Ligeras anotaciones que hace Gustavo Ng de asuntos que piensa o encuentra escritos en libros mientras va en colectivo y luego comenta con tal o cual persona.
domingo, 26 de junio de 2011
Es infinita esta riqueza abandonada
esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría
al fondo de las calles encuentras siempre otro cielo
tras el cielo hay siempre otra hierba playas distintas
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
nunca supongas que la espuma del alba se ha extinguido
después del rostro hay otro rostro
tras la marcha de tu amante hay otra marcha
tras el canto un nuevo goce se prolonga
y las madrugadas esconden abecedarios inauditos islas remotas
siempre será así
algunas veces tu sueño cree haberlo dicho todo
pero otro sueño se levanta y no es el mismo
entonces tú vuelves a las manos al corazón de todos de cualquiera
no eres el mismo no son los mismos
otros saben la palabra tú la ignoras
otros saben olvidar los hechos innecesarios
y levantan su pulgar han olvidado
tú has de volver no importa tu fracaso
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
y cada gesto cada forma de amor o de reproche
entre las últimas risas el dolor y los comienzos
encontrará el agrio viento y las estrellas vencidas
una máscara de abedul presagia la visión
has querido ver
en el fondo del día lo has conseguido algunas veces
el río llega a los dioses
sube murmullos lejanos a la claridad del sol
amenazas
resplandor en frío
no esperas nada
sino la ruta del sol y de la pena
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
Edgar Bayley
(Gracias Camilo por hacerme leer los poemas que no tengo paciencia de ponerme a leer).
Perfecta fatalidad
Todo es transitorio, definitivo desde ahora hasta ahora.
La vida procede con absoluta indiferencia hacia sus criaturas. Perfecta fatalidad. Para que exista la vida, cada uno de los seres estamos obligados a ser combustiones que caminan.
Casa comigo
“Laqué, usté muy alimosa. Casa comigo.”
Así le proponía matrimonio el mozo chino Lo Yuao a mi tía Chela (Raquel). Él tenía 22 años, había llegado un año antes de Hong Kong con un contingente que instaló una fábrica y que había regresado. Quedaron en San Nicolás, que no había conocido antes chinos de verdad, tres muchachitos perdidos. Lo Yuao no tenía adónde volver. Su padre había muerto antes de que él naciera, su mamá (una mamá adolescente) lo dejó al cuidado de su abuela y huyó cuando él nació, la abuela había muerto de hambre durante la invasión japonesa. Y sin embargo, allí estaba Lo Yuao, rebrotando vida en un lugar disparatado del mundo, ofreciéndole su amor a otra adolescente. También aprendería piano, se haría cantor, fotógrafo y al fin pintor.
(Mi tía Chela rehuyó, para terminar casándose con un argentino que incendiaba todo a su paso, hasta que se quemó él mismo y la dejó viuda a los 26 años. En cambio, un compañero de Lo Yuao, otro mocito chino, sí tuvo éxito en su propuesta a una hermana de mi tía Chela, mi madre).
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| Acaso despechado, Lo Yuao se dio a la vida loca del playboy argentino. |
viernes, 24 de junio de 2011
Un hombre muy flaco y muy alto
Un hombre muy flaco y muy alto aguarda estático en la parada del colectivo. Tiene un bastón. Muy cerca de él hay una niña de unos doce años, también muy flaca y muy alta para su edad. Es evidente que se trata de su hija. Sólo deteniéndome a observarlos descubro que el hombre es ciego. Le dice algo a la niña y ella se ofusca y le discute, con algo de vergüenza porque hay gente alrededor. Llega, luego de una larga espera, el colectivo y suben. La niña paga los boletos y conduce al padre hacia el fondo, donde ha divisado dos asientos. Ella se ha alegrado de que hubiera asientos libres, y la cara del hombre también parece expresar contento, porque podrían sentarse, o acaso porque ha percibido la alegría de su hija.
En el camino hacia el fondo del colectivo, una mujer los detiene para pedirles que se sienten en el doble asiento que ocupaba sola. El hombre acepta con humildad y se sienta sin decir nada. Quedan en silencio. El chofer los mira por un espejo, también callado.
martes, 21 de junio de 2011
Julie
Julie es hermosa. Sería tan irremediablemente elegante en un barco llamado African Queen, entre el barro, los incruentos insectos de la selva y soportando a un hombre rústico, como lo es en su departamento de Recoleta. El costado más hermoso de su elegancia es su naturalidad. Julie hace sentir a los demás, sin que los demás se den cuenta, de que no hay ninguna diferencia entre ella, quien probablemente navegó de verdad en un barco llamado African Queen, y quien la visita —uno que se tapa la manga del pulóver para que no se note que está un poco deshilachado.
Julie ofrece con orgullo, sin permitir que se le rehúya, un té con “yuyos de mi balcón”. Luego habla de sus fotos. Dice que necesita mostrarlas, y que hace ya demasiado tiempo que la tienen atrapada los males del cuerpo. Entonces una sombra densa la oscurece. “No puedo…” dice, “y necesito tanto mostrar… tanta obra… ¿para qué?”, dice, y no puede reprimir un llanto de rabia. No da pena; llora altivas lágrimas dignas, de frustración porque quiere dar y no puede. Camilo llega hasta su lado y le toma la mano. El principio, pienso yo desde el otro lado, de una hermosa amistad.
Solsticio de invierno
Me parece que es algo así: con las noches cada vez más y más largas, algunos en la Patagonia andina cultivaban la ansiedad de que la noche se instalara para siempre y el día no llegara. La vigilancia se intensificaba desde el 21 de junio, pero en los días siguientes, comprobaban ritualmente que no sólo regresaba el sol, sino que empezaba a hacerlo más temprano. Se sancionaba entonces que ese sol, en su revigorización, fertilizaba la tierra, y así se anticipaba que en los meses siguientes, ésta volvería a parir la naturaleza.
domingo, 19 de junio de 2011
Tomás prestado el mundo que le pertenece a tus hijos
Hoy es el día del padre, aunque es más importante que sea domingo, día de la semana que veo a mi hija Irina para charlar de cómo va en la escuela. Desde que tuvo dos años y hasta hace unos meses Irina siempre estuvo los fines de semana conmigo, pero cuando cumplió los 15 me pidió decidir si quería venir a mi pequeño departamento del centro de Buenos Aires, y desde entonces se emancipó. Hoy no es un día del padre de mierda porque no esté con ella ni sus hermanos, sino porque siendo domingo no puedo estar con ella. Anoche tuve un ataque de espasmos muy fuerte de la nada, habiendo estado todo el día bien, y temí que me volviera a suceder hoy mientras estuviera con ella.
Los espasmos me han sacudido desde que subí por el interior de un molino de viento hasta el generador y luego, empapado de sudor, salí al cielo a sacar fotos. No debí hacerlo, porque estaba engripado, y haberlo hecho terminó con que Irina no me tiene para que apoye su difícil camino en la escuela.
Le conté el tema a Gisela, “soy culpable”. Me corrigió, “culposo”, y terminamos conformándome con que quizás darle un padre que atrapó la oportunidad de trepar por el cogote de un dinosaurio y luego remontarse en el cielo, es mejor que darle un padre cumplidor, pero algo mequetrefe.
Hablamos esto cuando nos despertamos, mientras saqué para ver unos viejos álbumes en que mi madre guarda fotos de sus primeros años con mi padre. Gisela me preguntó por la historia de mi padre, pero no creo que fuera por el día del padre, fecha que no recordamos hasta más tarde. Sólo tenía curiosidad por mi papá. Gisela es pura intuición talentosa.
Yo había visto esas fotos hacía muchos años. Hace unas semanas se las pedí a mi madre, pero no las había mirado hasta esta mañana. Así, descubrimos juntos a mi papá adolescente, a sus amigos chinos, sus hermanos, lo vimos nadando en el mar en China, el barco que lo trajo, luego en Argentina, andando a caballo, cazando, jugando con mi tía Tita, casándose con mi madre, jugando al tenis. Intenté explicarle a Gisela por qué no sé nada de China, mi origen: todos en la familia de mi madre eran intensamente endógamos y los parientes políticos que se sumaban casándose con un hermano o una hermana eran culpados de arrancarlo o arrancarla del grupo, y por tanto eran hostigados con un rencor violento. Esa familia se adueñaba de los chicos y los ponía en contra de su padre o madre política, como fue mi caso. Cuando mi padre hablaba por teléfono en chino, con mis primas, pero también con mi madre y su hermana, íbamos a escucharlo para reírnos. Mi padre nunca intentó disputarme a la familia de mi madre; nunca me dijo: “vos sos un Ng”. Cuando empecé a sentir curiosidad por mis orígenes y fui a preguntarle, se puso defensivo y agresivo. De algún modo me decía “lo que yo soy, mis ancestros y mi pasado, deben ser venerados, no burlados”. Me sentí como habría de sentirme años después como etnógrafo, demandándole a unos indios medio muertos que me explicaran sobre el trabajo de las mujeres, por qué no se iban a las ciudades o por la propiedad de la tierra: un insolente. Y allí se quedó mi herencia.
Cuando viene el día del padre, pienso en mi padre y en mí. Pero sobre todo pienso en mis hijos. Me resuelve muchos temas irresueltos esa frase “no heredas el mundo a tus hijos, sino que lo tomas prestado de ellos”. Ese mundo, claro, me incluye.
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