El 23 de enero de 1945 el Secretario de Trabajo y Previsión de la Nación, coronel Juan Domingo Perón, consiguió implementar el decreto 1.440, que dio a todos los trabajadores vacaciones pagas.
Volveremos ahí.
Ligeras anotaciones que hace Gustavo Ng de asuntos que piensa o encuentra escritos en libros mientras va en colectivo y luego comenta con tal o cual persona.
El 23 de enero de 1945 el Secretario de Trabajo y Previsión de la Nación, coronel Juan Domingo Perón, consiguió implementar el decreto 1.440, que dio a todos los trabajadores vacaciones pagas.
A mí no me hizo peronista mi padre chino.
Recién ahora, que está viejito, mi hermana lo hizo
peronista.
Antes era antiperonista porque los peronistas le hacían
paro a la fábrica que trajo de China.
Parece que estoy inventando, pero fue así.
Un camión de peronistas.
Atahualpa Yupanqui —quien, aunque le pese a los progreperonistas, tenía un
color tirando al goriláceo— dijo de un conjunto folclórico “esos son un camión
de peronistas”.
“¡Subí, subí!”, y me subí.
Me dije que los chinos no tienen idea de cuán peronistas son.
Se dicen a sí mismos “socialistas con peculiaridades chinas”,
una complicación para decir que hicieron una doctrina para su país, igual que
Perón hizo con Argentina. Los argentinos la hicimos más simple, le dijimos “peronismo”
y chau; es lo que tendrían que haber hecho los chinos.
Como dice ahora Dady Brieva, “mi viejo dice que el
peronismo son tres cosas: la primera, justicia social, las otras no me acuerdo”.
Y eso hacen los chinos.
Que en la embajada de Argentina en Hong Kong le dieron una foto de Perón y Eva
y él se la trajo en la valija.
Y que vino a la Argentina porque Perón tenía una política para facilitar la
radicación de industrias extranjeras, incluso de China.
Así que si no hubiera existido Perón, yo no escribiría esto, porque no
existiría.
Es medio cualquiera que diga que yo le debo la vida a
Perón, pero cuántos han dicho lo mismo, así como fue medio cualquiera que me
gritaran “¡Subí, subí!”
¿Qué Alma Bella se cree uno que es, que no se tiene que tragar un sapo?
Desde 2007 el juego se llama Tragate un Sapo para que no te Trague el Sapo de la Oligarquía.
En el 2007 nos tragamos el Sapo Cobos como vice.
En el 2015 nos tragamos el Sapo Scioli, Sapo del tamaño de una pelota de básquet.
En el 2019 nos tragamos el Sapo Alberto.
En el 2023 nos tragamos el Sapo Massa.
Los actores son: los Dirigentes del Campo Popular, sus Adeptos y la Oligarquía.
Hoy la Oligarquía nos está masticando a los Adeptos con la boca abierta, mientras se carcajea.
Los Adeptos estamos atónitos porque los Dirigentes del Campo Popular parecen haberse exiliado en Moldavia.
Entre los Adeptos hay intelectuales y periodistas que militan reaccionando, aunque lo único que les sale es repetir su indignación y hablar de Milei.
Sólo hablan de Milei.
Están hipnotizados con Milei.
Están fascinados contra Milei.
Da la impresión de que si les sacaran a Milei, desaparecerían.
Si miraran otros asuntos de la realidad, por ejemplo, quiénes somos los Adeptos, quizás podrían explicar algo que me sucedió.
Un amigo presentó un libro en un centro cultural que es un santuario del Peronismo Kirchnerismo Campo Popular Progresismo Izquierda Latinoamericanista.
Fui en bicicleta. Cuando quise entrar con la bicicleta me dijeron “no, compañero, no se puede con la bici. Tiene que dejarla afuera”.
Le dije que tengo miedo de que me la roben si la dejo en la calle, porque no puedo comprarme otra, y le hice ver que el salón era gigantesco, y que luego había otros pasillos, patios y salones.
— No, no se puede.
— ¿Qué te pasa?
— No se puede.
— ¿Por qué?
— Porque va a haber otra actividad y se va a llenar mucho de gente, y la bicicleta va a entorpecer la circulación.
— Pero cuando termine esta actividad yo me la llevo.
— No se puede compañero.
Para eso momento, eran tres que me decían que “no se puede compañero”.
— ¿Por qué usás el impersonal, ese no “se” puede? ¿Por qué no asumís que no me dejás vos?
— Son las reglas.
— Obediencia debida, querés decir.
Eran tres jóvenes, entre Adeptos y Dirigentes del Campo Popular.
Eran Adeptos, pero tenían poder, y entonces eran Dirigentes.
Eran Adeptos que, al tener poder, los usaban contra otro Adepto.
Durante la presentación del libro el gigantesco salón tenía lugar para mil bicicletas. Y cuando terminó, no hubo ninguna otra actividad.
Además, me habían mentido.
Los Adeptos con poder se comportaron como burócratas, usando la cuota de poder que tenían en contra de alguien para quien supuestamente militaban.
No veo cómo vamos a evitar que nos sigan masticando mientras nos mantengamos así.
El culto peronista cool casi casi se agota.
¿Quién le regala todavía a la hija de su amiga una Evita de trapo que cuesta 50 mil pesos?
Y aún así, si surge algo, deberá integrar el paso por el peronismo cool.
Digitalización
El hijo de mi prima, que vive de hacer operaciones con bitcoins
y en el año ganó más que su papá —aunque aún vive en la misma casa de él—, se
rió de mí cuando le conté que tengo una pila de un metro y medio de alto de cuadernos
con notas que fui tomando desde hace años para escribir cuentos.
— ¿Y por qué no los digitalizaste? —me preguntó sorprendido.
Era tan obvio. ¡Como no se me ocurrió!
En los días siguientes pensé menos en los cuadernos y su
contenido que en las razones por las que nunca se me ocurrió digitalizarlos.
Me dije que era obvio que por viejo. Es decir, por la misma
razón por la que escribí los textos a mano en los cuadernos. Uno tiene en la
mente las herramientas que usaba cuando empezó y que más usó; hay muchas
herramientas nuevas que uno se olvida de que las tiene, porque su mente y su
mano se han hecho a aquellas viejas herramientas básicas.
Me pregunté si todo el pensamiento no procede de esa manera.
Luego, con los días, una idea fue cobrando forma en mí como
respuesta.
El trabajo que me ahorraría haciendo digitalizar los textos
es enorme. No es nada menos que el trabajo que me propongo hacer en la última etapa
de mi vida los 20 o 30 años que me quedan —y ojalá me alcance el tiempo.
En vez de digitalizar los textos lo que hago es lo
siguiente: llevo la escalera a la biblioteca, bajo un par de cuadernos, los meto
en la mochila y los llevo al lugar más adecuado para transcribirlos, es decir,
elegir textos de cada cuaderno y reescribirlos en otro cuaderno —o debería
decir escribirlos, porque lo que hay en los cuadernos son mayormente
anotaciones, del tipo: “contar la historia del hombre que cazó y devoró a su
muerte. La vio sentada en un rincón mugriento de Chan Chan, a la noche, en la
forma de una anciana. Le pegó con una piedra en la cabeza, cargó el cadáver
hasta su casa, lo trozó, hizo charquis con la carne, le dio los huesos a sus
perros y se fue comiendo el charqui durante mucho tiempo.” Eso, lo
convierto en un texto verdadero.
Ahora bien, ¿cuál es el lugar más adecuado para hacer ese
trabajo? No lo decido yo, más bien permito que surja en mí la ocurrencia. Puede
ser el Parque Saavedra, que tengo enfrente de mi casa, o puede ser un bar del
barrio de la Aduana Vieja de Montevideo, o un tren a Mar del Plata, un
cementerio de París, o una cabaña en el Delta del Tigre, o un banco en un
parque del Bajo Manhattan, o una iglesia de Estambul o una terraza de
Valparaíso.
Allí, entonces, escribo lo que tenía anotado. En el mismo
lugar también dicto lo que escribo a mi celular (y ese dictado, es siempre una
edición).
Al regresar a mi casa, le permito a mi computadora trascribir
el audio, tomo el texto y vuelvo a darle forma. Que puede ser definitiva,
aunque posiblemente no. Posiblemente deje que el texto trabaje y lo tome más
adelante. Entonces seguramente le pida a algunos amigos que lo lean conmigo, o
en privado y luego me comenten. Es decir, de algún modo escribimos de modo
cooperativo.
Y así sigo, entre dejar y retomar el texto, hasta que me
aburro de buscarle la mejor forma o alguien lo publica.
Este proceso, largo, costoso, engorroso, complicado es lo
opuesto a lo que me recomendó el hijo de mi prima.
Involucra tiempo, involucra mi cuerpo, muchísimas pequeñas y
grandes decisiones y también relaciones con otras personas. Es decir, el texto
final es la consecuencia de una especie de aventura.
Bien. Llegado a esta conclusión, un día que nos vimos se la
conté al hijo de mi prima.
Con la misma inmediatez con la que me había mandado
digitalizar los cuadernos, me preguntó:
— Ajá. ¿Y ahora qué vas a hacer con el texto?
— Mi idea final, como te dije, puede ser que sea publicado.
— ¿Y qué haces con el libro?
— Bueno, otras personas lo pueden leer.
— ¿Hay gente que lee tus libros? ¿Hay gente que lee libros? —me
preguntó sin agresividad, sólo conectado con la sensatez y la verdad. Y los
bitcoins.
Discusión
Los del Centro Vasco nos reunimos para celebrar una fecha
patria. Se cocinó, se comió, se charló, se bailó. Viejos y jóvenes.
Al día siguiente comentamos la jornada en nuestro almuerzo
familiar de los domingos. Las fiestas son importantes en sí, pero no son menos
importantes las charlas sobre las fiestas que se hacen los días siguientes. Se
repasan todos los temas: cómo estaba cada uno, qué hizo tal o cual, cómo
resultó tal actividad, como estuvo la comida, por qué faltó tal familia, todo.
En el almuerzo los grandes criticamos la nueva música que
eligieron para el baile, que no tenía nada que ver con una música vasca, criticamos
que se hubiera suprimido el concurso de hacheros, que se haya decidido que las
clases de euskera fueran sólo online y otros temas.
Los chicos se ofuscaron. Les había parecido todo bien lo que
a nosotros nos parecía mal. El nieto menor de mi hermana dijo entonces:
— ¡Nada le gusta! No tienen que venir más los viejos a
las reuniones. Miren: las cosas cambian. Va a ser así desde ahora. Si no les
gusta, no vengan.
Mi hermana le respondió que adónde había aprendido a no
discutir.
— Te estoy discutiendo —dijo su nieto.
— No, no estás discutiendo. Estás haciendo lo contrario,
estás diciendo que o nos gusta o no vamos. Discutir es justamente decir lo que
vemos, intercambiar lo que pensamos, ponernos de acuerdo o no, pero
enriquecernos charlando juntos sobre el tema. Quizás vos termines más seguro de
tu posición y yo de la mía, pero será una seguridad enriquecida, más
fundamentada, que ha sido contrastada con otro punto de vista. Discutiendo,
ganaremos una experiencia, pensaremos, nos relacionaremos, tendremos
sentimientos, intuiciones, recordaremos cosas que pasaron, que algunos no sabrán
que sucedieron, nos conoceremos más entre todos. Todo eso no sucederá si lo
único que hacemos es reducirnos a “si no les gusta, no vengan”.
El nieto ni le respondió. Me dio la impresión de que cuando
le toque organizar una reunión, no invitará a los viejos.
Hay de Robespierre y de D’Anton.
Los de Robespierre le hacen con un cuchillo una cruz en la frente al que no es puro, casto, intachable, bastión de la conducta irreprochable, jamás una mentira, una mano en la lata, una agachada, una infidencia.
Los que le dejan la cicatriz para siempre son todos perfectos.
Desde el moralismo acusan sin piedad públicamente al pecador, entre todos lo condenan como traidor y cerdo capitalista, los fusilan o lo expulsan del partido y lo consideran el peor enemigo, mucho peor que el imperio y los explotadores de la sociedad.
Luego están los de D’Anton, panza de vino, que hacen la porquería con un camarada, el marido la descubre y se arma bardo; gente que tiene demasiados defectos, que por biografía tiene un prontuario. Gente que no dice “la gente” porque la gente son ellos. Gente que no dice “bajaron del ministerio” porque saben que los del ministerio también se mandan alguna, igual que ellos. Gente medio impresentable.
De estos son los que se reúnen en una vez por semana e invitan a otros réprobos, a ver si juntándose sale algo.
Lo único que hacen es no dividirse, porque divididos, el algoritmo las rompe el asterisco y Milei Presidente 2025.
Yo me siento peronista trucho.
Peronista de utilería.
Peronistista.
Sólo siento como muy propio a Cooke. Soy aspirante a peronista.
Como los pibes que ven a los grandes jugar al fútbol en la cancha.
Digo que soy peronista, pero en el fondo me da vergüenza. Es como que me hago el peronista. No lo merezco.
Tengo una admiración fascinada por ustedes los peronistas, por Leonardo Favio, por el Canca Gullo, por Antonio Magaldi, el primo de mi mamá.
Por todos esos que nunca eligieron ser peronistas, nada más lo fueron, a pesar de ellos. Los que eran peronistas y no querían saber nada de la política.
Por mi tía Rosita que no sabe nada ni de Alberto, ni de Máximo, ni de Kici, pero en su casa de Maryland tiene una foto de su Evita amada.