viernes, 17 de marzo de 2023

My Lai, 55 años

 


La película The Banshees of Inisherin, Los espíritus de la isla, mereció el Oscar.

Su director, Martin MacDonagh, hizo Seven Psychopaths, que presenta a un vietnamita que desata su venganza personal tras haber perdido a su esposa e hijos en la matanza de My Lai, en Vietnam.

Una de las secuencias de Platoon, de Oliver Stone, está inspirada en aquel asesinato masivo.

Hace dos días se cumplieron 55 años del episodio.

Los soldados violaron a las mujeres y las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las casas hasta dejar el poblado arrasado por completo. Luego reunieron a los supervivientes en una acequia y un oficial disparó contra ellos y ordenó a sus hombres que hicieran lo mismo hasta matar a todos los habitantes de la zona.

Se estima que fueron asesinados entre 347 y 504 personas.

Hechos como este no se van de la cabeza de los soldados que estuvieron allí, ni tampoco del inconsciente colectivo. Lo revuelven, lo trituran, lo torturan.

Quizás son demonios que toman posesión de las personas, o quizás las personas, al cometer atrocidades, producen demonios que quedan sueltos entre ellas.

De episodios como la dictadura del 76 en Argentina o la matanza de My Lai puede salir la sabiduría de evitar la guerra o desatar la desesperación loca por iniciar otra, por matar.

O por entrar en una escuela y dispararle a niños y adolescentes.

jueves, 16 de marzo de 2023

Mariposa de Otoño, de Gustavo Ng - Capítulo 5 - El cocinero de la tele

 


 En una época, cuando yo la visitaba en San Nicolás, le dio a mi madre por poner a la gente ante dilemas como un boxeador muy fuerte pone a un mequetrefe entre las cuerdas.

“Dejá de dar vueltas, decime ya, ¿hago papas fritas o fideos?”, me interpelaba. Si yo osaba cuestionar la ofensiva, “qué sé yo, sos vos la que cocina”, mi madre montaba en cólera.

“¡No! ¡Decime vos! ¡Vos sos el invitado!”

Con el tiempo aprendí a responder de manera automática:

“¡Puré!”.

Pero, claro, no era tan fácil. No era cuestión de decir cualquier cosa, porque inmediatamente después de la respuesta uno tiene que responsabilizarse.

“Pero, puré me pedís, ¡si no tengo nuez moscada!”

Sin embargo, era preferible ser el culpable de su indignación que convertirse en objeto de su ira.

 

A la que tiene en jaque a cada rato es a su hermana Tita. Entre muchos hermanos, mi madre es la hermana menor y Tita es la mayor, por tanto la encargada de dirigir la vida de los demás. En su momento, le llegó a prohibir a mi madre que estuviera de novia con mi padre porque él era chino.

“Te va a llevar lejos”, le vaticinó.

Pero perdió la partida ante la tozudez de mi madre, y cuando mi padre finalmente llevó a mi madre lejos, invitaron a Tita. Recuerdo a mi tía muy contenta, en el restaurante que recién había estrenado mi padre en Nueva York.

Ya pasaron muchos años de aquello y ahora mi madre la cuida porque Tita tuvo dos derrames cerebrales y quedó medio parapléjica. Ya tiene más de ochenta años. Y demencia senil.

“¡Tita, respondeme!”, le demanda mi madre, olvidando que Tita no puede hablar. Sólo hace unas señas, unas indicaciones con la mano y algún sonido gutural. Por ejemplo, cuando una vez mi madre le preguntó “¿querés ir a ver la televisión o querés ver cómo cocina Gustavo?”, respondió algo así como “ao” y mi madre puso la silla de ruedas de Tita frente a mí para que me observara.

Yo sé que Tita nunca me ha querido mucho y no hemos tenido mucha comunicación, pero no soy tan descorazonado, y me apena un poco verla derrumbada y la vida que lleva, de modo que aquella vez se me ocurrió hacerle un show. Comencé a imitar a los cocineros parlanchines y desfachatados de la televisión, muy ocurrentes, algo locos, siempre simpáticos, y le fui relatando todo lo que hacía, hilando pavadas en un discurso sin fin.

“Ahora vamos a rehogar la carne junto con el pimiento en aceite de oliva, porque se ha puesto de moda el aceite de oliva, ¡algo nunca visto!, fíjese usted, Tita, que ahora el aceite de oliva es el jugo de los dioses, cura todo, es lo más rico que sale de la naturaleza, cuesta una fortuna y con sólo mencionarlo ya es usted una persona distinguida. Yo no sé por qué vale tanto ahora, será porque lo sacan de unas cositas tan chiquitas como las aceitunas”…

Tomé un pollo entre mis manos, “¡pero qué pollo tan extraño me han traído! No es un pollo cualquiera este, fíjesé, Doña Tita, que es un bailarín (hago bailar el can can al pollo). ¡Ay, Dios mío! ¿De qué ballet lo habrán sacado? Es muy preocupante, porque una compañía de ballet no es lo mismo si le falta el primer bailarín pollo. Ahora tengo que untarlo de mostaza, miren como queda... Pero él debe estar acostumbrado al maquillaje... Y si al salir del horno volviera con los otros pollos bailarines, ¿qué le dirían? «¡Primer bailarín, dónde has estado! Seguro que en el Caribe, con ese bronceado tan bonito que tienes». No, no vamos a dejar que se burlen de él, de modo que lo comeremos”. Y así.

Vi que mi tía estaba de lo más entretenida. Se reía de mi tono y de que me hiciera el loco.

Me pregunto qué pensaría de la escena Tulo, el gato viejo anaranjado, que siempre duerme por ahí, sobre la ropa recién planchada o en lo alto de una alacena. Cada tanto veo que nos mira y me ha parecido que de algún modo nos reprueba. Como sea, desde entonces con Tita hemos persistido en nuestro encuentro. Cuando llego a la casa, ya mi madre me tiene preparados los utensilios de cocina y en cuanto elijo qué comeremos, aunque refunfuñando, dispone los ingredientes y ubica a Tita para que pueda verme en primera fila.

 

 

Animal asustado

 La pandemia hizo nacer en mí un animal que sólo vive asustado, quiere que toda la realidad se apague y quiere correr a dormir enrollado sobre sí mismo en el fondo de su cama.

 

Sostén


Tal vez el horrendo y fascinante descubrimiento que hace un hombre de que está enamorado de su madre o de que fue él quien, a los tres años, asesinó a su hermanito, no resulta en ningún beneficio.

Tal vez lo que sí le repare en parte el alma es que otra persona esté en el momento del descubrimiento y le ayude a sostenerlo.



miércoles, 15 de marzo de 2023

Mariposa de Otoño, de Gustavo Ng - Capítulo 4 – Lo Yuao



CASA COMIGO


“Laqué, usté muy alimosa. Casa comigo.”

Así le proponía matrimonio Lo Yuao a mi tía Raquel. Él tenía 22 años, había llegado unos meses antes de Hong Kong con un contingente que instaló una fábrica textil y que ya había regresado a China. Quedaron en San Nicolás, que no había conocido hasta entonces chinos de verdad, tres muchachitos sueltos. Lo Yuao no tenía adónde volver.

Su padre había muerto antes de que él naciera, su mamá (una mamá adolescente) lo dejó al cuidado de su abuela y huyó.

La abuela había muerto de hambre durante la invasión japonesa. Y ahora, aquí estaba Lo Yuao, en un lugar disparatado del mundo, ofreciéndole su amor a otra adolescente.

Con el tiempo, también aprendería piano, se haría cantante, fotógrafo y, al fin, pintor.

 

 

 

UNA PARTIDA DE AJEDREZ CON LO YUAO

Hacía mucho que no jugaba una partida con Lo Yuao. Llevábamos casi trece años sin vernos y me aparecí sin avisarle una tarde de invierno helada, en su pequeño departamento porteño, abarrotado de cuadros, libros, fotos y pilas de antiguas cajitas polvorientas y ajadas. Por todas partes, como esos pastos que estallan en la tierra árida de las planicies de la Patagonia, grupos de lapiceras, pinceles y lápices se erizaban tiesos.

Lo Yuao había formado un laberinto en un lugar donde apenas cabían una cama, una mesa y una heladera. Era un laberinto que casi no dejaba espacio para moverse, pero hecho a la medida de su único habitante, un hombre diminuto. Muy viejo ya, parecía una hoja transparente con un mínimo de ser, que persiste unida a su rama cuando las demás ya fueron arrancadas por el viento. Esas que, de tan livianas, ni el aire ni la gravedad, notan su existencia.

Hablamos del frío. Él recordó que nunca hacía un clima tan cruel en el lugar donde nació. “Pareciera que va a nevar mañana”, me dijo, y comentó que había escuchado que hacía casi un siglo que no nevaba en Buenos Aires. Luego hablamos desaprensivamente de algunas cosas de nuestras vidas como si sólo nos hubieran sucedido eventos casuales. En realidad, nos estábamos diciendo que lo importante era estar vivos.

Sin embargo, yo me había mudado varias veces de país, me había casado, había tenido tres hijos, había logrado formar una buena biblioteca y la había perdido. Él asintió brevemente cuando le fui contando esos episodios, pero no hizo preguntas ni mostró excesivo interés, como si hubiese sabido desde muchos años antes cómo se desarrollaría mi vida.

La primera foto de mí cuando era chico, que mi madre le mostró a mi mujer, fue tomada por Lo Yuao.

Yo tenía cuatro años y él había puesto una casa de fotografía en San Nicolás. Fue su apuesta para independizarse de la fábrica y radicarse en el país definitivamente. Lo que marcó su dirección contraria a la de sus paisanos chinos, que volvieron a Hong Kong o emigraron a Estados Unidos.

Mi padre también se iría unos años después, cuando sus hijos estuviéramos lo suficientemente criados para él, aunque a medio criar según mi madre. Ahora habían pasado 36 años del día en que Lo Yuao me había sacado la foto. Lo Yuao fracasó con la casa de fotografía y se mudó a Buenos Aires, donde terminó al fin haciéndose un bohemio.

Fue pintor, aficionado a la música clásica y al tango, y un amigo estimado por el grupo con el que compartió años de charlas y cafés en un bar del barrio de Tribunales. Se mantuvo con los ingresos que obtenía como perito judicial, sacando fotos de firmas de malandras y estafadores.

Cada domingo iba al Club Argentino de Ajedrez, donde jugaba partidas en el tiempo imposible de los domingos a la tarde.

Había vuelto a hacerse solo en Argentina, después de que se hiciera solo en Hong Kong. Una vez le pedí que me contara su vida. Cuando aún era un bebé de pecho su padre, un padre de dieciocho años, murió, y su madre, menor aún, lo abandonó para que lo criara un tío. Antes de los diez años el pequeño Lo Yuao fue a refugiarse con su abuela por los maltratos de su tío. Viejo ya, me mostró en las piernas cicatrices de castigos despiadados de aquellos tiempos. La abuela murió pronto y Lo Yuao se presentó por las suyas en un orfanato que regenteaban los ingleses.

Cerca de su cama, en su departamento pequeño como un bote, había sobre una mesa y al lado del teléfono, la foto de la novia de Lo Yuao. Fue una novia que vivía en Hong Kong, a quien Lo Yuao mandó todos sus ahorros, pero ella desistió de venir. Luego de aquel episodio, muy lejano, ya no tuvo novia.

Cuando fui un joven que recién llegaba a Buenos Aires para estudiar en la universidad iba a visitarlo porque era un paisano de mi padre, más que un tío: un testigo silencioso de un pasado en común. Admiré con asombro sus cuadros y luego toda su vida, hasta escribir incluso su biografía.

Siempre jugábamos al ajedrez.

Yo había terminado por aprender que no tenía mayor trascendencia lo que podíamos decirnos con las palabras, y que si habríamos de entendernos, sería con el lenguaje desplegado en las partidas.

Nuestras partidas se asemejaban unas a otras, invariablemente. Lo Yuao se interesaba por la repetición en que caíamos, pero yo terminaba ofuscándome, ante lo cual parecía divertirse. Mis aperturas siempre eran impetuosas, con un ataque a la vez masivo y profundo, y luego él iba afirmándose en el control del juego con una defensa que simulaba ser frágil pero resultaba inquebrantable, porque la tejía lentamente con paciencia y tenacidad, y la aplicaba con una inteligencia pudorosa.

Y así era, otra vez, la partida que jugábamos en la tarde despiadadamente helada, luego de tantos años sin vernos.

En mi arremetida sentí la contundencia que yo había ganado en los años sin vernos, con experiencias en lugares remotos, pérdidas, la responsabilidad de la familia, las decisiones que debí tomar.

En un momento se me hizo patente que Lo Yuao no podría resistir; le había comido demasiadas piezas claves, había montado un esquema de ataque demasiado poderoso. Pero otra vez fue apareciendo, como desde el fondo de una vida, aquella resistencia de Lo Yuao. Poco vital, sin fuerza, con un ánimo casi imperceptible, pero con el último núcleo sólido forjado en un metal que no podía ser destruido por ninguna violencia.

Dije en voz alta “pero qué cosa, Lo Yuao, siempre lo mismo”, y él contestó con la sonrisa natural con que quitaba importancia a las cosas. Era agradable que todo siguiera igual entre nosotros. Todo estaba correctamente en su sitio.

Pero entonces Lo Yuao cometió un error imposible. Fue un movimiento tan ingenuo que me desconcertó, sobre todo porque no concebía que él no tuviera en mente como yo, que si hacía aquello le haría jaque mate en no más de cinco jugadas. Estuve un rato estudiando la situación, queriendo descubrir una estrategia o una trampa. Cuando finalmente acepté que se había equivocado (y todavía él no se daba cuenta), se lo advertí.

Lo Yuao abrió los ojos con sorpresa, miró con asombro el tablero y dijo “ay, sí”, y volvió la pieza atrás. Yo me sentí de golpe desamparado y, en ese momento, me sobrevino todo lo que había querido a Lo Yuao desde chico.

Tuve una necesidad compulsiva de abrazarlo, pero nos mantuvimos cada uno al borde de su banqueta, inclinados impasibles sobre el tablero, mirando las piezas.

Luego, naturalmente, me ganó la partida.

 

 

CHAT CON DANIELA

Yo: Hace unas semanas se me murió Lo Yuao.

Daniela: ¿El que vino con tu papá de Hong Kong?

Yo: Ese. Era lo que pude atrapar de mi papá.

Daniela: Te quedaste sin maestro de caligrafía.

Yo: Era muy pobre. No dejó herencia, pero me quedé con sus pinturas, los cuadros, libros... Mi departamento está atiborrado de todo eso. A veces me dan ganas de tirar todo. Después se me ocurre que tal vez a mis chicos se les despierte alguna vocación de arte, o por China, y quizás estas cosas les vengan bien.

Daniela: Me acuerdo de él. Jugaban al ajedrez.

Yo: Sí.

Daniela: ¿Tuvo funeral?

Yo: Sí. Llegué a la sala de velatorio... ¿así se le llama en tu país?

Daniela: Si, se llama así, también.

Yo: Llegué allí a medianoche. Había muerto pocas horas antes. No había nadie en los sillones, ni en la cocina, ni nadie en la sala donde estaba el cajón. Sólo estaba el cajón. Y adentro Lo Yuao, pequeñísimo, perdido entre los pliegues de una mortaja flaca. Era raro. A los velorios de la gente de mi familia argentina, van multitudes. Me senté y me quedé sin pensar mucho. No sabía qué hacer. Terminé quedándome toda la noche.

Daniela: Te imagino allí, solo... Claro que era extraño.

Yo: Todo fue raro. Al día siguiente los sauces, los paraísos, las palmeras y los palos borrachos estaban nevados. Nevó en Buenos Aires como si siempre nevara. Era irreal la nieve, tanto como que Lo Yuao hubiera muerto.

Daniela: ¿Y no llamaste a alguien?

Yo: Pasada la medianoche llegó Camilo con su mujer. Creo que a nadie más le enseñó caligrafía china, sólo a Camilo y a mí. Yo iba por el legado, o algo así, pero Camilo tiene una afinidad tremenda con la poesía china. Llegó a la noche y después volvió a la mañana, antes de ir a trabajar. Luego, recién al mediodía llegaron dos o tres chinos que yo no conocía.

Daniela: Debe haber sido extraño pero a la vez muy íntimo.

Yo: Sí, alguien en mí me preguntaba si no le tenía miedo al muerto o a la muerte. No toqué el cadáver porque me daba impresión, pero me sentí con la misma paz que tenía él, y lo acompañé toda la noche.

 

 

MUERTE DEL PINTOR LO YUAO

Ahora, tengo en mis manos la obra de Lo Yuao (Kowloon, 1933 - Buenos Aires, 2007), cantonés que quedó huérfano a los ocho años, padeció la atrocidad de la guerra en Kowloon, fue refugiado por misioneros ingleses y por un equívoco legendario, en su intención de buscar una vida mejor en los Estados Unidos, terminó en la Argentina. Escuchó que se reclutaban trabajadores para América del Sur, lo que interpretó como Sur de América, lugar que había conocido en la película Lo que el viento se llevó.

Llegó a San Nicolás, provincia de Buenos Aires, en 1954 con un contingente de chinos que tenían la misión de instalar y poner en funcionamiento la fábrica textil Estela. Terminado el contrato, los integrantes de la misión volvieron a su país o migraron a los Estados Unidos. Lo Yuao, en cambio, aceptó la traición que la traducción le había deparado como un sino y se quedó en el país del sur extremo, de hecho el más lejano de China. Pudo haber trabajado en la fábrica toda su vida, pero se marchó a Buenos Aires, donde fue cocinero en restaurantes chinos, puso un buffet y terminó dedicándose sólo a la fotografía. Mientras los peritos calígrafos le solventaron su modesta vida pagándole para que fotografiara firmas, se hizo artista y bohemio. La pintura ocuparía su vida hasta el final.

Lo Yuao debió compensar con paciente sabiduría e indeclinable sensatez la insustancialidad con la que lo habían lanzado al mundo sus padres adolescentes. Compensar le llevaría la mayor parte de su vida, pero aún tendría tiempo para ver cómo un pincel conducido por su mano dejaba un trazo de miles de años sobre un papel, o para recordar lo primero que vio de su nuevo país, un campo al amanecer, con el pasto verde cubierto de escarcha blanca, una bruma que velaba el horizonte y un caballo rojo inquieto, y el vapor que salía de su hocico. Desconocemos quiénes fueron sus maestros; apenas recordamos que mencionó haber concurrido a la Asociación Estímulo de las Bellas Artes. Con algunos compañeros hizo exposiciones marginales, algunas en casas de provincias. Recuerdo una especialmente, en el Bar Astral de la avenida Corrientes, ahora también extinguido.

En esos primeros tiempos Lo Yuao partió de cierto expresionismo, pero en algún momento abandonó la pintura occidental para entrar de lleno en la oriental. Dudamos que haya pintado en China porque pareciera que en Buenos Aires empezó de cero, pero podría haber sucedido que cuando era un diminuto huérfano en la guerra, los maestros que lo refugiaron lo hayan alentado a dibujar.

Sabemos que en Argentina tuvo un maestro que había llegado de Xi’An. Posiblemente adquirió de él la pureza de la técnica china de la pintura. No sabemos nada de ese maestro.

También los temas de muchos cuadros de Lo Yuao son chinos: los caballos, los tigres, las cañas de bambú, los paisajes de agua grande de río calmo, con botes antiguos y viejas montañas en el fondo. Sin embargo, el jugo nativo del Paraná subió por los vasos capilares de sus días y así como cantaba folklore mal pronunciado en el coro de la Asociación Cultural Rumbo de San Nicolás, en sus cuadros se colaban zapallos y bagres bigotudos.

Nutría esta convergencia la manía de Lo Yuao de dibujar todo. Todo lo que veía, todo lo que recordaba. En los últimos años, como era un hombre pobre, no podía comprar el papel de arroz necesario para el tipo de pintura que terminó haciendo. Artesano al fin, y argentino, encontró una solución de sobreviviente: comenzó a pintar en papel de cocina. Es que, repetimos, no podía estar sin pintar. Inauguró, de esta manera, algo así como un subgénero de pintura oriental, la pintura chinaargentina sobre papel de cocina.

Muchas veces con Camilo Sánchez nos sentamos en el departamento donde vivía el chino a mirar sus pinturas hasta sumergirnos completamente en el mundo del que emergen, un mundo perdido en un tiempo que nos resulta desconocido; delicado, solitario y sonriente.

En 2002 la televisión de Hong Kong hizo un documental sobre la vida de Lo Yuao. La joven china que escribió el guión cerró el programa con la siguiente escena:

Lo Yuao va solo en un antiguo y fastuoso coche del subte A, hermoso cofre de madera lustrosa. Mientras mira por la ventanilla como si pudiera ver otra cosa que no sea la oscuridad, se escucha el diálogo:

Entrevistador: Ahora que ya le quedan pocos años de vida, ¿no teme morir?

Lo Yuao: No. A veces me pregunto por qué no me surge ese temor natural.

(Silencio)

Entrevistador: ¿Qué piensa cuando se va a dormir?

Lo Yuao: Me acuesto y no pienso. Cierro los ojos y escucho los latidos de mi corazón, tu-túm tu-túm, tu-túm tu-túm, tu-túm tu-túm.

Entonces, el sonido pronunciado por Lo Yuao funde al sonido del carretear del viejo tren subterráneo.

Lo Yuao ya ha muerto, y sin embargo aún están vivos sus tigres, sus cañas de bambú temblando en la blancura, sus anchos ríos por los que navegan botes eternos, sus montañas patriarcales y sus bagres bigotudos del fondo del Paraná.

 

 

martes, 14 de marzo de 2023

Mariposa de Otoño, de Gustavo Ng - Capítulo 3 - Mariposa de Otoño

 


 Mi papá le dijo una vez a mi hermana Anita que su nombre en cantonés significa mariposa de otoño. Un nombre que es un poema.

Mi hermana ha amado a su padre en las mariposas. Y éstas le han hecho el regalo de ir a nacer en su patio de San Nicolás. Casi milagrosamente creció un ejemplar de la precisa planta a la que van a reproducirse las mariposas monarca.

Cuando termina el invierno la planta, que es una planta vulgar y pasaría desapercibida en un baldío cualquiera, entre los yuyos, los neumáticos que crían mosquitos en el agua de su interior, las bolsas de nylon sucias y medio enterradas, algunos escombros muertos, algunas botellas muertas, algunas maderas podridas; esa planta aparece adornada de crisálidas pardas, feas, pero que guardan en su interior las mariposas que más tarde nacerán anaranjadas con una perfección sobrenatural.

Mi hermana Anita roba las crisálidas y las lleva dentro de su casa, y para su absorto deleite en la intimidad, las mariposas nacen allí dentro. Revolotean por la cocina hasta que ella, su Reina, les abre la ventana. Las mariposas se marchan por el aire puro rumbo al cielo, hacia un lugar remoto, inalcanzable, al que ella jamás podrá ir.

Mi hermana las despide, llevando en su alma el mágico nombre que le ha puesto mi padre.

De adulta se ha enterado que quizás ha habido una confusión con el nombre, quizás no es mariposa de otoño sino de primavera, o quizás ni siquiera es mariposa. Pero ya no importa, porque la verdad del nombre de mi hermana, la verdad de ella, no está en un origen correcto, sino en lo que ella ha hecho.

El amor de mi hermana hacia su papá no está en la exactitud de la traducción, sino en las mariposas que supo criar para él.

 

San Nicolás, 5 de abril de 2016

lunes, 13 de marzo de 2023

MARIPOSA DE OTOÑO, de Gustavo Ng - Capítulo 2 - Mi Navidad china en Nueva York


De chico viví con la familia china de mi padre en un pequeño barrio de Nueva York, Little Italy. Los edificios de ladrillos con las escaleras de incendio, el vapor que sale de las alcantarillas en invierno, los parques con sus bancos y sus ardillas, los inmigrantes latinoamericanos, los chinos, los negros y los neoyorquinos bien vestidos, las tiendas enormes, el tráfico enloquecido, fueron mi lugar natural. Volví a la Argentina para estudiar en la universidad y durante mucho tiempo, me fue negada la visa para entrar a mi ciudad, a mi casa, a estar con mi padre.

Tras construir una vida entera afuera, pude regresar, en diciembre de 2013.

Fue una Navidad, que pasé con mi padre, ya cercano a los 80 años, y con su nueva esposa.

 

#\#>>> Lunes 16, 6.48

La franja anaranjada

Cuando era chico y veía la franja anaranjada en el cielo del atardecer me preguntaba si existiría un lugar donde todo fuera anaranjado. También me preguntaba si existiría un lugar donde comenzara el arco iris.

Papá Noel, El Zorro, Kwai Chang Caine, los Reyes Magos, la Revolución, etcétera, etcétera. Patrañas.

Sin embargo en este momento, en el avión a 10 kilómetros de altura, entre un mar de pasajeros dormidos, acabo de ver por la ventanilla que las nubes están anaranjadas, la chapa del avión se tiñó de anaranjado, el aire es anaranjado.

Estoy dentro de la franja anaranjada. Lo que veo por la apretada ventanilla es tan hermoso que unas lágrimas de ácido me corren por el interior.

 

#\#>>> Jueves 19, 9.41

El lugar de mi viejo

Mi viejo tiene un local en el Chinatown de Manhattan. Antes era una casa de regalos, uno de esos bazares de los chinos en que se abigarra una variedad infinita de adornos, artefactos, herramientas, alhajas, trastos, juguetes y una multitud de cacharros misteriosos que nadie puede adivinar para qué fueron fabricados. Ni quién podría comprarlos.

De hecho, la cantidad inextinguible de chirimbolos, su variedad inagotable y su aplicación tan enigmática, quizá expliquen por qué los bazares chinos se parecen cada vez más, mientras uno avanza hacia sus fondos, a las cuevas donde los piratas de hace siglos han dejado el caos de sus botines. Al final, se llega a una zona en que casi no penetra la luz y donde brillan unas últimas joyas que perdieron una tarde, jugando, las niñas de la noche de los tiempos.

Pero con decisión moderna, mi viejo dejó atrás aquel pasado legendario y montó una agencia de lotería. Los timberos entran y se sientan a mirar una pantalla en la que van apareciendo números. Cada cuatro minutos suena un trompetazo y los números se hinchan, saltan, cambian de color indicando que ha terminado la jugada. Los timberos arrojan las boletas del fracaso al piso y unos pocos han ganado unas monedas que corren a reinvertir en la próxima jugada. La lotería arroja un nuevo resultado ¡cada cuatro minutos!

Mi viejo llega al local caminando lentamente por las calles con hielo, desde el estacionamiento donde deja su auto. Pasamos por una iglesia ortodoxa griega, por un depósito de comida y una ferretería. De la ferretería sale un amigo con el que mi viejo charla a los gritos durante un rato. Cuando han terminado mi padre me traduce: él le ha contado que soy su hijo y que he llegado desde Argentina, y el tipo le ha contado que en Argentina, cuando hay crisis, saquean los supermercados de los chinos. Finalmente llegamos a su lugar en el mundo, la agencia de lotería.

En la vereda están los paquetes de diarios que mi viejo venderá. Él abre la persiana metálica y las puertas, me pide que entre los diarios, los entro, les corta el cincho, me pide que los acomode en un exhibidor.

Tiene dos empleadas chinas, una simpática y una reservada. Llegan minutos después de mi viejo, la más simpática con cafés. Le agradezco el mío, trato de charlar un poco, pero no entiende inglés.

Luego nos ponemos a charlar un rato con mi viejo.

Me dice que no puede dejar el negocio porque no sabría qué hacer. «Me quedaría en mi casa mirando todo el día la televisión».

 

#\#>>> Viernes 20, 9.18

El que es dos

Yo tenía 10 años en 1973. La calle Mott en la que vivíamos entonces era parte de un barrio mugriento. En los primeros tiempos sufrí la separación de mis amigos de San Nicolás, pero al fin me hice al nuevo lugar, en el que los comerciantes chinos atestaban las calles de pescados y verduras y donde los inmigrantes, pobres y ladinos, daban vuelta los grandes tachos de basura para sentarse encima a fumar marihuana.

Eran los hermanos mayores de mis compañeros de escuela. No hace mucho me enteré que a la vuelta de mi casa vivía Martin Scorsese. Y que fue, incluso, a la misma escuela que yo, donde las monjas irlandesas nos corregían a cintazos. El color de sus películas siempre me había resultado familiar.

Uno de los mitos que nutren mi intimidad y que me trajo a Nueva York es que esta es mi ciudad y me prohibieron entrar a ella.

Es el mito de no poder regresar a un lugar donde yo mismo me he quedado, hace muchos años.

Síndrome de inmigrante que no puede regresar a casa, no porque no tenga recursos, sino porque un guardia no lo deja entrar. Ese guardia ha sido encarnado, en mi caso, por un oscuro empleado de un consulado que me negaba la visa.

 

Tal vez la prohibición era de fondo. Cuando se dividieron las aguas, ¿fue mi padre el que me dijo que no me quería con él o mi madre, que con su lógica maternal impidió una relación directa con mi padre?

Con ese mito en el cielo, vi el derrumbe de las Torres Gemelas desde dos lugares diferentes, el Tercer Mundo y Nueva York.

Viví aquello entre los dos lugares, sin poder compartirlo con nadie.

Ahora, finalmente en Nueva York en cuerpo y alma, las cosas se dieron de manera tal que termino caminando por la zona del fantasma de las Torres la mañana de la víspera de la Navidad.

El frío es inclemente. Parece tener vida propia para lastimar a los que andan a la intemperie. Entro en un local que funciona de antesala del parque memorial. Aquí dan las entradas para el lugar y además hay una tienda donde se vende el merchandising del 911. Un  merchandising de la catástrofe.

Cargado de diseño y arte, hay un libro sobre las mujeres en el Ground Zero, uno de Don De Lillo titulado Falling Man, otros de pinturas inspiradas en el desastre y uno, finalmente, sobre los retratos de los perros héroes del rescate pintados por Ron Burns, un artista inspirado.

Hay todo un sector dedicado a esos perros, con perros de peluche y correas de perros.

Otro sector está dedicado a las topadoras y camiones (precio: 10 dólares) marca CAT que trabajaron con los escombros.

Uno más dedicado a la policía, la NYPD, donde hay tazas para tomar los cereales (16,95 dólares), pelotas de béisbol y otros objetos. Hay imitaciones de las hojas de un árbol que sobrevivió (a 35 dólares cada una). Hay videos de National Geographic y de History Channel. Para los más chicos hay sets de autitos, uno de la policía, uno de los bomberos, una ambulancia, cada uno de ellos a 24,95 dólares.

Salgo de la tienda.

Las calles están vacías, arrasadas por el frío.

 

#\#>>> Vienes 20, 17.36

Una ciudad nuestra

Tengo frente a mí Sotheby’s, un lugar que nunca había visto mientras vivía en la ciudad. Lo conocía, como muchos, como locación de tantas películas.

Cualquiera va a un restaurante de Little Italy y se encuentra a Robert De Niro, o a un espectáculo en Broadway y sale al escenario Billy Crystal. Lo que conocés de toda tu vida y es parte de tu visión del mundo, acá se materializa.

Muchas personas, lugares, costumbres, momentos, Woody Allen, los senderos y bancos del Central Park, Times Square, las banderas norteamericanas en todas partes, el edificio Empire State, el puente de Brooklyn, la Estatua de la Libertad, Chinatown, el Harlem, el subte, los porteros señorialmente vestidos en los frentes de los grandes hoteles que abren las puertas de las limusinas, el Rockefeller Center, los taxis amarillos; todas esas cosas de un mundo que soñamos que existe, y resultan que aquí, de pronto, se vuelven reales.

Así es cómo Nueva York nos resulta familiar a los argentinos.

Es la franja anaranjada.

 

#\#>>> Sábado 21, 8.30

Todo el mundo está caliente

Nueva York sobrecarga de energía a quienes la habitan. La intensidad es muy grande y todo el mundo está caliente, sobre todo por consumir o por tener sexo.

Esta es la capital mundial del consumo. En una Biblia tercermundista, cuando el Demonio tentaba a Cristo ofreciéndole ser el Rey del Mundo, le mostraba una imagen de Nueva York. La polución visual es desenfrenada. Y desata en el más austero los diablillos del hiperconsumismo.

Tenía, de niño, en esta ciudad pequeños paraísos: comer panchos o pretzels en los puestos de cualquier calle. Pensaba que iba a ponerme al día con los paraísos que me perdí todos estos años de ausencia, pero encuentro ahora que la oferta es mucho mayor de la que puedo encarar.

No me alcanzan los días para probar todo lo que se vende en la calle, ni me alcanzan las valijas para llevar todo lo que podría comprar, ni los días para visitar tanto que hay para visitar.

En fin, el deseo se electrifica y la oferta es infinita, ante lo que la gente reacciona comprando desenfrenadamente.

Alguien puede haber llegado a Nueva York luego de un pasado de carencia en otro país y se tomará revancha, en cuanto pueda, comprándolo todo, con avidez desesperada.

Se consumen con desesperación el sexo, las hamburguesas y la sofisticación.

 

#\#>>> Sábado 21, 12.26

Humans of New York

La última vez que vine a Nueva York fue en diciembre del año 2000. La vez anterior había sido en 1985. Entre el 85, de mi infancia, y el 2000 de mi regreso, el cambio fue de 180 grados: encontré una ciudad completamente limpia, lustrosa, civilizada, con toda la gente amabilísima.

Ahora, en esta navidad del 2013, encuentro una ciudad apenas mantenida en un buen nivel. No es la ciudad fabulosa, recién emergida del Garbage State de fines de milenio que había pasado a convertirse en la Shiny Apple State; pero tampoco decayó.

Eso sí, la presencia de los chinos se ha expandido. Si antes estaban autoconfinados a Chinatown, ahora da la impresión de que el barrio se hubiese desbordado, y una masa de chinos se desparramó por toda la ciudad.

En el mejor colegio secundario de Nueva York, los asiáticos, con mayoría de chinos, representan el 85% de la matrícula.

Se ha afirmado la condición de Metrópolis de Nueva York, con muy pocos anglosajones, de modo similar a lo que sucede en Londres. Los anglosajones, antiguos dueños de casa, son muy difíciles de encontrar. Casi extranjeros en su propia ciudad, son cada vez menos, y muy fáciles de distinguir.

 

#\#>>> Sábado 21, 13.05

Las direcciones cardinales

Yo tuve dos amigos entrañables en Nueva York, Andrés y Bill.

Andrés, apenas subía al auto se desesperaba, porque ya estaba tenso por el miedo a perderse. Antes de salir estudiaba el mapa, lo remarcaba con líneas de diferentes colores, destacaba puntos de referencia, incluso en un papel aparte anotaba cosas con apretada letra, las calles por las que debía ir, aquellas en las que debía doblar, la cantidad de kilómetros por una autopista hasta tal salida, y así, indefinidamente.

Con tanto pavor de perderse, lo que acababa sucediéndole era que se perdía. Y cuando se perdía, su desasosiego no tenía fondo. Todas las fatalidades le ocurrirían: llegaría a barrios dominados por bandas de atacantes que le desarmarían el auto con él adentro y luego lo violarían y se lo comerían crudo.

Bill era exactamente lo contrario. Si alguien comenzaba a agobiarlo con sobreinformación para que llegara bien a un sitio, acababa interrumpiéndolo y le preguntaba en cuál de las cuatro direcciones cardinales quedaba el lugar al que se dirigía.

Una vez que sabía eso, Bill doblaba el mapa, se lo metía en el bolsillo y listo, se mandaba. Sabía que a lo mejor se perdía un poco, se metía en un callejón sin salida, en un parque industrial, en un lío de entradas y salidas de una autopista, pero bueno, siempre tenía claro adónde iba. En todo caso, retrocedía un poco, le iba buscando la vuelta, y llegaba.

 

#\#>>> Sábado 21, 17.56

Comunidad

Estos días en Nueva York fui sometido al ensayo del sentido comunitario, que atribuí al síndrome de la inmigración y a la vida social de los chinos.

Mi padre encuentra todas las mañanas, apilados en la vereda, los paquetes de diarios que venderá ese día. Le pregunté si nunca se los habían robado y me contó que una vez sí, y que descubrió quién era en la grabación de las cámaras de seguridad. Había sido un joven medio retardado y mi padre se lo dijo a su madre. El chico, asustado, no volvió a pisar la vereda.

Mi padre se reía de la anécdota.

También me cuenta que hace poco, los ferreteros de la misma manzana, paisanos suyos, nacidos en el mismo pueblo de Guangdong, llegaron con la novedad de horribles inundaciones en Córdoba: estaban preocupados por los hijos de mi padre que vivían en la Argentina.

Mi padre tuvo que explicarles entonces que vivíamos a 800 kilómetros., de la zona inundada.

Cuando pasamos junto a un parque donde los chinos están practicando taichi, algunos lo saludan de lejos.

Joaquín, el portero dominicano del edificio de al lado, va al negocio de mi viejo a charlar un rato todas las tardes.

Mi viejo me habla de una congresista portorriqueña, a quien conocía muy buen.

Y me cuenta que antes de casarse con Alice, su actual mujer china, ya era amigo de toda la familia de ella.

Observo que conoce la vida de los grises personajes que se pasan las horas en su negocio jugando a la lotería. Aún cuando lo siguiera durante todo un día, sería difícil descubrir la cantidad de amigos que tiene en esa mezcla de comunidad y barrio.

 

#\#>>> Domingo 22, 12.40

Sobre una pila de diarios

A cada instante entran y salen del negocio de mi viejo los hombres que compran billetes de lotería. Cuando están dentro, se sientan a mirar la pantalla.

Son unos tipos que andan con ropa barata y raída, de anteojos viejos y dientes marrones, y una expresión eterna de hastío y ofuscación. Resulta desconcertante decir que están jugando; nada más alejado del juego que esta escena.

No juegan, sólo se amargan porque no ganan.

No pierden lo suficiente para irse y no volver, pero cuando ganan, el premio no les sirve más que para solventar una parte de la próxima jugada.

Están encadenados al futuro inminente.

Una tarde escuché un grito fuerte. Alguien había ganado más de seis mil dólares y cuando me di vuelta y lo miré, no encontré en su cara una sonrisa de felicidad, sino de revancha. Le dije algo para celebrar el momento y no me prestó atención.

Juegan de a dos o tres dólares. No hablan entre ellos, no miran más que la pantalla y sus boletas, que al final de cada jugada arrojan al suelo. No les importa nada, olvidados de sí mismos, de sus amigos, de sus familias, de su trabajo. Han dejado su vida en algún otro lugar. Se han olvidado de que tienen una vida.

Son tipos eternos, están en un estado de transitoriedad permanente. Dentro de 300 años se los podría hallar aquí dentro, en este lugar parecido a una estación de trenes de Yakarta o Manila atrapada en el tiempo. Seguirán con la misma mirada distraída e inquieta, sin disfrutar, sentados en las mismas sillas que mi viejo compró quizás en los 80 o en los 70. Mirando, con fijeza de alienados, las pantallas donde danzan los números.

Y mi viejo estará entonces, detrás del mostrador histórico, cobrando y pagando premios, con su gorra, sus anteojos de marco de carey, callando con los callados, intercambiando con alguno dos palabras rituales. Palabras en cantonés, filipino, indonesio o alguna lengua de un país desconocido para los occidentales, que creen que sus mapas son exhaustivos. El mundo tiene muchos más rincones de los que registran la televisión y las infografías, y en las tardes de la eternidad mi padre ha tenido tiempo de aprender sus insospechados idiomas.

Hacía trece años que yo no veía a mi padre. No tenía visa para entrar a los Estados Unidos, y no convencía a mi viejo de que viajara a encontrarme en un país donde podíamos entrar ambos, México, Cuba, Inglaterra. El no saldría de Nueva York, del negocio, ni se movería de su lugar detrás del mostrador.

Conseguí venir finalmente, a pasar la Navidad con él, su esposa y su nuevo hijo. Mientras espero que llegue la Navidad, estoy sentado arriba de una pila de diarios acumulados sobre un cajón, al lado de él, detrás del mostrador.

Día tras día pasan las horas detrás del mostrador.

Le pregunté qué estaba organizando para el festejo de la Nochebuena.

— Nada —me dijo. — Nosotros no festejamos.

 

And so this is Christmas. Esta es mi Navidad con mi viejo. Los dos sentados lado a lado detrás del mostrador. Con nuestras anchas caras de luna llena achatada en los polos, nuestras largas y erizadas cejas proyectadas como espinas y nuestra expresión de acritud eterna.

Dos días después de Navidad regresaré a Buenos Aires. Mi viejo quedará acá. Por el resto de los tiempos, parece.

 

#\#>>> Domingo 22, 15.24

Humans of New York 2

Me resulta irresistible observar a la gente. Podría encontrarle un sentido a mi vida si sólo anduviera en el subte y por las calles de Nueva York observando a la gente. Los caucásicos no me interesan en particular, pero no puedo dejar de observar a los chinos y a los afros, porque me parece que empujan los límites del patrón fisonómico humano con sus impresionantes rasgos extremados.

 

#\#>>> Lunes 23, 13.31

Ground Zero y el Edificio 4

Estuve aquel día, en Buenos Aires, cuando un muchacho norteamericano, Kurt Sonnenfeld, entregó en la Biblioteca Nacional videos que, aseguraba él, demostraban que las Torres Gemelas no habían caído por los aviones que las impactaron.

Sonnenfeld dijo que había sido camarógrafo del FBI y que como tal, había sido asignado a la tarea de registrar en video todo lo que quedaba de los edificios caídos. Sus aseveraciones tenían la estrategia del complot: un delirio con sospechas eficaces imposibles de confirmar o desmentir.

Entre las pruebas que presentó había un video de una cadena mundial de noticias en el que una cronista hacía una lista de los edificios aledaños que habían caído, entre ellos el Edificio 4, pero he aquí que el Edificio 4, que efectivamente se derrumbaría, estaba aún en pie detrás de la cronista. Sonnenfeld aseguraba que había un plan que incluía la caída del Edificio 4, y que alguien que conocía el plan le dio a la cadena de noticias la información de la caída, sólo que cometió el error de darle como hecho algo que aún debía suceder.

En fin, desde hace varios días vengo viendo un edificio hermosísimo, por la forma en que refleja el cielo y los edificios de alrededor. Hoy estuve muy cerca de él y me di a la tarea de rodearlo haciendo un radio de dos o tres cuadras, con varios grados bajo cero y un viento de metal afilado.

En un momento en que intenté acercarme, dos policías me detuvieron. Me preguntaron adónde “creía que iba”, les contesté que quería ver el edificio y les pregunté si sabían cuál era su nombre. “Edificio 4”, me dijo uno de los policías, con voz nasal, detrás de sus anteojos negros.

 

#\#>>> Lunes 23, 14.07

Nueva York no se desvanece

Desde hace un par de días la fascinación por Nueva York empezó a dejarle lugar al conocimiento.

Es el movimiento que va de la mística a la realidad, de la magia a la ciencia.

En el caso particular de Nueva York la mística tiene que ver con la calentura de fondo; cuando a alguien caliente le gusta algo, eso se vuelve, más que bueno, más que placentero, místico.

Disfruto mucho ese proceso. Hoy ya recuperé el conocimiento de la ciudad hasta el punto donde había dejado a los 23 años y comencé a conocerla incluso más.

La metamorfosis de lo fascinante en lo normal conlleva la invisibilización. Se pierde esa noción maravillosa de que se está ante algo único.

Sin embargo, hay lugares que son tan interesantes que impiden esa naturalización. Nueva York es uno de ellos. Es una especie de meditación mirar a la gente de esta ciudad, el subterráneo, la arquitectura, la luz, el humo blanco saliendo de todas partes.

 

#\#>>> Lunes 23, 14.36

Quiero ver todo, no quiero perderme nada, y ese afán reviste de maravilla cualquier cosa que tengo ante mí, «¿viste los árboles de esta ciudad?», “¿te diste cuenta el refinamiento estético que tiene todo?”, “¿probaste el gusto único que tiene la pizza de Nueva York?”

Las cosas se vuelven mágicas cuando las mirás mucho. Empezás a verles rasgos que no existen, o quizás les empezás a inventar atributos.

Por ejemplo, veo que las caucásicas no cambiaron, y en cambio las chinas, sin perder del todo el sufrido aspecto de inmigrantes, se han vuelto muy hermosas, refinadísimas, elegantes, y lo mismo ha sucedido con las afroamericanas.

 

#\#>>> Lunes 23, 17.25

Los inmigrantes

Mi padre habla asombrosamente bien el español. Es el chino que mejor habla español entre todos los chinos que conozco. Sin embargo, cuando habla inglés habla con acento chino, no con acento español.

 

#\#>>> Lunes 23, 17.28

Para muchos inmigrantes, parte de su adaptación a los Estados Unidos consiste en transformarse en protagonistas del consumo desenfrenado. Pero no por eso quedan integrados al nuevo país. Nunca se pierde la etiqueta de origen en la Metrópolis.

Algunos inmigrantes pueden pasarse la vida hablando el idioma inglés nada más que lo indispensable, casi sin mezclarse con los nativos y los miembros de otras minorías y robusteciendo los lazos comunitarios con las personas de su mismo origen.

Muchos inmigrantes compran todo lo que pueden y lo atesoran. Han aprendido en sus vidas, o han heredado el aprendizaje de sus ancestros, la lección de la atrocidad del hambre.

En Estados Unidos (donde nada les borra ningún trauma), las tiendas están llenas y se puede comprar todo. Siempre es el momento y el lugar para hacerse de una reserva por si reaparece el espanto inesperado de una nueva miseria.

Las casas de estos inmigrantes no son territorio norteamericano, sino del país de origen. Sus casas son barcos, y allí acumulan todo lo que pueden.

Cuando un paisano llega desde su tierra natal, lo reciben con regocijo. Lo meten dentro del barco y lo empiezan a alimentar con lo más rico que tienen, en un gesto de franca generosidad, en recuerdo de la pobreza angustiante con que ellos mismos llegaron.

Integran al desventurado a la comunidad alimentándolo.

Alguien le arrebatará la bolsa con alimento viejo que trae, la comida que iba comiendo de a pequeñas raciones, y la tirará al agua, mientras abarrota al nuevo con el alimento que tienen acumulado en el bote. Es necesario que se considere al recién llegado como un famélico, enfermo, lleno de pulgas, desdichado.

 

#\#>>> Lunes 23, 22.53

La Nochebuena pasada

No se festeja la Nochebuena en casa de mi viejo. Y no he podido descubrir en él ningún rastro de las nutridas nochebuenas que pasábamos en Argentina cuando yo era chico y él una persona joven.

Eran festejos multitudinarios, que reunían a los doce hermanos de mi madre y sus padres, maridos y esposas, hijos, suegras, yernos, tíos, primos, novios, vecinos y amigos de todos ellos, en una cena de varios cerdos asados, fuentones de ensaladas, bolsas de pan, baldes de clericó, y más tarde bolsas de nueces, miles de platos de mazapán, turrones y confites, una fila de metros de pan dulces, un mundo de copas en que se derramaba la sidra, una galaxia de velas, adornos de muérdago, árboles, coronas, un Papá Noel de carne y hueso que bajaba de algún techo luego de un apagón y al que una linterna alumbraba luego de que todos escucharan su potente ¡jo, jo, jo! en la oscuridad, y seguía hasta que conseguía bajar por una escalera de pintor oportunamente apoyada sobre una pared, bañado de sudor y cargando una bolsa descomunal, y se disponía, con todo el mundo alrededor, a desplegar con paciencia el elaborado ritual de ir sacando de la bolsa, que misteriosamente se había multiplicado por cuatro o cinco, regalo por regalo, cientos de regalos, para todos, los más pequeños y los más viejos, leyendo la etiqueta e invariablemente preguntando «¿dónde está el niño Héctor?» (el dentista amigo de la tía Esthercita, a quien se sospechaba más que amigo) o «esto es para la niña Rosita, ¿dónde está?», y cuando la niña Rosita llegaba hasta Papá Noel, arrastrando sus 88 años, «¿no hiciste renegar a tus padres, Rosita? ¿Pasaste de grado?», y desaparecido Papá Noel tras un nuevo apagón, la noche de farra con los chicos agotándosele las pilas y destartalando los juguetes nuevos, los borrachines brindando todo el tiempo, unos hablando de fútbol, otros discutiendo de política, los perros felices con lo que iban rescatando del descuido y los bailarines saltando al ritmo de la tarantela. Mi padre era protagonista de todo aquello y sin embargo ahora, chino en Nueva York, en su casa la Nochebuena es tan ignorada como el día nacional de Eslovenia.

No sé por qué. Estoy un poco azorado. Sé que no son religiosos, pero la Nochebuena es algo que va más allá de la religión. Evidentemente, la familia china de mi viejo es inmune al marketing de las navidades. No entra Santa Claus en la bodega profunda de la barca.

 

#\#>>> Martes 24, 12.56

Central Park vacío

Camino por un Central Park despoblado. Supongo que la mayoría de los neoyorquinos deben estar preparando la Nochebuena. Las pocas personas que encuentro son turistas o están haciendo footing. Una mujer corre llevando el cochecito con su bebé. Los corredores, se sabe, son incorregibles.

 

#\#>>> Martes 24, 23.56

La misa de Francisco

La Nochebuena, en fin, fue como cualquier noche en casa de mi viejo. La explicación de mi padre me causó mucho respeto porque era frontal y honesta.

Sin embargo, me perseguía aquello de todos los años que mi viejo vivió en Argentina, época en que la Nochebuena era la fiesta más importante de la familia que lo había adoptado.

Ayer, el 23, cuando llegábamos a su casa en Brooklyn me prometió “mañana vamos a ir a ver las casas decoradas con luces”. Es una tradición de su nuevo barrio. Las casas enormes como barcos de fiesta, quedan tapadas bajo nubes de luces. Parecen adornadas de fuegos artificiales.

Alice nos sirvió la cena, sopa de pescado, carne saltada con verduras y arroz, y charlamos asuntos del día, temas que habríamos de olvidar para siempre en algunas horas. Como todas las noches, alabé su comida, comentamos el pronóstico meteorológico, ella contó que había encontrado una oferta de una marca de ropa muy buena.

Luego mi viejo y yo fuimos al living donde está el televisor. Mi viejo puso un canal hispano. Seguimos comentando temas cotidianos. Él miraba la tele y yo contestaba mensajes por correo electrónico, revisaba las noticias, recorría facebook y las demás cosas que se hacen con el celular.

En algún momento hablamos de que en los celulares se podían escuchar antiguas grabaciones de Los Chalchaleros. Mi viejo era seguidor de Los Chalchaleros. Yo le pregunté, para sacarme una duda, si le gustaba mucho Cafrune, porque recordé que había un disco de Cafrune en casa cuando yo era muy chico y me pasaba el tiempo escuchándolo. Mi viejo me habló de Hernán Figueroa Reyes, un folclorista que aparecía en televisión en Sábados Circulares y me enteré en ese momento que lo había conocido. Se habían hecho amigos y se veían cada vez que Hernán Figueroa Reyes iba a San Nicolás.

En la televisión pasaban algo que era un bochorno. Me quedé dormido con el celular en la mano.

Al rato me desperté y todo seguía igual. Mi viejo sentado en el mismo sillón, en la misma posición, el hispano de la tele, macho y caballero, seguía gritando.

Le dije a mi viejo que estaba cansado, que me iba a dormir.

Me dijo que en un rato iban a dar la Misa de Gallo del Papa argentino.

“Estos argentinos se aparecen por todos lados”, comenté, me paré y me fui a dormir.

Mi viejo se quedó allí.

Al otro día me contó qué había dicho el Papa. Lo había dejado muy conforme. Estaba entusiasmado.

Mi viejo, en fin, había hecho lo que pudo. Y no fue poco, después de todo: había recibido la Nochebuena con otro argentino, a la sazón, el tipo más importante del Cristianismo.

 

#\#>>>Jueves 26, 18.22

Humans of New York 3

Nueva York me hace pensar en la relación entre la mística y la fascinación.

¿Toda instancia mística produce fascinación?

Recurrentemente he debido reflexionar sobre la fascinación que me causa la gente de esta ciudad.

Creo que la gran variedad de fisonomías produce altos contrastes que excitan mi observación.

Y recuerdo, repentinamente, que en su viaje a Nueva York de mediados de los 90, mi tía Irma se sacó una gran cantidad de fotos que tenían esta particularidad: en cada foto, generalmente detrás de ella, entraba en cuadro algún afrodescendiente.

En su ciudad del interior de Argentina nunca hubo negros africanos y a ella la tenían fascinada.

 

#\#>>>Jueves 26, 22.50

Todo es parte de un plan

Desde el momento en que uno decide «este viaje es importante» pueden empezar a aparecer coincidencias que resultan significativas. Los acontecimientos se erigen como cifras. Paso junto a un lugar al que han concurrido varios carros de bomberos, se me ocurre fotografiarlos, dado que son típicos del paisaje de la ciudad, y me quedo fijo en el número de uno de los carros. Se me ocurre que debería jugar ese número a la lotería.

Se trata de un juego parecido al de los sueños que, en la vigilia, nos sigue demandando una explicación, o que hagamos algo al respecto.

O tal vez sea que en un lugar místico muchos elementos adquieren un poder mágico.

Este viaje mío a Nueva York estuvo precedido por una carrera de obstáculos, en la que se dieron algunas coincidencias.

Primero, antes de llegar a Nueva York hice un viaje en barco y mi padre, quien es la persona que motiva este viaje, llegó a Argentina, para armar parte de la familia que ahora lo visita, luego de un viaje en barco.

Segundo, para salvar uno de los obstáculos tuve que caminar hasta la Dirección de Migraciones, que funciona en lo que fue el viejo Hotel de Inmigrantes. Ese fue el primer lugar que vio mi padre cuando desembarcó en el puerto de Buenos Aires.

Tercero, sin un camino preciso en dirección Noroeste, como lo hacía mi amigo Bill, en el momento en que pienso en estas coincidencias, levanto la vista y me encuentro sin haberlo buscado, en la esquina de la Vieja Catedral de San Patricio, la iglesia frente a la cual yo vivía en Nueva York, pegada a la escuela de mi infancia.

 

#\#>>> Viernes 27, 8.16

La despedida

Hoy me despedí de mi viejo.

Estos días, viéndolo manejar, pensé «qué bien conoce Brooklyn», pero luego sospeché que esa opinión estaba distorsionada porque lo comparaba conmigo, que sólo iba de la estación de tren Flushing Avenue al restaurante que él tenía hace muchos años, y él, en cambio, hace 40 años que vive aquí.

Podía ser que mi viejo sólo conociera los caminos necesarios para ir de un lado a otro, recorridos indispensables para reproducir una vida cuyo mapa no contiene más referencias que el trabajo, la casa y la casa de los parientes. No formaron parte de su vida los viajes, ni el placer, ni el esparcimiento, ni ninguna otra cosa fuera de trabajar y cumplir con las obligaciones familiares. Cada vez que le he preguntado por qué no practicaba tenis, como había hecho los años que vivió en Argentina, por qué no iba a la ópera, que tanto ama, por qué no fue al crucero que hizo su esposa por el Caribe, o por qué no llevaba a su hijo menor a un partido de los New York Knicks, indefectiblemente me ha contestado: «tengo mucho trabajo». Lo dice con cierta ofuscación porque yo debería saber eso.

Ha envejecido, en su porfía de trabajar como si más allá de su rutina el mundo fuera peligroso. Esta mañana salió para su estación de trenes de Yakarta o Manila, como todos los días. Me desperté antes que él, y esperé dentro de mi cuarto. Cuando escuché que estaba en la planta baja, bajé también.

Era aún de noche.

Su esposa y su hijo menor dormían. Lo encontré preparando su jugo verde. «Mirá, así se hace», me enseñó. Fue procesando en una juguera trozos de pepino, pimiento verde, zanahoria, apio, pepino amargo chino y una lima. Dijo que era buenísimo para la salud. Luego me reiteró que no debía tomar Coca Cola porque hace mal a los riñones, y que debía reemplazar la sal con limón. Entones dijo «Bué, vamos». Nos abrigamos y salimos.

El frío era nuevo y afilado. Caminamos dos cuadras hasta donde estacionaba su camioneta. Le dije que ahora que yo finalmente tenía la visa para entrar en los Estados Unidos, se había abierto un camino para volver a vernos y le agradecí por recibirme en la casa de su familia.

Nos dimos un abrazo breve, subió y arrancó.

Lo miré alejarse hasta que giró, dos cuadras más adelante, para meterse en la calle por la que entra todos los días del año en su camino al trabajo.



Nueva York, Diciembre 2013 / Enero 2014