaría. Y la chica se
dejó llevar por el tipo a la casa de él, en un barrio muy oscuro, inundado por
el olor fétido del agua con basura. Sobre un catre desvencijado, sin sábanas,
entre frazadas rotosas, la chica dejó que el hombre le hiciera vivir experiencias muy fuertes. La chica hizo, sintió cosas que no hacía, ni jamás haría ni sentiría, con su
novio.
lunes, 7 de octubre de 2013
El fundador inconsecuente
Tiene algo del primer José Arcadio Buendía. Mira un terreno,
ve que es una tierra magnífica para cultivar manzanas.
Se entusiasma como un loco. Se pasa cuatro meses
proyectando, tiempo en que abandona todo por su berretín. Aprende la
agricultura, se hace experto en frutas, especialista en manzanas.
Vende todo lo que tiene y lo invierte en plantar un
manzanal, construir una casa, galpones, frigorífico, máquinas, contratar gente,
contratar consultor, etc.
Se dedica al tema varios años, hasta que empieza a sacar
producción.

El día que mira el monte, con los árboles verdes cargados de
manzanas rojas, ese día suspira de satisfacción y se va. Ha cumplido su sueño.
¿Y las manzanas?
¿La producción?
¿Los años que vendrán?
¿El progreso?
¿La herencia a sus hijos?
No piensa en nada de eso.
Se apasionó con un proyecto, lo logró y ahora espera la
inspiración para otro.
Juana y Roby, en la cena
Juana:
— Con Roby nos fuimos deslizando hacia la adicción... Es el vicio de estar juntos. No nos podemos separar, no podemos estar él sin mí ni yo sin él un instante. Es como si estuviéramos enamorados, locos de amor… y sin embargo siento que ya no nos queremos como antes. O que ya no nos queremos de verdad.
— Con Roby nos fuimos deslizando hacia la adicción... Es el vicio de estar juntos. No nos podemos separar, no podemos estar él sin mí ni yo sin él un instante. Es como si estuviéramos enamorados, locos de amor… y sin embargo siento que ya no nos queremos como antes. O que ya no nos queremos de verdad.
Racional, Roby le responde:
— Sí,
creo que a esta altura nosotros estamos confundiendo el amor con la adicción. Siento
que te quiero y en realidad lo que me pasa es que no puedo estar sin vos.
— Siempre estás celoso…
— Sí…
— A veces me parece que sucumbís
a los celos, pero no me querés. Te querés a vos, o no sé a quién, pero no querés
que yo esté bien.
miércoles, 2 de octubre de 2013
El infinito está poblado de mariposas - Taller en Parador La Boca
Hoy volvió el boxeador. No tiene la mirada perdida, pero uno
nota que pasa un tiempo entre el momento que resuelve decir algo y cuando
finalmente lo dice. En el encuentro anterior hizo un relato brutal de los
nocauts que lo voltearon. Escuchándolo, nos resultaba inconcebible que siguiera
en pie —vivo.
Hoy eludió sentarse a la misma mesa con los demás escritores
y se ubicó en otra. Vimos que frente a él, pegado en la mesa, en el lugar donde
se apoyaría el plato, había pegado un cartelito que decía su nombre, Agapito.
Por primera vez estuvo Esther, que llegó al Parador hace dos
semanas. Con inmejorable disposición Esther hizo y rehizo su historia, como si
no hubiese arrancado escribiendo sino corrigiendo. Tenía la cabellera de una
chica de 20 años, la forma de la cara muy característica de las que fueron
intervenidas por la cirugía plástica y unos anteojos elegantes, aunque les
faltaban una patilla. Como los demás, estaba allí porque era mayor de 60 años y
no tenía dónde vivir. Algún equipo del servicio BAP (Buenos Aires Presente) la
encontró acurrucada entre una vereda, el frío y la puerta de algún edificio
público y la llevó al Parador para que tuviera dónde alojarse hasta tanto
solucionara su vida. Una de las actividades del lugar es el Taller de Redacción
de Historias que coordinamos, y del que participaron hoy Agapito, Esther y
otros. Durante un par de horas quienes aceptan escribir, arman una historia mezclando
el contenido de dos frases que les propongo, luego cada quien le lee a los
demás lo que escribió y los demás escuchan y comentan.
Las frases de hoy fueron: “En la milonga María Delia no
podía encontrar sus zapatos” y “Una nube de mariposas blancas cubría el pozo de
agua”.
El cuento de Esther fue una historia de amor, en la que
María Delia estaba desesperada por haber perdido los zapatos, siendo que tenía
que regresar con ellos a su casa antes de las once de la noche, y al fin
aparecía un príncipe Luis que los encontraba en un pozo.
Casi la misma historia fue escrita por otro nuevo
integrante, Oscar, quien llegó en silla de ruedas, vestido pulcramente con una
camisa clara, blazer de impecable azul y pañuelo rojo que asomaba del bolsillo.
Se mostró culto; puso sobre la mesa un libro de logosofía y un cuaderno en el
que guarda sus notas manuscritas con ampulosa letra de romántico.
Estábamos trabajando en una de las muchas mesas del gran
comedor. En otras, los alojados mateaban, charlaban, miraban la televisión.
Muchos, quizás la mayoría, no hacía nada. El estado general era catatónico. Sentí
que el barullo de los televisores molestaba al taller y me acerqué a quienes
estaban mirando y les expliqué por qué debía bajar el volumen. Nadie me
contestó nada y cuando silencié el aparato, siguieron mirando la pantalla con
la misma expresión vacía de antes.
También participó hoy Clara, como todos los miércoles. “Los estaba
esperando”, nos dijo cuando entramos, con su sonrisa que emergía desde el fondo
indescifrable en que ella se debate. Clara está en una realidad diferente, que no
es posible sintonizar, salvo cuando escribe. En sus relatos el mundo de allá
adentro, sus seres, sus lugares y sus luminosidades aparecen en una trama que
nos los hacen comprensibles a quienes estamos afuera.
En el comienzo de la historia que escribió Clara la
protagonista empieza perdiendo los zapatos, luego ve el reflejo de la nube de
mariposas en la superficie del agua del pozo, y entonces en la blancura de las
mariposas emerge Jesucristo, como adelantado del mundo divino que termina
instalándose, formado por los —copio frases del texto de Clara— “colores en
torno de la vida humana” y poblado por las “mariposas en el infinito”.
martes, 1 de octubre de 2013
Tradicional lengua china
Formidable observación sobre el tradicionalismo chino: siguen hablando la misma lengua que se hablaba hace miles de años. Cuentan una leyenda con las mismas palabras que fue inventada.

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