lunes, 15 de diciembre de 2025

En la cocina

Me pregunté por qué tengo las luces de mi casa encendidas o apagadas, excepto la de la cocina, que la tengo siempre encendida.

Salvo cuando cocino, no estoy casi en la cocina, sólo paso un segundo a buscar algo. 

Comencé a obligarme a apagar sistemáticamente la luz cada vez que la encontraba encendida sin razón.

Hoy me susurré casi tiernamente a mí mismo que la dejo encendida porque allí está mi madre, que la semana que viene hará diez años que murió. No es muy gentil apagar la luz del lugar donde está alguien, salvo que te lo pida. Y ella nunca me lo pidió.





sábado, 13 de diciembre de 2025

Poema leído

— ¿A qué temperatura te vas?

— Siempre hace 36 grados.

— Bueno.

— Pero está el mar.

— Poema. Hermoso. “Pero está el mar”.

— Es así, ¿no? El poema está en la lectura.


viernes, 12 de diciembre de 2025

Acuerdo entre animales y plantas y gente

Sus objetivos son: una mejor convivencia con las mascotas en la ciudad y una relación un poco más civilizada, un poco más de igual a igual.

 

CONSIDERANDOS

 

·                     La relación entre dueños y mascotas por lo menos no debería ser contra las mascotas ni en detrimento de su dignidad.

·                     Las mascotas también son personas.

·                     En realidad, habría que empezar cambiando los nombres. Podría decirse animales y plantas y gente.

·                     La gente no es propiedad de los animales y plantas ni viceversa.

 

ACUERDO

 

Art. 1º. Sección comida 

animales y plantas y gente no se comerán mutuamente.

 

Art, 2º. Sección pájaros 

En vez de enjaularlos, la gente que coloque todo tipo de encantapájaros: comederos, bebederos, bañaderos y dejarles hacer nido.

 

Art. 3. Sección gekos

Dejarlos andar por las paredes en paz y enterarse de que traen buena suerte.

 

Art. 4. Sección arañas 

Aceptar que las arañas son la naturaleza en el interior de las casas. Permitirse la gente conectar con la historia de la humanidad, porque los castillos de Escocia, los ranchos en Tanzania, los edificios de 150 pisos en Shanghái, tienen una araña. Hay arañas en todas las casas del mundo, desde la primera casa que se hizo.

 

Art. 5. Sección plantas

La gente háblenles, riéguenlas, háganles jardinería.

Las plantas alégrenles la existencia a la gente con la Vida.

 

Art. 6. Sección gatos 

La gente permita algún modo en que el gato pueda salir del departamento y andar por el barrio. La gente aceptará que todas las cosas y personas pueden irse. 

 

Art. 7. Sección perros

El humano puede aprender que el perro es un animal que necesita andar y andar y andar y andar y estar con otros, estar con otros, estar con otros.

No permitirle una cosa ni la otra, es aprovecharse de su bondad, que todo lo acepta viniendo de la gente, a quien considera dioses amigos. 

Por lo tanto, los perros tendrán derecho a un espacio en el que puedan andar y encontrarse con otros perros:

Monoambiente hasta 34 m²: perro tamaño chihuahua, o lo sumo salchicha

Departamento de dos ambientes hasta 50 m², perro del tamaño caniche.

PH con terraza hasta 70 m²: perros del tamaño de un foxterrier.

Casa con parque de hasta 150 m²: perro del tamaño del golden retriever, el pastor alemán o el dóberman.

Campo: perros como el galgo, el rottweiler, o el gran danés. 

 

Otros animales y plantas pueden ser sumados a este acuerdo.

 





miércoles, 10 de diciembre de 2025

Ritos

*    *    *

La vida humana fluye por el cauce de los ritos.

*    *    *

Los ángeles eligen a los ambombados



Piazzolla fue poseído por la música desde niño. Fue poseído por el piano y muy temprano por el bandoneón. Desde que era un gurrumín se dedicó por completo a aprender y a tocar, tocar, tocar. Fue una bestia. Y no era solo trabajo: había nacido superdotado para la música. En cambio, como persona, la egomanía lo estancó en la típica inmadurez de quién se sabe genial. Pensando, era un estúpido. Decía cualquier dislate sobre cualquier tema, como si el hecho de que fuera un músico superlativo lo hiciera inteligentísimo y experto en todo. Hablaba bien de la dictadura militar y opinaba sandeces infinitamente irritantes sobre temas de los que no tenía idea. Llegó a creer que la música que salía de él era su mérito. No era consciente de algo que un músico cercano a él observó. Cuando tocaba, una tropilla gigantesca de seres entraba en él, y él la largaba a este mundo, con su talento increíble, a través de su bandoneón. En un momento esas criaturas lo llevaban a emocionarse, emociones tan maravillosas, como si lo hicieran volar sobre el mundo. Se emocionaba más allá de lo que era capaz. Era atropellado por lo que viene de otro mundo. ¿Qué me está pasando?, se preguntaba. Muy idiota, se respondía: “esto es porque soy un prodigio”. Respondía cabalmente a una descripción de Sócrates de los poetas, que “me parecieron estar en el mismo estado que los adivinos y los profetas: dicen grandes cosas y admirables, pero no saben nada de lo que dicen.”

Si hubiera tenido una pizca de sensatez, hubiera dicho como otros: “abrí la boca y Dios puso en ella las palabras”.


Los chicos cantan

Cada vez que volvía en mis años de universitario a mi pueblo, me parecía cada vez más chato, más mediocre. Veía que todos se conformaban con una vida sin ninguna pretensión más que hacer algo de dinero, conservar lo que tenían, meterse los cuernos, chismosear, envidiar, tener más que los otros. Se me hacían todos timados, cortos, vulgares, mezquinos, cobardes. 

Me apenaba volver. Era el último lugar del mundo al que podía pensar ir a vivir. El lugar donde había nacido me causaba vergüenza, rabia y desprecio. 

Sólo iba a visitar a mi madre. Paraba solo en su casa, jamás paseaba, y si tenía que ir a algún lugar por obligación, hacía lo que tenía que hacer mecánicamente, en el menor tiempo posible.

Pero un día me ocurrió algo asombroso. En el parque del edificio donde vivía mi madre, vi una bandada de pibes de nueve o diez años. Jugaban como todos los chicos, pero en un momento empezaron a corretear todos juntos, como perros, y cantando el estribillo de una canción muy linda, quizás uno de esos estribillos más lindos que se crearon en Argentina, bastante complejo, muy alegre, pero nada infantil en el sentido de “hecho para chicos”. 

Los chicos corrían riéndose y cantando a viva voz aquella canción. Y la cantaban maravillosamente bien. ¿Por qué la cantaban? ¿Cómo gente de ese pueblo cantaba tan bien? ¿Quién se las había enseñado? En ninguna versión la había escuchado tan bien, era como si hubiera sido escrita para ellos, o como si la estuvieran inventando mientras la cantaban. Entendían desde muy adentro lo que decía el ánimo de la canción y el significado de su letra. Yo no podía entender de donde había salido aquello, en ese pueblo estéril. 




El dinero en América Latina

En América Latina, la gente tiene mal sentido de la plata. Los ricos son despiadados, tienen la costumbre de quedarse con todo, como si los demás fueran animales miserables, animales carroñeros; y los demás asumen esa condición. En esa aceptación, admiten que el dinero no es para ellos y hacen todo sin cobrar.


Partitura

Escribo como se actúa en el teatro: para cada ocasión, siempre el mismo texto lo escribo de otra manera.

No puedo copiar y pegar, que sería lo conveniente.

Además de carecer de talento, por este tipo de caprichos fracaso como escritor.




martes, 9 de diciembre de 2025

Consuelo

Le hace bien a mi ánimo cosas que escribió Drummond de Andrade. El poema que dice: “no posees casa, navío, suelo / pero tienes un perro”, me hace sentir su amor. 

El poema se llama “Consuelo en la playa”. Las personas que saben consolar son ángeles. 


Pero no cualquier persona que quiere consolar lo logra. Hay personas que no saben consolar, aunque lo intentan. 

Una vez que mi amiga se quedó sin casa, hundida en la angustia, a días de quedarse con sus muebles, sus bagayos y su hija en la vereda, en una reunión en que se largó a llorar, había un amigo que quiso consolarla. Desde unos metros le gritó: “pero ¿cómo te vas a preocupar así? ¡Se va a arreglar!”

Mi amiga levantó la cabeza, clavó los ojos en él, y le preguntó:

— ¿Cómo se va a arreglar?

— Vas a conseguir.

— ¿Cómo voy a conseguir?

— Vas a conseguir —insistió él.

— No tenés idea de cómo. No tenés idea. ¿Por qué me decís, entonces, que se va a arreglar? ¿Te das una idea de cómo me siento? No me ofrecés una ayuda, me decís ligeramente que se va a arreglar, como si se fuera a arreglar solo.

El amigo salió. 

En fin, que desde aquello, desde aquella falta de empatía horrible de aquel amigo de mi amiga, que tal vez no tenía mala voluntad, me quedé con la sensación de que cualquiera que le profetice a alguien que está en problemas que todo se solucionará mágicamente, lo está, de algún modo, agrediendo.






Cruzar la plaza

Cuando salí del hospital Muñiz crucé con lentitud la enorme plaza que lo separa de avenida Caseros. 

La plaza se me hacía interminable. 

En un lugar encontré un perro.

No tenía aspecto de bueno. No mostró interés en mí. 

Me detuve junto a él, estuvimos los dos muy quietos y al fin le acerqué el dorso de la mano con cuidado, observando su reacción. Apenas me la olió. 

Pero no hizo problema cuando le acaricié la cabeza. 

Lo acaricié un rato, no le hablé, le di unos golpecitos en la cabeza. 

Él se mantuvo inexpresivo.

Sin embargo, cuando me empecé a alejar me siguió, y desde atrás mío metió el hocico en el hueco de mi mano mientras yo caminaba.

Me paré otra vez y volví a acariciarlo.

Me dieron muchas ganas de invitarlo a mi casa.

Fueron cuatro meses allí dentro. 

Pensé que tengo muchas ganas de tener un perro.




El poema salido

Podría ser que los poemas de verdad son unas palabras que se la caen a alguien sin querer, como quien pierde el ticket del estacionamiento o se le piantó la tortuga del jardín; o se le escapan, como se le escapa un pedo o una risa ante alguien que se tropieza y se cae en la calle; se le salen por fuera de su voluntad, le brotan, como la sangre menstrual, un optimismo sinrazón, un calambre, un pelo de la ceja, la desconfianza en alguien.

Después se lo puede escribir, pero sólo después.




lunes, 8 de diciembre de 2025

COYUNTURA - Licuificados

 Me reí cuando me preguntaban si iba a ganar a Milei.

Cuando ganó, escuché obsesivamente a todos los que analizaban la política, tratando de tener una explicación y de encontrar una orientación —che, ¿qué hacemos?

Me consolaba diciéndome que Milei iba a durar tres meses.

Festejé porque yo tenía razón, cuando fueron las elecciones en la provincia de Buenos Aires, y después vino la legitimación licuificadora con que me deshizo. 

Entonces me ganó una renuncia como una promesa a escucharme hablar de política. 

Más que una renuncia fue una huida a abajo de la cama. 

Un tragame tierra. 

No paso ni cerca de un espejo, porque se me cae la cara de vergüenza ver a ese pelotudo.

No hablé más con mis hijos. 

Me apiado de quienes tienen que hablar de política por un sueldo, pagar el colegio de los chicos, el seguro del auto. 

Ahora estoy en silencio total.

No abro la boca.

Y no abro las orejas.


¿Hasta cuándo?

¿Es lo mejor que puedo aportar?

¿Es el mejor ejemplo que puedo darle a mis hijos?


¿Alguien puede decirme algo de lo que está convencido?





sábado, 6 de diciembre de 2025

Cicatrices por escribir

 Algunas personas que escriben tienen algo diferente.

Son las personas antena. Escriben lo que alguien, algo o lo que sea, emite y ellas captan.

 

Siempre nos quedamos observando las consecuencias del uso que tienen las herramientas, ropa o cosas que han sido útiles durante años. La pava que queda negra abajo, los zapatos viejos de cuero, la pelota de fútbol que se peló, la escoba.

Son muy interesantes los martillos, porque duran mucho más que las generaciones. Duran para siempre. Sólo se deja de tenerlos si se los pierde. El mango se les cambia. Tan lejos del smartphone, de la tostadora eléctrica, del libro mal encolado, del mundo de la obsolescencia programada. Y aún así, el martillo tiene marcas.


Esas personas que escriben tienen abolladuras, descoloraciones, achaques que les ha dejado su actividad de recibir cosas de afuera y escribirlas.

Trabajar de escribirlas para que se parezcan a lo que la persona escuchó y trabajar de desplegar lo que escuchó —porque cuando empieza a escribir, muchas veces lo que escuchó empieza a expandirse, complicarse, florecer, generar lógicas, historias, lugares, personas, la forma de hablar de esas personas— les deja cicatrices.

 

En ese trabajo, su emoción es convulsionada, su moral es retorcida, su vida entera se ve afectada, y también su salud.

Un detalle revelador de esas personas es una enfermedad en la mirada. Como si tuviera muerte en los ojos. Es lo que puede verse sin ningún esfuerzo en Rulfo, Hemingway, Onetti, Juana Bignozzi. Y está el paradójico escritor ciego, claro.




jueves, 4 de diciembre de 2025

Un analista digno

La primera vez que aquel viejo analista me causó un respeto muy grande, fue cuando descubrí su deseo, que parecía personal, más allá de profesional, de que yo estuviera bien. 

Curado. 

Sano. 

Liberado de bichos. 

Liberado de arenas movedizas. 

Sentí en sus ganas una intensidad que expresó bien el término que conocí después, furor curandis.


Luego tuvo una segunda conducta que aumentó aún más mi respeto. 

Me di cuenta de que atendía a mi bienestar, pero parecía sentirse muchísimo más comprometido a que vivieran bien mis hijos. 

Se saltaba todos los protocolos, reglas, ritos y tabúes del psicoanálisis para forzarme que hiciera tal o cual cosa en favor de mis hijos. 


También noté que no sólo estaba enfocado en mis hijos, sino en todas las personas que me importaban. 


Me pareció que su estrategia o furor o las dos cosas era de una sabiduría brillante y una dignidad muy hermosa.






miércoles, 3 de diciembre de 2025

Brindis

A la salida de una conferencia una mujer me saludó.

Era evidente que me recordaba. Yo no tenía idea de quién era.

— Tuve una consulta con vos, hace quizás 30 años —me dijo, sonriendo.

— Perdón, creo que no te recuerdo. ¿Te atendí por mucho tiempo? —le respondí.

Se rió.

— Por favor, cómo te vas a acordar. Tuvimos tres sesiones, a lo sumo. Yo tampoco te recordaría si no fuera por lo que me dijiste. Yo acababa de cortar una relación que había sido un torbellino y que terminó en una catástrofe. Por eso tuve las consultas con vos, y me dijiste algo que me cambió la vida. Yo era una chica, estaba partida al medio por la angustia y me dijiste “es algo que se mete con el sentido, ¿no?”

Tuve una ligera sensación de remembranza. Ella terminó:

— En ese momento supe que en toda mi vida sólo me interesa lo que se “mete con el sentido”. 

¿Por qué le había dicho “mete”? Entonces recordé que le dije la palabra muy a propósito. Había pensado en la palabra en portugués “mexe”, que es “meterse”, pero también algo más. “Mexer” es interferir; manipular, manosear lo que no está permitido tocar; intimar y cuestionar lo que otro protege. 

— Asumí plenamente que sólo me interesa meterme con el sentido y nunca pude volver a vivir de otra manera —concluyó.

Me miró a los ojos, me ofreció la copa para que brindáramos y brindamos.



 


martes, 2 de diciembre de 2025

Entre 98 y 140 segundos

— Disculpá, no te voy a seguir escuchando —me dijo Yamila —. No sigas hablando. 

Sentí cómo la sangre se me había subido de golpe a la cabeza, tenía la cara hinchada y calientísima, y sabía que me había puesto rojo como un pimiento. 

—Disculpá —me repitió—. Tardo entre 98 y 140 segundos en aburrirme cuando hablo con alguien que no está enchufado a algo que tiene sentido. Si no me hablan de por qué dicen lo que dicen, si repiten eternamente lo mismo que escucharon de otro que también se repite eternamente, siento que estoy con un cadáver que flota en una pileta.





Mente humana


 

La IA está haciendo que grandes masas de cientos de millones de personas tengan una sola mente.

Horroriza.

Pero en un sentido siempre fue así.

Se llama Humanidad, Cultura, Homos Sapiens Sapiens, Sociedad Humana.




lunes, 1 de diciembre de 2025

La máscara

1.  Chimpancé

No desconozco del todo que a los actores les sucede que un personaje al que se han dedicado con demasiado esmero, con un compromiso de vida, los posee, los secuestra, se los come, pierden la noción de quienes son, si el de antes de hacer el personaje o el personaje. De un modo similar, me pasó que, por gustarme una persona con quien nos pusimos a jugar a que éramos chimpancés, y luego seguir el juego solo, porque ya no la vi; seguir jugando para estar de alguna manera con ella, mi comportamiento empezó a cambiar. Y es un comportamiento que no tiene nada que ver con el de un chimpancé —o tal vez sí. En todo caso, no tiene que ver con las ideas más comunes de cómo se comportan los chimpancés. Por ejemplo, cuando me pongo a caminar como un chimpancé gano fuerza. Y el andar me insufla más fuerza aún. Me transformo en una persona muy decidida. No dudo: pienso en hacer algo y lo hago. Nada se interpone entre mi intención y la acción. 

Por otro lado, mi atención se concentra increíblemente. Suelo poner los objetos con los que opero muy cerca de mi cara, frente a mis ojos como si no viera bien, para observar nítidamente todos los detalles. 

En ese momento soy todo acción. No tengo reflexiones fuera de lo que hago. El tiempo, además, se acelera. Quiero decir, no es que el tiempo pase más rápido, sino que yo me muevo más rápido, percibo más rápido, y las cosas, que deberían hacerse más lentas, también se aceleran. Toda la realidad se resuelve de un palazo. 

Percibo cositas mínimas y no me importan los grandes movimientos. Esos los vi venir, los medí y estoy montado en ellos.

Al principio esto sólo me sucedía cada vez que me ponía en modo chimpancé. Sin embargo, con el tiempo el comportamiento chimpancé ha ido colonizando los demás momentos. Como el actor tomado por el personaje, el chimpancé me va poseyendo poco a poco.

Me pregunto si necesito una suerte de exorcismo o si llegará el momento en que ya seré completamente un chimpancé. 

Ya no sabré hablar, ni tendré ley, ni me importará nada de lo que poseo, de lo que he conseguido en la vida, de mis amigos, mis hijos, ya no tendré ética, ni deseos, ni decencia, ni dignidad, ni pasado. Abriré la puerta de casa, la dejaré abierta y me iré para siempre.


2. Energía 

Cuando uno duerme, la realidad es una, pero cuando uno está despierto, es otra. 

Además de estas dos realidades básicas, hay otras. Para los sordos hay otra, para los que han ingerido una sustancia psicotrópìca hay otra, etc.

Luego está el juego más fino, el de “qué ves cuando me ves”, es decir, jugar con la hipótesis de que la realidad es singular para cada persona —lo cual es muy fácil de desmentir: se ponen 100 personas alrededor de un gato y un perro, se pregunta cuál es el gato y todos señala al gato.

En todo caso, hay digresiones en algunos asuntos, pero entonces no se habla de diferentes realidades, sino de “percepciones subjetivas”.

Creo que estamos de acuerdo en esto. 

Pero si estamos de acuerdo, explíquenme por qué, en el rato en que me transformé en mi hermano Martín, la realidad se me apareció tan irremediablemente alienada como si estuviera en otro universo. 

Todo era tan irreconocible, que mis palabras no servían para señalar nada de lo que veía. No había materia, no había luz, no había espacio, no había sonido, no había vacío.

“Martín está loco”, pensé desde el interior de su mente. En ese momento, como para contradecir esa sensación, recordé algo que hablábamos con Martín cuando éramos adolescentes —sin siquiera entonces darle mucha importancia. 

La conversación seguía aproximadamente estas etapas: Martín decía que somos energía. 

Yo le contestaba que sí, que estamos hechos de energía, que la materia está hecha de átomos, que los átomos están hechos de partículas que son pura energía. 

Él me decía que sí, pero que había algo más. 

Entonces yo siempre le respondía que eso era una superstición new age, hablar de energía para hablar de algo misterioso, para hacerse el místico, pero sin ser religioso porque quería ser moderno. Hablar de la energía era una manera de decir espíritu, alma, ángeles y cosas así. 

Martín volvía a darme la razón, pero aún no se conformaba. Insistía en que no era un pensamiento, que las cosas eran realmente energía. 

Yo concluía diciéndole que por qué no le ponía otro nombre a la energía, y él concluía respondiéndome que porque era energía.

Con el tiempo ya no tuvimos más aquella discusión, ni ninguna de las muchas discusiones propias de la vocación filosófica de la adolescencia, sólo porque dejamos de ser adolescentes. Pero ahora que yo estaba en él, realmente veía todo como energía.

Sin embargo, ¿qué quiero decir? ¿Qué quiero decir, ahora yo, con “energía”? 

No sé. No puedo explicarlo, igual que le sucedía a Martín. Sin embargo, aún siendo un término absurdo, inútil, es lo más apropiado para hablar de la realidad que en ese momento era algo tan disparatado como si me mostraran una moneda y me dijeran “esto es un piano”, o como si me mirara en el espejo y viera un cocodrilo. La palabra que le da sentido a esas incongruencias es energía.


3. El viejo

Muchos queremos a un actor inglés, antimperialista, un viejo que fue toda la vida un fiestero, que se pasó 40 años ininterrumpidos drogado, borracho, en cualquier orgía, y ahora, aplacado por los 80 años, muestra que todo lo hizo con una dulzura virginal. En una película —no estoy recordando cuál— le dice a una mujer madura, con sumo respeto y calma: “yo tardaría diez minutos en enamorarme de usted”. 

Consigue ese efecto de los actores viejos, que mejor actúan cuando son más sinceros.
La actriz, con su mirada, está a la altura. También es su personaje quien responde con la mirada, y es a la vez ella, la persona que terminará la escena, terminará la jornada de filmación y se quitará el maquillaje, se pondrá su ropa, la llevarán a su casa, donde la esperará su pareja; cenarán, luego leerá un libro y le contará a su pareja, que el viejo le dijo que estaba enamorado de ella.
— Supongo que vos también de él —le dirá su pareja, y ella responderá:
— En un sentido, sí. Es un hombre tan honesto.