domingo, 6 de noviembre de 2022

Individuos y hombres

 1.

Los que renegaban contra Freud, Lacan y todo el psicoanálisis burgués decían que llamaban conocimiento al reconocimiento.

O sea, que no era un conocimiento creativo, sino sólo técnico.
Por ejemplo, el conocimiento que no es otra cosa que reconocimiento, trata a las personas como “individuos“, o sea, como unidades Indivisibles.
Esto habilita pensar en una sociedad en que no existen los individuos. En cambio, se irían conformando unidades de modo fluido. No se trataría con individuos sino con las condiciones que a veces conforman individuos, sin que esto sea un tema relevante.
Otro ejemplo: analizamos el fascismo en una sociedad. No tiene importancia identificar individuos fascistas, porque el fascismo cristaliza en grandes o pequeños cristales, por largo tiempo, o sólo ante un episodio.
Y un ejemplo más: estoy en este grupo. No me conocen, y en cuanto me conocen, no les parezco alguien interesante. 
Ahora bien, si no hablo, no se me ocurren ideas. Así vivo. Si no se me ocurren ideas, no soy yo. En cambio, soy el yo de este grupo, alguien infecundo. Me conviene no acercarme a nadie, para preservar el que soy útil, el que tiene ideas. Entonces sigo el diálogo solamente con mi gente.
“Sentí que me volvía loca“ contó mi madre de una época en que vivía en Estados Unidos. “No hablaba con nadie. Al final, andaba vestida de cualquier manera, le decía cualquier cosa a la gente en la calle“.
Eso es la alienación.
Una persona no es un individuo sino una parte de algo. Mi madre era como una abeja desvinculada de la colmena.

2.

Individuo y hombre


El individuo existe, pero sólo como parte de una determinada realidad construida. 
Fuera de esa realidad, el individuo puede no tener entidad. 
Esto lo han instalado para siempre Gilles Deleuze y Félix Guattari.
 
Lo mismo sucede con el hombre. 
Esto lo ha instalado para siempre Donna Haraway, con su habilitación al concepto de ciborg: un híbrido de organismo y màquina, siendo que el organismo no es una unidad porque forma unidades con otras (sociedad) y a su vez está compuesto por una cantidad profusa de unidades (bacterias, ácaros, etc.), y que una máquina es toda construcción que complementa las construcciones de la naturaleza (por ejemplo,internet,  el caminar en las extremidades inferiores, el músculo vivo inventado por Yuya Morimoto, del Institute of Industrial Science, Universidad de Tokio, integrado en la estructura de un robot, el lenguaje, internet, dios, etc.). 
No es posible decir que se trata de delirios conjeturales y teorización disparatada, porque los dos postulados los tenemos debajo de nuestras narices, especialmente en la pandemia.
Por ejemplo, la derivación de que la dominación a través de la tecnología hace cyborgs a las personas manejándolas a través del deseo y el placer, el control tecnológico y la desaparición.
 
Sin embargo, aún con la vertiginosidad de la comunicación, todavía no nos hemos puesto a pensar en estos dos temas, que son uno, destinado a revolucionar la realidad.

domingo, 30 de octubre de 2022

5 a 4

En Beijing hay un gestor de política internacional, que organiza incansablemente actividades para la integración entre China y América Latina.

Se le ocurrió que hiciéramos un partido de fútbol entre los periodistas latinoamericanos que vinimos con un programa de residencia periodística y unos chinos.

Hubiera estado bien que hiciéramos un picado en cualquier lugar donde había pasto, pero entre la dimensión diplomática en que estamos envueltos y el hecho de que los chinos no conocen el concepto de “picado“, terminaron organizando un partido como si fuéramos profesionales.


Del lado nuestro había dos pibes que la movían, pero el resto no teníamos idea o estábamos pasados de edad, ninguno con el mínimo entrenamiento. 

Jugar en una cancha grande era un despropósito, un disparate que explica que el fútbol no tiene ninguna chance en China.

Un chileno y un uruguayo con un mínimo de sensatez dijeron que no iban a jugar ni locos. Con mi falta total de sensatez, me puse la camiseta de Boca y me metí en la cancha.


En dos semanas cumplo 60 años, en toda la pandemia no entrené, no solamente por la pandemia, sino porque hace dos años me encontraron unos problemas en la columna y me recomendaron caminar pero me prohibieron trotar. Lo mismo me puse la camiseta con gran entusiasmo, cuando la realidad era que estaba para hacer como hacen esos presidentes muy viejos en la inauguración de un campeonato, que dan la patada inicial y se alejan del medio del campo con un bastón y ayudado por dos asistentes.

¿Por qué insisto en jugar al fútbol? 

Porque un día quiero jugar bien (eso desde los 7, 11 años). 

Porque algún día quiero meter un gol. 

Porque un día quiero ser argentino. 

Porque algún día quiero ganar.


En el partido de ayer, obviamente me lesioné. 

Obviamente a los dos minutos. De la manera más tremenda —no solamente di con la punta de la clavícula de metal contra el piso, que encima no era de tierra y no absorbió el golpe, sino sobre todo, porque me caí solo.

¿Quiénes se caen solos?

Los demasiado torpes, pero sobre todo, los viejos.

Frase que hemos escuchado muchas veces sobre una abuela que vivía sola: “se cayó y se quebró la cadera“.

No puedo mover el brazo, la clavícula de metal me pegó contra las cervicales y no puedo mover el cuello ni la cabeza. Tengo como una pelota de rugby en todo el hombro. No quiero ni pensar lo que pasó ahí adentro, entre los tendones y las carnes que crecieron injertándose en el titanio. 


Este es el precio por no querer aflojar. Muchos amigos se alegraron cuando les dije que venía a China, pero otro uruguayo, otro sensato, me dijo: “¿a qué vas otra vez?¿ No tenés suficiente?


¿No tengo suficiente?


No volveré a jugar al fútbol. No volveré hacer un deporte, salvo Tai Chi, o mejor aún, Damas.

Pero ¿qué voy a hacer con aquellas ganas de meter un gol?


Además, yo pasé vergüenza e hice el ridículo, pero el otro pibe argentino la descosió y ganamos 5 a 4.






Libre de mi padre, libre de los pobres

Lucas 14:5: Cuando le reprocharon a Jesús que no observaba la ley que mandaba descansar los sábados, él dijo que “¿quién de ustedes a quien se le caiga un hijo en un pozo, no lo rescatará porque es sábado?”

Escucho argumentos contra el Gobierno chino por imponer restricciones desmedidas en la cuarentena. No hace falta que yo esté a favor de Xi Jinping-presidente vitalicio, ni del Partido Comunista chino con sus carcamanes capaces de devorarse tenistas adolescentes de una dentellada para que pueda percibir que las críticas por las políticas que evitan muertes por Covid-19 son insensatas y están habilitadas por la pérdida del sentido de la solidaridad y del sentido humanista de tribu o comunidad, familia, sociedad.

¿Quién que vea a su padre entubado en una cama de un hospital, un padre que estaba muy bien tres días atrás, un padre que tiene 20 años por delante; quien si viera que su padre morirá en unas horas, no volvería, si le ofrecieran los carcamanes cocodrilos, cinco días atrás para quedarse en cuarentena un año entero, si ese fuera el precio para que su padre no muera?

¿Quién diría “que se muera, yo quiero ser libre”?

¿Cuál es la libertad que ganaría?




Esto me lleva a pensar que en Argentina hemos perdido ese sentido de familia, de gente, justamente nosotros, que conseguimos hazañas en derechos humanos.

Hay personas con hambre, y ¿quién de nosotros, si tuviera frente a sí una fuente de fideos y en la misma mesa un chiquito que ha comido muy mal los últimos meses, no le serviría un plato? 

Porque el chico no está en nuestra mesa, negamos por completo su existencia. 

La Iglesia del Papa, los sindicatos, el Gobierno, todos los gobiernos, el peronismo, los clubes de fútbol, las iglesias evangélicas, los clubes de barrio, las organizaciones sociales, ecologistas, feministas, las empresas con su Responsabilidad Social Empresarial, las Damas de la Caridad, las colectividades extranjeras, deberían tomar este tema en sus manos. 

¿Cuál es la libertad que ganamos con la indiferencia ante la vida desastrosa de dos chiquitos de 8 y 11 años, sin papá, con la mamá internada en un lugar para adictos, que viven con una abuela en una villa, con otros cuantos nietos, que se alimentan en la escuela y se están quedando ciegos por una enfermedad congénita y las maestras no consiguen que se les de cobertura social?


Nadie va a negarse a compartir un plato de fideos.

O quizás sí.

Quizás alguien se niegue a compartir un plato de fideos, y quizás alguien diga “mi padre, que se muera, yo quiero ser libre”.


viernes, 28 de octubre de 2022

Lo de perro

Llegué a China podrido de la gente. 

Unos días antes de salir, aún en Buenos Aires, decidí que en el viaje no buscaría hacerme amigo de nadie, contradiciendo mi tendencia esencial de seducir para que me quieran.

Había ganado con plena claridad la certeza de que me entiendo con los perros y los niños y que la gente se me hace pesadísima.

Una noche, llegué a una reunión de gente que estaba al lado de un arroyo que atraviesa parte de Beijing, y encontré una chica tan fresca, espontánea y natural, que no parecía natural. Era demasiado natural. Le dijo a mi amigo, que es un influencer famoso, que siempre veía sus videos y que no podía creer qué lo tenía en persona a su lado, y que estaba loca de amor por él, y lo abrazaba y se reía.

Algo en mí, lejos de mi conciencia, me hizo comprender que la chica era tan espontánea, fresca y natural como un niño o un perro, y mi corazón se alegró como si hubiera sido liberado de una maldición, o como si fuera redimido. 

Me dio esperanzas, quería jugar con ella a corrernos, hacer con ella lo que surgiera, gritarnos, mordernos, reírnos. Me hizo sentir completamente libre.

Al rato se quedó dormida, tirada sobre el césped. La miré dormida lleno de amor.

Volví a verla una semana después. Corrí hacia ella e hice lo que solía hacer hace muchos años con mis amigos queridos: la alcé, la tiré para arriba, aprovechándome de mi bestialidad y mi fuerza.

Y he aquí que la chica se zafó espantada, como si yo fuera un desquiciado, o un degenerado, o algo así. No sé si vi horror o asco en sus ojos, pero sí una reprobación total, una advertencia muy dura, “no tengo nada que ver con vos“.

Yo sí me llené de susto. En un instante, todo se me vino abajo.

La escena fue tan abrupta que un rato después empecé a darle mil explicaciones a la chica para disculparme, intentando contarle lo que estoy contando aquí.

Me escuchó con una distancia que me mantenía helado. Me enredé y redundé mil veces con mi idea porque pensaba que si ella la entendía, no seguiría condenándome, pero ella mantuvo los mismos ojos de águila despiadada.

Al final dijo:

— No entiendo lo de “perro”.

Le iba a explicar por enésima vez, pero comprendí que me estaba espetando una afirmación, y que no le importaba lo que yo pudiera decirle.

Así que con esa chica, tampoco.

Nada.

Nada de nada.

Seguí distante del grupo con el que trabajaba, cada vez más solo y más harto.







La canción

La canción que más escuché una vez que este viaje se me empezó a hacer largo fue In the Mood for Love.


Primero la ponía en Spotify. 


Luego ya empezó a sonar sola. 


Todo el tiempo.


La escuchaba cuando andaba por los largos trayectos de conexión de una estación de subte a la otra —interminables pasillos, escaleras altas; más pasillos, más escaleras, gente y gente, toda la gente parecida entre sí, todos desconocidos.


¿Recuerdan el tema? El tiempo vuelve a empezar. Tiene ritmo de vals. El vals es eterno. Y andar por los pasillos y escaleras que conectan estaciones de subte es como un sueño que no termina.


Se anda y se anda, buscando algo, esperando encontrar a una persona en particular, con quien sucederá algo, algo como una puerta que se abre, y entramos y nos encontramos en un lugar lejano, y vivimos algo que nos hace ser dos personas que no éramos, pero que seguiremos siendo en un lugar recóndito de nuestro interior una vez que esto haya otra terminado.


Porque esto está destinado a terminar.

miércoles, 26 de octubre de 2022

La mano en el rizoma

Cuando uno se agarra de la mano con las otras personas con las que está, se arma el rizoma, la trama de raíces. 

Las raíces que hacen una sola trama. 

Las raíces que son una sola raíz. 

Cuando se sueltan las manos y alguien queda desconectado, ve que empiezan a abrirse las puertas de los placares y de las habitaciones remotas y empiezan a entrar los muertos, la locura y los demonios.

miércoles, 12 de octubre de 2022

Cualquier cosa que escribo

Tengo una charla con el dueño de un restaurante. 

Me interesa bastante su historia. Hago algunas anotaciones con letra de médico aisladas, perdidas en las hojas en blanco de un cuaderno.

Cuando llego a casa me dispongo a escribir tres párrafos sobre la charla, y cuando estoy casi transcribiendo las anotaciones en un hilo sintáctico mínimamente correcto, me aparece el bicho y me hace escribir.

Entonces, lo que escribo levanta vuelo. Empieza a ganar alma. Escribo para encontrar algo que había en la situación. Mientras lo escribo, lo voy creando. Y eso que se va a creando es diferente a la situación, pero fue suscitado por la situación Es una tergiversación. 

Naturalmente, miento: agrego detalles, le hago decir al entrevistado cosas que no dijo, mi relación con él es diferente, yo soy diferente, aparecen cosas que no había, aparece otra persona.