viernes, 2 de enero de 2026

COYUNTURA - Comienza el 26

 Lleva unos días el fin de año y el año nuevo.


Los saludazos, los cuetes, las redes sociales, la reunión familiar, la comilona, son tan indispensables para el rito como deberían serlo unos días de pausa.

 

El 31 a la noche estábamos unos grandes, que en un lugar de nuestro interior no aceptábamos que acabara el 25 porque no aceptábamos que hubiera existido el 25.

Ese 25 de resignación de toda esperanza, de aceptación del rappi como toda expectativa de futuro, de desaparición de los dirigentes que creíamos que nos representarían y en cambio se escondieron miserablemente a cuidar sus tristes rapiñas.

Ese 25 de entrega sodomita al macho norteamericano, la entrega de los chicos del Garrahan, la prostitución de todos los argentinos, de manos de una comparsa grotesca, de monstruos que son el vómito de 50 años de la mierda que fuimos comiendo desde la dictadura militar.

 

Los grandes tenemos los pensamientos desorientados, huidos, confundidos, embotados, ciegos.
La fe no hace pie en nuestra razón ni en nuestra experiencia.
No sabemos qué esperar, no sabemos qué hacer.

Sin embargo, entre nosotros estaba Vicente.
Vicente tiene ocho años.
Entre todos los grandes enredados por la impotencia y el desastre, Vicente va para adelante.


Los grandes no tenemos derecho a condenarlo a nuestra castración y nuestra parálisis.

No tenemos derecho a no ponernos de pie y hacer lo necesario para que el camino que tienen por delante los chicos no sea más el terreno infernal que instalaron aquellos militares y los millones de argentinos que celebraron ser violados, un terreno hecho de dientes, calaveras, uñas, cadáveres de los jóvenes que torturaron y mataron.
No tenemos derecho a no empezar una nueva historia.
Aunque no sepamos adónde ir.
Aunque no tengamos más que muñones y el espíritu congelado de terror.

 

En Cuba, en 1953 un grupo de jóvenes intentó asaltar un cuartel para iniciar un cambio que sacara del poder a un dictador títere de Estados Unidos.

El intento fracasó, muchos de los jóvenes fueron asesinados tras rendirse. El líder del ataque fue puesto en la cárcel, donde continuó organizado una fuerza política. Cuando recuperó la libertad se exilió en México para armar mejor un nuevo avance. Consiguió un barco y con 82 combatientes volvieron a tratar de sacar del gobierno a la dictadura.

Cuando el barco llegó a Cuba fue emboscado y más de 60 de los jóvenes fueron muertos.
Fue la segunda derrota desastrosa.

El movimiento quedó reducido a menos de 20 hombres mal armados que se dispersaron en la huida. Fidel Castro quedó escondido en un cañaveral con otros dos.
Lo escuché contar que “en ese momento no sabíamos si quedaba alguien más vivo. La revolución éramos tres. Yo tenía botas y un fusil, un compañero tenía fusil y no tenía botas y el otro, botas y no fusil.” Cuando unos días después encontró vivos a su hermano, al Che y a otros pocos, dijo: “Ahora sí ganamos la guerra”.
No podía decir algo más absurdo.
Sin embargo, la ganaron.

No tenemos derecho a entregarnos.

 

Shakespeare le hace decir a Henry V, después de una derrota total: “Cuantos menos seamos, mayor será la parte de honor. El que no tenga estómago para esta lucha, que se marche, quedaremos una banda de hermanos, porque hoy el que derrame su sangre conmigo será mi hermano”.
Vencieron.

 

No tenemos derecho a llorar públicamente.

No tenemos derecho a negociar.

No tenemos derecho a rendirnos.

 

 


lunes, 15 de diciembre de 2025

En la cocina

Me pregunté por qué tengo las luces de mi casa encendidas o apagadas, excepto la de la cocina, que la tengo siempre encendida.

Salvo cuando cocino, no estoy casi en la cocina, sólo paso un segundo a buscar algo. 

Comencé a obligarme a apagar sistemáticamente la luz cada vez que la encontraba encendida sin razón.

Hoy me susurré casi tiernamente a mí mismo que la dejo encendida porque allí está mi madre, que la semana que viene hará diez años que murió. No es muy gentil apagar la luz del lugar donde está alguien, salvo que te lo pida. Y ella nunca me lo pidió.





sábado, 13 de diciembre de 2025

Poema leído

— ¿A qué temperatura te vas?

— Siempre hace 36 grados.

— Bueno.

— Pero está el mar.

— Poema. Hermoso. “Pero está el mar”.

— Es así, ¿no? El poema está en la lectura.


viernes, 12 de diciembre de 2025

Acuerdo entre animales y plantas y gente

Sus objetivos son: una mejor convivencia con las mascotas en la ciudad y una relación un poco más civilizada, un poco más de igual a igual.

 

CONSIDERANDOS

 

·                     La relación entre dueños y mascotas por lo menos no debería ser contra las mascotas ni en detrimento de su dignidad.

·                     Las mascotas también son personas.

·                     En realidad, habría que empezar cambiando los nombres. Podría decirse animales y plantas y gente.

·                     La gente no es propiedad de los animales y plantas ni viceversa.

 

ACUERDO

 

Art. 1º. Sección comida 

animales y plantas y gente no se comerán mutuamente.

 

Art, 2º. Sección pájaros 

En vez de enjaularlos, la gente que coloque todo tipo de encantapájaros: comederos, bebederos, bañaderos y dejarles hacer nido.

 

Art. 3. Sección gekos

Dejarlos andar por las paredes en paz y enterarse de que traen buena suerte.

 

Art. 4. Sección arañas 

Aceptar que las arañas son la naturaleza en el interior de las casas. Permitirse la gente conectar con la historia de la humanidad, porque los castillos de Escocia, los ranchos en Tanzania, los edificios de 150 pisos en Shanghái, tienen una araña. Hay arañas en todas las casas del mundo, desde la primera casa que se hizo.

 

Art. 5. Sección plantas

La gente háblenles, riéguenlas, háganles jardinería.

Las plantas alégrenles la existencia a la gente con la Vida.

 

Art. 6. Sección gatos 

La gente permita algún modo en que el gato pueda salir del departamento y andar por el barrio. La gente aceptará que todas las cosas y personas pueden irse. 

 

Art. 7. Sección perros

El humano puede aprender que el perro es un animal que necesita andar y andar y andar y andar y estar con otros, estar con otros, estar con otros.

No permitirle una cosa ni la otra, es aprovecharse de su bondad, que todo lo acepta viniendo de la gente, a quien considera dioses amigos. 

Por lo tanto, los perros tendrán derecho a un espacio en el que puedan andar y encontrarse con otros perros:

Monoambiente hasta 34 m²: perro tamaño chihuahua, o lo sumo salchicha

Departamento de dos ambientes hasta 50 m², perro del tamaño caniche.

PH con terraza hasta 70 m²: perros del tamaño de un foxterrier.

Casa con parque de hasta 150 m²: perro del tamaño del golden retriever, el pastor alemán o el dóberman.

Campo: perros como el galgo, el rottweiler, o el gran danés. 

 

Otros animales y plantas pueden ser sumados a este acuerdo.

 





miércoles, 10 de diciembre de 2025

Ritos

*    *    *

La vida humana fluye por el cauce de los ritos.

*    *    *

Los ángeles eligen a los ambombados



Piazzolla fue poseído por la música desde niño. Fue poseído por el piano y muy temprano por el bandoneón. Desde que era un gurrumín se dedicó por completo a aprender y a tocar, tocar, tocar. Fue una bestia. Y no era solo trabajo: había nacido superdotado para la música. En cambio, como persona, la egomanía lo estancó en la típica inmadurez de quién se sabe genial. Pensando, era un estúpido. Decía cualquier dislate sobre cualquier tema, como si el hecho de que fuera un músico superlativo lo hiciera inteligentísimo y experto en todo. Hablaba bien de la dictadura militar y opinaba sandeces infinitamente irritantes sobre temas de los que no tenía idea. Llegó a creer que la música que salía de él era su mérito. No era consciente de algo que un músico cercano a él observó. Cuando tocaba, una tropilla gigantesca de seres entraba en él, y él la largaba a este mundo, con su talento increíble, a través de su bandoneón. En un momento esas criaturas lo llevaban a emocionarse, emociones tan maravillosas, como si lo hicieran volar sobre el mundo. Se emocionaba más allá de lo que era capaz. Era atropellado por lo que viene de otro mundo. ¿Qué me está pasando?, se preguntaba. Muy idiota, se respondía: “esto es porque soy un prodigio”. Respondía cabalmente a una descripción de Sócrates de los poetas, que “me parecieron estar en el mismo estado que los adivinos y los profetas: dicen grandes cosas y admirables, pero no saben nada de lo que dicen.”

Si hubiera tenido una pizca de sensatez, hubiera dicho como otros: “abrí la boca y Dios puso en ella las palabras”.


Los chicos cantan

Cada vez que volvía en mis años de universitario a mi pueblo, me parecía cada vez más chato, más mediocre. Veía que todos se conformaban con una vida sin ninguna pretensión más que hacer algo de dinero, conservar lo que tenían, meterse los cuernos, chismosear, envidiar, tener más que los otros. Se me hacían todos timados, cortos, vulgares, mezquinos, cobardes. 

Me apenaba volver. Era el último lugar del mundo al que podía pensar ir a vivir. El lugar donde había nacido me causaba vergüenza, rabia y desprecio. 

Sólo iba a visitar a mi madre. Paraba solo en su casa, jamás paseaba, y si tenía que ir a algún lugar por obligación, hacía lo que tenía que hacer mecánicamente, en el menor tiempo posible.

Pero un día me ocurrió algo asombroso. En el parque del edificio donde vivía mi madre, vi una bandada de pibes de nueve o diez años. Jugaban como todos los chicos, pero en un momento empezaron a corretear todos juntos, como perros, y cantando el estribillo de una canción muy linda, quizás uno de esos estribillos más lindos que se crearon en Argentina, bastante complejo, muy alegre, pero nada infantil en el sentido de “hecho para chicos”. 

Los chicos corrían riéndose y cantando a viva voz aquella canción. Y la cantaban maravillosamente bien. ¿Por qué la cantaban? ¿Cómo gente de ese pueblo cantaba tan bien? ¿Quién se las había enseñado? En ninguna versión la había escuchado tan bien, era como si hubiera sido escrita para ellos, o como si la estuvieran inventando mientras la cantaban. Entendían desde muy adentro lo que decía el ánimo de la canción y el significado de su letra. Yo no podía entender de donde había salido aquello, en ese pueblo estéril.