sábado, 5 de agosto de 2023

El plato azul cachado

Foto: Ana Belén Ruiz.


Así decía mi madre: “yo estoy para el descarte”.

Así hacía mi tía Tita: un plato —azul, hermoso, grande, que le había regalado un novio lituano, un galán de belleza masculina asombrosa—, ese plato azul se le cachó, perdió un pedacito y ella lo arrojó a la basura con violencia.

Las dos: total intolerancia con lo que es perfecto y se falla.

Una decepción indigerible.

Insoportable defraudación.

Mejor un fin infernal que un infierno sin fin.

Un fin infernal inmediato.

Cero sabiduría para aceptar la rajadura.

Las antípodas de ese arte japonés de arreglar cerámicos que se destrozaron, haciéndolos más bellos por reparados.

Lejos de la osadía de Takeshi Kitano, que hacía en sus películas primeros planos de su rostro maltrecho en un accidente de moto.

Mi madre y mi tía eran incapaces de afrontar que las cosas lindas se arruinaran.

La pérdida de la memoria.

Quedar paralítico por un accidente de auto.

La gordura que no se ha podido detener.

La boca torcida por una parálisis facial.

La calvicie.

Una joroba.

No saber ganar la plata suficiente.

Una escoliosis.

Ser ignorado.

La piel que cuelga.

Que queden pocos años por delante.

Y las dos sabían que la gente íntegra acepta, y que la gente sabia no sólo acepta, sino que se inviste de esas cicatrices.

Usan las cicatrices como maestras. Les sacan provecho.

La amargura en la boca les es tan amarga como a cualquiera, pero esas personas consiguen convertirla en liberadora.

El sufrimiento por la mancha, la fisura, el fracaso, la quebradura, la fealdad, un deterioro irremediable, las libera de la tiranía de la perfección.

Les hace entender que la perfección es una mentira, una ilusión, un sueño de una persona bastante tonta, una fantasía poderosa que sólo sirve para no poder vivir la vida.





2 comentarios:

  1. UD se me presenta, cuando lo leo, como el rey de la paradoja.
    A veces más, como en este relato

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